#111 El irlandés, de Martin Scorsese, y el relativismo estético

Siento verdadera fascinación, una fascinación perpetua, agónica, por el hecho de que, ante una misma obra de arte, alguien piense en ella como en una genialidad, y otra persona distinta, sin embargo, lo haga en términos de bazofia.

¿No os maravilla esa polaridad? A mí sí.

En la época en que Shakespeare vivió no había twitter, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también tiene sus ventajas. Entre estas últimas se cuenta la archiconocida reflexión del inglés acerca de la belleza de una obra, extensible a la belleza del arte en su conjunto, o simplemente a la belleza de un modo abstracto: lo bello está en la retina del observador. Beauty is bought by judgement of the eye.

El anterior pensamiento viene a raíz de la crítica recibida por la película “El irlandés” del director estadounidense Martin Scorsese. Una película sublime y decepcionante. Maravillosa y aburrida. Una obra maestra y una auténtica basura.

No os resultará difícil adivinar dónde he leído esos adjetivos.

Lejos de posicionarme en uno u otro bando, la perpendicularidad de esas dos lecturas y su irredento antagonismo me cautivan hasta más allá de lo imaginable. Y me confirman un hecho no menos fascinante: el sitio habitado por el arte no es ni de lejos el soporte donde se materializa, pese a que sin él no puede emerger. Contra toda lógica y pragmatismo, el encanto de la música no radica en el análisis más minucioso del contenido y la forma de la pieza musical; no son los hercios a través del aire que nos circunda y que llegan al órgano de Corti del oído humano, fruto de la vibración de las cuerdas del violín, los que otorgan belleza a una nota. Ni la paleta de colores utilizada por un cineasta en las diversas escenas de un largometraje. Ni la suntuosidad de las palabras, ni los recovecos del argumento, ni el reflejo del espejo en la literatura.

El soporte material de una obra simboliza el juego tierno e inofensivo de un niño con su juguete favorito.

El artista debe adentrarse en el enjambre neuronal del receptor de su obra, debe bregar con los axones y las dendritas, las sinapsis, los neurotransmisores, la dopamina, ¡la serotonina!, un poco de glucosa por aquí, un poco de glutamato por allá… Está obligado a atacar el sistema límbico, es innegociable acariciar los recuerdos lejanos. Y no importa si es al pintar; al pintar aquella casa de campo de tu infancia, aquella casa donde tus padres te enviaban con tu tía a pasar los fines de semana, aquel magnífico y pretérito chalé, frente al risco blanco de la montaña; es exactamente lo mismo que hacerlo a través de la melodía, la armonía y la métrica. ¡Qué más da si con pinceles o si con palabras! Es indiferente el artefacto que utilices para llegar al fondo del alma de quien se planta frente a tu obra.

¡El soporte es un trampolín!

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