#110 Viajes. Roma

En el año de 1898 —cuando el autor inglés Henry James publicaba su archiconocida novela, Otra vuelta de tuerca, cuya característica más sobresaliente no es sino la ausencia del punto de fuga en la estructura del texto—, el marino y escritor estadounidense Morgan Robertson, en su novela corta, Futilidad: o el naufragio del Titán, describió el hundimiento del buque SS Titán en las aguas del océano Atlántico, en un paralelismo desconcertante con el buque RMS Titanic, que dio con sus huesos en el fondo del mar una veintena de años después. El barco ficticio lo hizo a una velocidad de 25 nudos; el real a 23. Cuando le preguntaban al Sr. Robertson por ello, solía decir que escribió guiado por un colaborador astral.

Fue una casualidad.

A todos nos ha sucedido alguna casualidad en la vida. En mi caso, recuerdo que, el año pasado, aproximadamente por estas fechas, mientras disfrutaba de la inestimable compañía de mis amigos en un chiringuito en la playa, pasó justo por detrás de mí, a escasos metros del paseo marítimo, una vendedora ambulante de la Organización Nacional de Ciegos Españoles. (Era una señora de cabellos blancos e iba acompañada por su perro guía). No suelo gastar dinero en juegos de azar. Sin embargo, mientras bebía cerveza a la orilla del Mediterráneo… no sé muy bien por qué tuve una intuición.

Le compré un cupón a la mujer invidente.

Mis compañeros me miraron muy raro.

Diciéndome qué haces.

Aquella noche, con los mismos perfiles y las mismas siluetas que giraban en torno a Morgan cuando escribía, y pese a cualquier racional pronóstico, el destino, caprichoso algunas veces, hostil la mayor parte de ellas, acuñó unos cuantos miles de euros con su mano invisible. El cupón resultó premiado.

¿Quieres saber cómo me lo gasté? En un viaje. Me fui a Roma. Yo solo.

Te voy a contar las partes esenciales y omitiré las innecesarias. Es viernes 26 de septiembre de 2018. Salgo del aeropuerto en dirección a la capital italiana. Arribo. Me instalo. La histórica ciudad me abre sus brazos como si fuera yo un marqués, gracias a mis inesperadas ganancias. Voy por libre. No quiero hacer el tour que hace todo el mundo. Y al día siguiente, termino, más perdido que Alfredo Landa en Nueva York, en la plaza de Santa María en el barrio Trastevere. Frente a la Basílica del mismo nombre, hay una fuente.

Me siento en su escalinata.

Después de descansar unos minutos, cuando me dispongo a marchar, escucho una frase que me llega a lo más hondo del corazón. Quien la emite es una adolescente. Sobre los peldaños de hexagonal geometría, está sentada una pareja de novios, y ella, casi a voz en cuello, supongo que por la tranquilidad que otorga saberse en otro país donde nadie te conoce, le dice a él:

¿Quieres saber la auténtica verdad?

Aquellas cinco palabras, en dicción perfecta y sublime, pronunciadas con rotundidad y sin ningún rasgo de vacilación, me hicieron aguzar el oído. El joven le contestó algo…, pero yo no pude oírlo porque lo hizo en voz muy baja, en un tono timorato, que contrastaba curiosamente con el de la chica.

—Antes de suicidarse, escribió algo.

(La respuesta que proporciona el chico es ininteligible).

—No. No quería despedirse, no al menos de manera convencional.

Él la interrumpe de nuevo. Lo hace levantando levemente el tono, pero yo pillo únicamente las dos últimas palabras de lo que parece ser una pregunta «este viaje».

Los dos sabemos el motivo de este viaje: enfrentarnos a su ausencia, superar su suicidio, pero debemos afrontarlo, no circundarlo. Utilizar esta ciudad como un telón para escondernos es un craso error. Roma debe ser catarsis; debe devolvernos a la vida, debe ser la primera piedra de un nuevo camino.

Un lánguido y cálido silencio rodea a la hermosa pareja, rodea a la bella fuente, y rodea también al inesperado espía de tan dramática conversación. Momentáneamente, en la plaza de Santa María un silencio elegante acontece.

Días después —dice la chica— rebusqué entre todas sus pertenencias. Quise aferrarme a su espíritu, evitar, aunque fuera de un modo cómico, su partida. Sus ropas eran percibidas en mi mente como objetos fantasmales, sin embargo, los álbumes de fotos, su colección de paraguas y, sobre todo, la serie de cuadros que pintó en vida, por algún raro mecanismo, lo hacían corporeizarse frente a mí.

El chaval contesta con una sola palabra que, aunque me maldigo a mí mismo por no saber distinguirla, al final me parece trisilábica, aguda. Intuyo su papel: un nodo de cohesión; el marco del discurso de su compañera.

Debajo de su cama encontré un baúl —la adolescente coge su bolso color marrón ocre, introduce la mano y saca un folio blanco plegado en cuatro partes—. Forcé la cerradura. Encontré esto.

A veinte pasos de esta tierna escena, una mujer italiana de mediana edad, con una niña en brazos, llama a gritos a uno de sus vástagos, que corre alegre y ligero por la plaza.

«Fabrizio! Fabrizio!».

La pareja de novios permanecerá callada de modo solemne durante unos segundos, a la espera de que la italiana y su prole crucen la plaza. Se escuchará otra vez el nombre del niño, con una intensidad menor por la distancia recorrida, pero en un tono que advertirá la pronta pérdida de los nervios por parte de la sua mamma.

No creo —dice la chica y con ello recobra su discurso— que nadie más en el mundo haya recorrido el oscuro tránsito hacia la muerte de este modo tan arcaico y dolorso. Escucha, escucha…

Alza el folio frente a sus ojos y lee con una voz grisácea y pegajosa:

«No encuentro las llaves. No las encuentro. No, no… No sé dónde están (nunca lo he sabido). ¿Dónde están las llaves? ¿Por qué me he repetido tanto tiempo esta pregunta a mí mismo? ¿Por qué? ¿Por qué me pregunto el porqué? ¿Por qué me pregunto por el motivo que me impulsa a preguntar por qué? Las llaves son el porqué. No. Sí. No. No lo sé, no sé dónde están. Las he buscado por todas partes. Ya no quedan rincones donde buscar. Ya no quedan lugares. No hay más posibilidades. Ni probabilidades. Ni tampoco potencialidades. No, no están, las llaves no están. ¿Lo estuvieron alguna vez? ¿Existieron? Sin las llaves no puedo salir de estas paredes (la puerta es muy gruesa como para ser derribada. La madera de la puerta es una extensión conceptual de las paredes del recinto; con idéntica solidez; es la enclenque, minúscula y puñetera llave la que otorga la capacidad de salir). ¿Pero, acaso, quiero yo salir? Ah, amigo, no tienes respuesta a esa pregunta. No la tengo, no la tienes, no la tenéis, brinquéis, saltéis… Me he echado la mano al bolsillo miles de veces en busca de las llaves pese a tener plena consciencia de que no se hallaban en mi bolsillo. ¿Cómo puedo llamar a este acto? ¿Qué fuerza me hace creer en la sensación de que las llaves están ahí? ¿Quién esculpe el movimiento natural y lógico de llevarme la mano hasta el bolsillo? Las llaves. La llave… Si encontrase la llave, si la encontrase, quizá no la usaría. ¿Está en mi bolsillo?».

Cuando la chica terminó de leer aquel galimatías, escuché los sollozos —leves y etéreos— del chico. Ella mantuvo la mirada fija sobre el papel. Me sentí sobrecogido. Era la carta de un suicida. No sé qué grado de relación tenía la pareja de adolescentes con la persona que escribió esas simbólicas líneas, pero se querían; era obvio que se querían. La chica y el chico se abrazaron. Se consolaron la una al otro. Seguro de que pusieron la primera piedra del camino y de que aseguraron los cimientos de su relación, yo saqué la libreta que me acompaña a todos los sitios. Escribí una simple frase, pero, antes de hacerlo, en el último momento, pensé que sería mejor plasmar la sentencia en inglés.

«It is in your pocket».

Arranqué la hoja.

La doblé.

La deslicé con sigilo dentro del bolso de la chica.

Me levanté.

Me fui…

Oh, Roma, Caput Mundi. No resulta extraño que con tus más de 900 iglesias estos dos jóvenes empezaran a curtir su piel frente a una de ellas, la del barrio de Trastevere. Luperca amamantó a tus dos fundadores y a día de hoy el lácteo nutriente sigue brotando de las ubres de la loba capitolina para los millones de turistas que año tras año llegan a tus puertas, de la misma manera que antaño llegaron los bárbaros solicitando el ingreso de sus tierras en el gran imperio que tu nombre difundió por el orbe conocido.

Yo llegué, simplemente, por casualidad.

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