#200 Lo sé

En una casa, en unas dependencias, en un apartamiento ciertamente muy bonito; en un lugar que no es mi lugar, o al menos no es el sitio a donde he creído pertenecer desde el día en que nací. No: esta no es mi casa, mi casa se difuminó como el plano que inicia (en la niebla) la película Shutter Island. Se desvaneció, pero yo en aquellos instantes no entendí, yo no vi, lo que ocurría en realidad. Y ahora estoy perdido en el bucle infinito de la Naturaleza; no perdido; perdido sea quizá un adjetivo desproporcionado, porque, no obstante, yo soy un as en la navegación. Soy, como dice Jim Carrey en su famoso documental, una persona que puede coger una determinada travesía en el cerebro y recorrerla hasta el final sin salirse ni un milímetro del margen. No estoy perdido, pero he descubierto el infinito. Soy consciente de que las dos anteriores frases sueltan en el aire un aroma contradictorio. Lo sé. Lo sé.

Hace un año escribí una entrada que no llegué a publicar; un post que quedó almacenado en los borradores de WordPress.

Qué grande y qué inconcebible es la Naturaleza.

Hace un año sentía una intuición acerca de ese concepto (así lo reflejaba aquel texto), hoy 27 de abril de 2021 intuyo lo mismo, sin embargo, quizás, estoy en una nueva vuelta de tuerca (como la famosa novela sin punto de fuga). Hoy intuyo lo mismo.

Soy un ser humano que toma consciencia de sí mismo. Soy el universo tomando consciencia de sí mismo.

#198 Al margen

Es aquí.

La escena transcurre en la arboleda frente al cementerio, donde un hombre muy bien vestido (con un traje cruzado negro antracita, camisa blanca escrupulosamente almidonada, corbata azul acero y gabardina de pecho largo gris) pasa por delante de la puerta del camposanto, mirando de reojo… pero consciente, demasiado consciente, de que es aquí.

#194 No una paradoja; algo curioso

Viernes, 19 de Febrero del año 2021

Como todos los viernes desde hace unos meses, hoy he ido a la copistería «a hacer fotocopias», en realidad he ido a imprimir el archivo del examen. Sale más rentable pagar cuatro céntimos por cada una de ellas que tener en casa mi propia impresora.

A mediodía el sol resultaba violento para las mitades de Febrero.

Dos frases en mi mente han dado forma al incordio que supone salir de casa, coger el coche, aparcar, etc., etc., esas dos frases son las siguientes: «Como voy a perder toda la mañana, como no voy a poder estudiar todo el planning de hoy», sorteándolas, he aprovechado el impasse yendo a la peluquería a cortarme el pelo (a pegarme la chollada que decíamos los jóvenes en la década de los 90. Ignoro cuál es hoy en el argot urbano el término que emplean los chavales cuando se cortan el pelo).

También he ido a la farmacia. Y al súper (gel de ducha; pan de molde; café; un tarro de altramuces… y una empanada que he devorado mientras volvía de camino).

La NASA ha puesto otro Rover en Marte, el Perseverance. ¿Llegó ayer? No lo sé… estoy muy metido en la oposición, demasiado aislado del mundo. Todos se han acostumbrado a este hito estadounidense. Nos parecen normales las fotografías del suelo marciano. A algunos de nosotros, sin embargo, las puestas de sol en Marte nos han hecho reflexionar sobre los atardeceres que ocurren en nuestro universo con la luz de otras estrellas y en la superficie de otros planetas.

«No he podido coger mis cosas» decía una mujer de pelo negro; una mujer angustiada; «No he podido coger mis cosas». En Palos de la Frontera, Huelva, se ha quemado lo que creo debió de ser una especie de chabolado. Ella no ha podido coger sus cosas. Con su cara en la televisión, escuchaba esas tristes palabras, y pese a ser consciente de que esa señora no debía tener ni muchas cosas ni de gran valor económico, ¡pese a ello!, me ha dolido infinitamente que un ser humano pierda sus cosas.

¡Sus cosas, joder, sus cosas! Eran suyas y de nadie más. Tenía todo el derecho a conservarlas.

Persevera, mujer de negro pelo, persevera… le he dicho a la imagen bidimensional que de ella había en la pantalla.

Queman Barcelona. Los motivos, los verdaderos motivos de la quema de la capital catalana son demasiado complejos para abordarlos en mi diario. Sólo escribiré que el 99% de los barceloneses ve cómo destroza su ciudad el 1% restante.

Todo esto no es una paradoja sensu stricto pero sí resulta muy curioso.

En mi niñez Febrero era un mes tormentoso, pero la tormenta provenía del cielo. La Humanidad avanza poco a poco a través del sistema solar, pero yo personalmente creo que avanza pero también se estira; no en vano la mujer del cabello largo y oscuro hoy ya no tiene sus cosas y sin embargo varias agencias científicas recogen a estas horas múltiples datos que nos harán entender mejor la Naturaleza. ¿Debo perseverar yo en el estudio de mis oposiciones? ¿Debe hacerlo la mujer de pelo negro? El Perserverance está programado para perserverar.

El peluquero me ha tratado en todo momento muy bien (demasiado bien) porque tiene mucha competencia a su alrededor y no quiere perder clientes.

Los incendiarios, en su propósito de incendiar, tampoco van a parar.

En la hoja de este diario, en su final (quizá la semana que viene, o la otra, vuelva a escribir), me gustaría ver el Aleph de Borges: el salto interplanetario; un examen muy exigente; una mujer que ha perdido todas sus cosas, un bandido y su antorcha; un invierno caluroso; un hombre escrbiendo.

#191 En la mente

Ah, la mente… (tú ahora estás dentro de mi mente aunque no seas consciente de ello). La mente emerge en ese vasto océano, que es muy calmoso y también picado y despiadado, un mar negro, pero un mar azul.

La mente… dicen los filósofos que el mundo no puede ser sino la mente del individuo.

He decidido hace unos pocos segundos permitirte a ti y sólo a ti un corto paseo por mi mente. ¿Ves el pasillo de un hospital con la luz entrando al final del mismo a través de una ventana que dibuja un día claro pero cubierto, cubierto con esa luz diáfana y difusa?

Estás en mi mente. Así es mi mente…

#188 Mi comentario en Jot Down

Hace un momento, he escrito un comentario en la revista Jot Down que quiero compartir con mis lectores. Ha sido en respuesta a una entrada publicada en la revista y cuyo título es «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!» y cuyo autor es José Lázaro.

Lo traigo aquí porque quiero que conozcáis mi opinión del tema, pero también porque la revista está en su derecho de alojar o censurar los comentarios que considere oportunos; en garantía de que no se pierda, yo lo transformo en una entrada de mi blog.

El núcleo del debate gira en torno a una pregunta: ¿Era Lorca machista?

Yo opino esto:

Va siendo hora ya, Sr. Lázaro, de valorar seriamente la posibilidad de que hay preguntas que no tienen respuesta o, al menos, de que existen ciertas cuestiones que los seres humanos somos incapaces de responder y por ende solventar. Yo no puedo decirle si el sistema para comprender la Naturaleza de la que formamos parte intrínseca es completo e incoherente o si, por el contrario, es incompleto y coherente. Si Vd. analizase semejante tesitura, tarde o temprano llegaría a la misma conclusión con que yo inicio el comentario a su post «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!»: la respuesta correcta a determinadas preguntas, especialmente a las más intricadas de todas ellas, trasciende o está más allá de los métodos de que disponemos para contestar preguntas. Podríamos (y de hecho lo hacemos) percibir no obstante esa verdad, ¡a pesar de nuestra racional incapacidad! Curioso, ¿eh? En otro orden de cosas, prosigamos: ¿Lorca era machista? ¿Sí o no? Pues yo, siguiendo el esquema propuesto en las anteriores líneas, me atrevería a decir, o me gustaría pensar (¡qué demonios!) que, con independencia de si el granadino era o no machista, lo que quiso fue plantear la pregunta de si era machista, más allá de si su público, al contemplar su obra, se decantase en uno u otro sentido. Mire, Sr. Lázaro, el debate sobre el feminismo tiene hoy en su seno muchas cuerdas que se entrecruzan y que imposibilitan la articulación de un discurso “verdadero y absoluto”, como tampoco lo tiene, por cierto, el debate político. Dos de esas cuerdas son: 1. la cuerda que pretende el poder y 2. la cuerda que busca la verdad; como he dicho antes, insisto, hay más cuerdas, más matices, pero esas dos son suficientemente explícitas para entender la incapacidad de alumbrar la verdad en este tema. Mujeres hay muchas… y aunque hace muchos años yo solía decir que todas eran iguales, hoy sé que todas son diferentes. Estamos atrapados dentro de la Naturaleza, discutiendo como energúmenos quiénes de nosotros llevan razón y quiénes no. Nadie puede escapar del marco de la Naturaleza, nadie puede salir fuera de esta caja donde todos sus elementos están interconectados, nadie puede alcanzar una perspectiva por encima de la Physis que permita conocer a esta última con total certidumbre. Es muy torpe asignar a un dramaturgo homosexual (igual de torpe sería hacerlo con uno heterosexual) la capacidad para definir a una mujer; tampoco las dramaturgas homo u hetero podrían; porque mujeres hay muchas y muy diferentes. Y no solo eso: una mujer a lo largo de su vida puede ser muchas mujeres. Si le soy sincero, fuera de que las mujeres y los hombres han de ser iguales en la sociedad para todo, para hacer lo que les dé la gana, y ello incluye eructar y tirarse pedos, por poner dos ejemplos que claramente pertenecen al grupo de los hombres, el debate del feminismo y del heteropatriarcado es absolutamente inútil. Hay que conseguir la igualdad. Tan solo eso. Y eso incluye que si algunas de ellas se ven dominadas por fuerzas que nublan las partes más lógicas de sus cerebros, que persiguen la hermosura de ciertos hombres; y si lo que finalmente deciden es acostarse como perras sumisas ante esos hombres a los que aman, hay que aceptarlas tal y como son, tal y como se acepta a aquellas que toman posturas contrarias a esas actitudes en la vida. Las “etiquetas” que tanto se discuten en twitter hoy en día no pueden ser definidas y abordadas por un discurso monocorde.

#187 Et voilà. La solución

¿Y si la solución al problema está compuesta por los mismos caracteres (por las mismas vocales y las mismas consonantes) que conforman esta pregunta? No tienes ganas de estudiar esa propuesta, ¿verdad? Ausente la energía durante un largo periodo de tiempo, no es descabellado afirmar que ya no tienes ganas de estudiar la cuestión, no sólo extrayendo las consonantes y las vocales de esa pregunta, mezclándolas, después, a ver si se enciende alguna bombilla, por tenue que sea su luz, sino, mucho más peligroso, de nada; no tienes ganas de absolutamente nada. Y, sin embargo, dada tu extraña naturaleza (cuanto menos atípica) intuyes que allí donde no quieres escarbar, ni en la cuestión inicial que abre esta redacción ni en las frases que, arabescamente, la prolongan, tienes no obstante el pálpito de que escribiendo podrías despejar la ecuación. Lo intuyes, lo intuyes… Sujeto. Verbo. Predicado. Ipso facto en tu mente los elementos resuenan y pintan y resbalan y se estrellan y se salvan. ¿Y si la solución al problema está compuesta… En comparación con tus otras obligaciones, cuando escribes te tornas en un ser productivo. Alumbras cientos de redacciones; estableces focos en los subtemas; abarcas toda la catedral (pese a no haber en realidad ni un mísero ladrillo puesto encima de otro mísero ladrillo) dentro de tu cabeza, a través de los dedos sobre el teclado, a través de todos esos recursos literarios que como un niño jugando con curiosidad, y no como el adulto que eres, no como el adulto que se sacó la carrera; sino de un modo inocente, amplio y luminoso, alumbras, y alumbras… y sigues alumbrando.

#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

183 Sin solución de continuidad

Yo me imagino una carrera infinita, sin solución de continuidad, entre la tortuga y Aquiles. ¿Hacia dónde van? Pues en todas las direcciones. ¿Y desde cuándo y hasta cuándo? Desde siempre y para siempre. Lloros y risas en simétrica alternancia: un teatro perenne e inagotable. La noche y el día no solamente en oposición sino también en complementariedad. La Naturaleza, la physis griega completa, absoluta, cíclica, con la verdad y con la mentira. Sin solución de continuidad. Mientras el cerebro (como el bebé explorador que busca más allá) busca y rebusca…, pero por fortuna y por desgracia está todo. Todo, hijo mío, todo. Más allá de la physis griega no hay nada; no es la nada cuántica; no: es la nada absoluta. Tú eres todo. Todo eres tú.

Sin solución de continuidad.

#181 Muy fructífero

Sería muy fructífero decirte cosas que no te haya dicho con anterioridad, sería muy fructífero abandonar la repetitividad del contenido de este blog personal; entrar en él y leer algo que se pareciese mínimamente a un ensayo. O a un relato de ficción. Sería asombroso entrar en este blog y hallar otro narrador. No puedo. Lo siento. Estoy pegado de modo intenso e íntimo a un ser humano que escribe sobre otro ser humano que, a su vez, soy yo, pero, también soy yo, el que a pesar de estar adherido a esa persona, escribo por boca de otra sobre ella, que, como dije al principio, escribe de otro hombre que, paradójicamente, soy yo.