Un 27 de noviembre

Los domingos llamo por teléfono a mi madre. Hoy es domingo. Domingo 27 de noviembre del año 2022. Mi progenitora me recuerda que hace veintiún años yo estaba fatalmente enfermo y que, pese a todo, aunque me quedé en la calle, dentro del coche, porque hacía muchísimo frío, fui a la boda de un amigo. No tengo un buen recuerdo ni de J. M. ni de su boda ni del estado de postración y sufrimiento que me invadía a principios del milenio.

Hoy—ella está de acuerdo con la siguiente lectura—la situación es «tan diferente» que nadie en su sano juicio podría haber imaginado en aquel entonces que la vida daría un vuelco tan enorme: el enfermo se convirtió en médico.

Los seres humanos no podemos predecir el futuro. Es más: cualquier intento por adivinar el porvenir nos muestra que la vida nos supera en imaginación.

Desde algún plano de la existencia, el 27 de noviembre del año 2042, mi otro yo me observa de un modo impasible.

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Euphoria (HBO)

Un producto de imbéciles hecho para otros imbéciles. Una empresa cuya consecuencia más inmediata es el ascenso del status económico de sus creadores (y de toda la cadena de la industria) para, paradójicamente, entorpecer que los adolescentes logren progresar en sus vidas. Pobremente filmada y montada (con escenas de videoclips repugnantes), sobredimensionada, en su guión, con innumerables clichés y lugares comunes, manida hasta la náusea y aplaudida por los zopencos que antes consideran malvado e imperialista a Estados Unidos, pero, después, franca, agria y directa a la serie televisiva. Con un reparto de actores de los que no logras creerte ni una sola línea del guión.

Euphoria (HBO): una serie que no recomendaría ni a mi peor enemigo.

Con el café

Este momento es la esencia de lo que vengo buscando desde hace varios años: el instante de devolver el golpe. Ahí está todo lo que soy con respecto a los demás: un hombre que devuelve el golpe; una persona cordial y afable que al recibir la ingratitud y el desprecio de los demás, devuelve el golpe, devuelve el golpe con mucha mayor virulencia que lo recibió, de un modo maníacamente desproporcionado. Aquí me tenéis. Esto es lo único que soy. Con esa actitud se han forjado los pilares de mi existencia; ahí están los cimientos de lo que soy… de lo que soy y de lo que seré.

Leer

Al leer, sobre todo cuando lees porque quieres leer, porque tienes una enorme necesidad de sumergirte en la lectura, tu cerebro está en disposición de alcanzar nuevas cumbres, no importa si estas reflejan imágenes, pensamientos o sentimientos, no importan el género ni el tipo de literatura; se parece bastante a coger el coche un domingo por la tarde e ir en pos de un lugar que te dé fuerzas para el lunes, un lugar—un libro—donde poder verter tu personalidad con el lenguaje de otra persona. Leer en muchos casos con las espadas en alto, con la presencia de un convidado ciertamente molesto, un juez, quizá un agente del Mossad, un tipo venenoso, que, mientras tú lees, te mete cizaña para que escribas. A veces lo ignoras. Otras tomas nota de lo que propone. Puede, incluso, estar irremediablemente atado al texto; texto que busca parir texto.

¿Y si, como yo ahora, al escribir este post, por un mecanismo secreto, incognoscible, estuviese leyendo en lugar de escribiendo?

Leer y habitar uno de tantos planos… Ayer fui al museo y vi una obra que era una caja con una pequeña ventanita. Al entrar en la sala (la caja estaba al fondo a la izquierda), sentí la necesidad de ver a través de la ventanita qué había en su interior: había una persona de pie mirando una caja con una pequeña ventanita.

Leer… leer como tú lees ahora. No deberías descartar que por encima de ti haya otro como tú que lee que tú lees; tú escribes y él escribe que tú escribes, o ambos leéis lo que yo leo, pero yo no sé si esto está escrito por ti o si él escribe lo que tú lees.

Leer

La carta de acero

Hace mucho que no te escribe una de sus largas cartas, una de esas confesiones de verano con colores deslumbrantes y con tintes anaranjandos. Él querría escribirte una muy especial, pero no encuentra un instante a lo largo del día, aunque quizá lo más sensato sería admitir que se ha olvidado de tu persona, al menos de un modo incompleto; admitir que el trabajo lo consume y que el agotamiento intelectual y el cansancio físico nunca lo abandonan. Ahora casi siempre escucha música porque, dice, en ella palpita el sentido de la vida, ella es, insiste, como el eco… como la cola de un cometa llamado niñez. ¿Sabes que viaja mucho en trenes?, trenes que descubren lugares nuevos, pero, por desgracia, se trata de trenes sin final de trayecto. Él ignora y no tiene la menor intención de descubrir el andén donde apearse del tren. La ventanilla como interfase de apenas unos cuantos milímetros de espesor: ver sin ser visto y vivir sin ser vivido, pero resguardado del asfixiante calor por el aire acondicionado del vagón. Libros. Recuerdos. Impulso carnal. Coherencia. Desvanecimiento. Resignación. Ambición.

Un día te escribirá.

Un día te escribiré

Inmersividad

Lleva Girineldo media vida pintando con palabras cosas muy diversas. Precisamente ése es su objetivo: a través de la literatura ir mostrando escenarios tan dispares como la paradoja temporal (un cuento que está dentro de un cuento que está dentro de un cuento). Lágrimas. Logros. Texturas. Múltiples secuencias. Verdades que parecen mentiras. De hecho, Girineldo cree que todo es traducible a palabras. Hace años, en uno de sus numerosos experimentos, cerró los ojos y comenzó a escribir—puede hacerlo sin ver las teclas: aprendió mecanografía de niño—; a escribir las cosas que surcaban su mente: imágenes, sonidos, alucinaciones, el mismo tacto de las teclas al escribir, el acto de escribir, recuerdos, fotografías sin sentido…

Girineldo, que, haciendo honor a la verdad, anda perdido en algunos aspectos de su existencia, escribe, entre otros muchos motivos, porque ha hecho del medio una experiencia paralela. Él cree que un texto puede anidar en un plano ajeno al ser humano y a todo su entorno.

Al teléfono, a mi petición de que os dedique unas palabras, ha mantenido un largo silencio para al final simplemente decir: «Kibu, estoy muy lejos de vuestro alcance».

Estará escribiendo…

#200 Lo sé

En una casa, en unas dependencias, en un apartamento ciertamente muy bonito; en un lugar que no es mi lugar, o al menos no es el sitio a donde he creído pertenecer desde el día en que nací. No: esta no es mi casa, mi casa se difuminó como el plano que inicia (en la niebla) la película Shutter Island. Se desvaneció, pero yo en aquellos instantes no entendí, yo no vi, lo que ocurría en realidad. Y ahora estoy perdido en el bucle infinito de la Naturaleza; no perdido; perdido sea quizá un adjetivo desproporcionado, porque, no obstante, yo soy un as en la navegación. Soy, como dice Jim Carrey en su famoso documental, una persona que puede coger una determinada travesía en el cerebro y recorrerla hasta el final sin salirse ni un milímetro del margen. No estoy perdido, pero he descubierto el infinito. Soy consciente de que las dos anteriores frases sueltan en el aire un aroma contradictorio. Lo sé. Lo sé.

Hace un año escribí una entrada que no llegué a publicar; un post que quedó almacenado en los borradores de WordPress.

Qué grande y qué inconcebible es la Naturaleza.

Hace un año sentía una intuición acerca de ese concepto (así lo reflejaba aquel texto), hoy 27 de marzo de 2021 intuyo lo mismo, sin embargo, quizás, estoy en una nueva vuelta de tuerca (como la famosa novela sin punto de fuga). Hoy intuyo lo mismo.

Soy un ser humano que toma consciencia de sí mismo. Soy el universo tomando consciencia de sí mismo.

#198 Al margen

Es aquí.

La escena transcurre en la arboleda frente al cementerio, donde un hombre muy bien vestido (con un traje cruzado negro antracita, camisa blanca escrupulosamente almidonada, corbata azul acero y gabardina de pecho largo gris) pasa por delante de la puerta del camposanto, mirando de reojo… pero consciente, demasiado consciente, de que es aquí.

#194 No una paradoja; algo curioso

Viernes, 19 de Febrero del año 2021

Como todos los viernes desde hace unos meses, hoy he ido a la copistería «a hacer fotocopias», en realidad he ido a imprimir el archivo del examen. Sale más rentable pagar cuatro céntimos por cada una de ellas que tener en casa mi propia impresora.

A mediodía el sol resultaba violento para las mitades de Febrero.

Dos frases en mi mente han dado forma al incordio que supone salir de casa, coger el coche, aparcar, etc., etc., esas dos frases son las siguientes: «Como voy a perder toda la mañana, como no voy a poder estudiar todo el planning de hoy», sorteándolas, he aprovechado el impasse yendo a la peluquería a cortarme el pelo (a pegarme la chollada que decíamos los jóvenes en la década de los 90. Ignoro cuál es hoy en el argot urbano el término que emplean los chavales cuando se cortan el pelo).

También he ido a la farmacia. Y al súper (gel de ducha; pan de molde; café; un tarro de altramuces… y una empanada que he devorado mientras volvía de camino).

La NASA ha puesto otro Rover en Marte, el Perseverance. ¿Llegó ayer? No lo sé… estoy muy metido en la oposición, demasiado aislado del mundo. Todos se han acostumbrado a este hito estadounidense. Nos parecen normales las fotografías del suelo marciano. A algunos de nosotros, sin embargo, las puestas de sol en Marte nos han hecho reflexionar sobre los atardeceres que ocurren en nuestro universo con la luz de otras estrellas y en la superficie de otros planetas.

«No he podido coger mis cosas» decía una mujer de pelo negro; una mujer angustiada; «No he podido coger mis cosas». En Palos de la Frontera, Huelva, se ha quemado lo que creo debió de ser una especie de chabolado. Ella no ha podido coger sus cosas. Con su cara en la televisión, escuchaba esas tristes palabras, y pese a ser consciente de que esa señora no debía tener ni muchas cosas ni de gran valor económico, ¡pese a ello!, me ha dolido infinitamente que un ser humano pierda sus cosas.

¡Sus cosas, joder, sus cosas! Eran suyas y de nadie más. Tenía todo el derecho a conservarlas.

Persevera, mujer de negro pelo, persevera… le he dicho a la imagen bidimensional que de ella había en la pantalla.

Queman Barcelona. Los motivos, los verdaderos motivos de la quema de la capital catalana son demasiado complejos para abordarlos en mi diario. Sólo escribiré que el 99% de los barceloneses ve cómo destroza su ciudad el 1% restante.

Todo esto no es una paradoja sensu stricto pero sí resulta muy curioso.

En mi niñez Febrero era un mes tormentoso, pero la tormenta provenía del cielo. La Humanidad avanza poco a poco a través del sistema solar, pero yo personalmente creo que avanza pero también se estira; no en vano la mujer del cabello largo y oscuro hoy ya no tiene sus cosas y sin embargo varias agencias científicas recogen a estas horas múltiples datos que nos harán entender mejor la Naturaleza. ¿Debo perseverar yo en el estudio de mis oposiciones? ¿Debe hacerlo la mujer de pelo negro? El Perserverance está programado para perserverar.

El peluquero me ha tratado en todo momento muy bien (demasiado bien) porque tiene mucha competencia a su alrededor y no quiere perder clientes.

Los incendiarios, en su propósito de incendiar, tampoco van a parar.

En la hoja de este diario, en su final (quizá la semana que viene, o la otra, vuelva a escribir), me gustaría ver el Aleph de Borges: el salto interplanetario; un examen muy exigente; una mujer que ha perdido todas sus cosas, un bandido y su antorcha; un invierno caluroso; un hombre escrbiendo.

#191 En la mente

Ah, la mente… (tú ahora estás dentro de mi mente aunque no seas consciente de ello). La mente emerge en ese vasto océano, que es muy calmoso y también picado y despiadado, un mar negro, pero un mar azul.

La mente… dicen los filósofos que el mundo no puede ser sino la mente del individuo.

He decidido hace unos pocos segundos permitirte a ti y sólo a ti un corto paseo por mi mente. ¿Ves el pasillo de un hospital con la luz entrando al final del mismo a través de una ventana que dibuja un día claro pero cubierto, cubierto con esa luz diáfana y difusa?

Estás en mi mente. Así es mi mente…