#162 Equilibrios

La relación que establece un ser humano con las cosas que detesta merece ser estudiada con detenimiento. Yo muchas veces me pregunto por qué no me deshago de todo aquello que aborrezco. La respuesta a esa cuestión aparece nítida al instante: todo (tanto lo bueno como lo malo) está fuertemente ligado; es inviable su criba. Te hallas sobre una fina cuerda, en un precario equilibrio, gobernando el asunto a través de la intuición: dribla el puñetazo, pero no te alejes en demasía para poder dar un beso…

#159 Las ventajas de encerrarse en una cueva

Nadie pudo imaginar que los seres solitarios, oscuros, misántropos, independientes y depresivos soportarían el encierro en sus casas mucho mejor que aquellas personas sanas, joviales y luminosas. Esto se debe en su mayor parte a un sustantivo que aterroriza a la gente normal y que sin embargo es de uso común entre la gente rara: reflexión.

Reflexionar es un ejercicio cuya causa proviene de la infelicidad y la frustración, dos características innegociables en la mayoría de escritores; sobre todo aquellos que no pasan el filtro editorial, es decir, aquellos escritores cuyo número de followers en twitter es insuficiente para generar un impacto mediático que proporcione al editor el reembolso de su inversión.

Si uno piensa bien, se da cuenta de que pensar mata; de que aquello que te mata es precisamente lo que te hace vivir. No te ofusques, lector, si te pierdes en la cadena de argumentos. Solo vives (me refiero a vivir de verdad) a través de las cosas que te hacen sufrir hasta lo indecible.

No exagero si digo cuán peligrosa resulta esa actitud; cuanto más reflexionas, más te mueres, más hondo es tu pensamiento. A mayor hondura, mayor oscuridad, más muerte y más vida.

Estas reflexiones son fruto de la cuarentena. Se cuentan por miles los sujetos que no leen libros y se cuentan por millones los que no miran en su interior.

Mira hacia dentro. Dentro de unos días ya no podrás hacerlo.

#158 Más allá del límite

Durante un breve momento de lucidez, el protagonista de las siguientes líneas tuvo plena consciencia del lugar que la historia de la humanidad le robaba impunemente. No se ofuscó. No se martirizó. Al contrario: intuyó la venida de un nuevo paradigma. Es más: comprendió, no sin angustia, que su sitio en el mundo simbolizaba precisamente el sitio que ningún otro ser humano puede ocupar; más allá del límite.

#157 Enjaulados

El mundo de la paradoja tiene como base de sustentación al lenguaje y a las palabras, pero si no fuéramos capaces de ir más allá de este hecho, estaríamos abocados a un pozo sin fondo. Aquiles, víctima de esta consecuencia lingüística, no podría alcanzar jamás a la tortuga.

Yo a veces necesito ver en la escritura el dibujo de una composición musical; el andamiaje arquitectónico de un texto con una filosofía estrictamente estética. No obstante, otras veces me siento invadido por alguien que detesta la vida, ya que nada logra curarme, ya que nada logra satisfacerme. La tranquilidad se me escapa de entre los dedos día y noche, día y noche… Es muy probable que estos sentimientos salgan a flote por el confinamiento de la crisis sanitaria, pero yo estoy convencido de que el confinamiento alumbra la punta del iceberg.

¿Has estado alguna vez en un parque acuático de atracciones? Con el jolgorio de miles de niños jugando en el agua. Los adultos afanándose en vivir una vida sobre la cual no se han parado a pensar nunca. ¿Te has fijado que los toboganes no tienen asideros? El niño o la niña se lanza hacia abajo consciente de que no hay nada a que agarrarse.

¿Cuál es mi asidero? Un monte. Un monte muy verde, frondoso, arcaico, leal. Un monte con varios chalets desperdigados sobre su falda; algunos son blancos, otros amarillentos, frutos del trabajo y el tesón de hombres que ya no están entre nosotros y que pusieron ladrillo a ladrillo sus huellas en la tierra.

Hilos de tender la ropa. Sábanas blancas, verdes y grises se acompasan al batir del viento. Hay tendidos dos pijamas de color azul marino; el aire bambolea sus mangas como si dentro de ellas estuviesen los brazos de un actor y una actriz de teatro. Míralos, están poseídos, en trance, en comunicación con la naturaleza. (El monte de mi infancia es el fondo de esa imagen). Oscuros árboles. Paredes blancas. Entre todos los chalets hay uno cuyo tejado de color rojizo desentona con los demás, ¡ése es de los nuevos!: ése no tiene tanta personalidad como los otros.

Cae, ahora, de entre las hojas de esta libreta un pequeño botón marrón. No sé de dónde ha salido. No sé qué hace aquí. Esta grata sorpresa me recuerda la innumerable cantidad de planos narrativos que conviven en una misma redacción; no me cansaré nunca de decir que la literatura va de hilvanar planos, muchos planos, infinitos planos.

Vosotros sois conscientes del enorme abanico que tiene frente a sí un escritor cuando decide posar la punta de su bolígrafo en el papel. Vosotros sabéis de primera mano que una historia puede ser contada no sólo desde diferentes perspectivas (en una división meramente didáctica), sino con varios estilos, formas y voces. Todos conocéis los infinitos recursos que ofrece la ficción: en una pared puede aparecer el rostro difuso de una persona; un halcón puede matar a una paloma que portaba un mensaje.

Son las 20:01. Un grupo de chavales canta el cumpleaños feliz. Una mujer, con el pelo recogido en una coleta, asomada al balcón de su casa, con la angustia impresa en los pómulos de su rostro, aplaude quizá sin saber muy bien el porqué. Yo escribo desde un rincón de la terraza —los actores siguen en trance dentro de los pijamas de color azul marino—… un rincón de la terraza donde nadie me ve. Las campanas de una ermita lanzan un mensaje al aire. ¿Habrá algún halcón para interceptarlo? Escucho el piano y el saxo de la versión 2020 de Resistiré.

Yo no resisto; yo vivo por inercia. Estoy en un plano que no logro ubicar: a veces pienso que estoy en el mismo plano donde Aquiles no puede alcanzar a la tortuga.

Hay un pasillo. Mis piernas están cruzadas. Esta libreta se apoya en una de ellas. El bolígrafo sujeto por los dedos brinca y caracolea por encima del papel. Alguien desconocido, al mismo tiempo que las palabras se dibujan sobre el fondo blanco, lee en voz muy baja: «brinca y caracolea».

Escribir me salva.