#197 La literatura (desde fuera) 3

Aquí tienes la segunda entrada de la serie Literatura (desde fuera)

Su profundidad, su contundencia, su belleza y hermosura últimas (o la carencia de todas ellas), es la que hace elevarse la película o la novela”.

¿No suena del todo mal, verdad?

A esa locución verbal yo seguramente le habría añadido una a: “es la que hace elevarse a la película o a la novela“. Pero no quiero ponerme tiquismiquis con la ortografía. No es mi intención discutir sobre lenguaje. Esta serie, La literatura (desde fuera), bascula en torno a la circularidad que acontece siempre en una crítica de arte. Y si el lector de estas líneas fuese una persona muy inteligente, si, poniendo el ejemplo que solían poner en E.G.B en los años 80 (para iniciarnos a los chavales en una disciplina que nadie sabía que era infinita) con la pregunta de “¿Qué es una mesa?”, y que en la mayoría de los casos nosotros, imberbes e inocentes, siempre contestábamos “Una mesa es… una mesa”; o al mostrar la paradoja que supone la espada más afilada del mundo; el acero que puede cortarlo todo pero que no puede cortarse a sí mismo, si, retomando la primera proposición, ese raro lector fueses tú, si hubieses alcanzado cierto nivel de inteligencia como para intuir que el lenguaje posee unos límites y que detrás de ellos (o en ellos mismos) puede haber cosas que no sabríamos definir si las descubriéramos, yo ampliaría el objetivo de esta entrada no solamente a la circularidad en la crítica del arte, sino a la palabra en sí misma.

No voy a citar al autor de la frase con que se inicia este post. No voy a poner el link a su página web. Yo no menciono a los tontos, yo, como aborrezco a los torpes, procuro no expandir su fama, no les doy cobertura. Y torpes hay muchos; pero los genios, que son muchísimos menos, ameritan que se hable de ellos; que se los estudie. No obstante, me enerva comprobar que se utilizan en las artes los términos profundidad, contundencia, belleza y hermosura sin ser ni remotamente consciente de que cualquier juicio de valor de una obra pertenece al modo de pensar o de sentir del sujeto que emite esa sentencia y NO al objeto de la misma.

Debo reconocer que llevo varios días entrando a WordPress sólo con esa idea en la cabeza. También admito que se trata de un concepto peregrino, que no ofrece la menor duda. Hay que ser muy obtuso, como es el caso del autor de la primera frase, para no apercibirse de que en las artes, a lo sumo, a lo que aspira uno es a darle al MeGusta con el convencimiento de que la película que ha visto o el libro que ha leído ha conseguido tocar una fibra, una cuerda intrínseca e intransferible de su anatomía.

Acompáñame, por favor, a mi despacho.

Ven, hombre, ven… No tengas miedo.

Aquí está mi biblioteca.

Hagamos un experimento: comparemos dos libros muy distintos.

Tú y yo (sí, tú y yo, porque ahora estamos solos tú y yo, cara a cara; porque tú lees lo que yo escribo, pero si no leyeses esto, es como si yo nunca lo hubiese escrito); tú y yo, repito, vamos a dejarnos arrastrar por la circularidad de la crítica en el mundo del arte y vamos a divagar hasta el infinito y más allá sobre cuál de los dos textos que a continuación leeremos es mejor.

He aquí el primero.

“Veo que no se siente Vd. favorablemente impresionado”, dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento —el exceso de lo que se llama “aplomo”— con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de “dicción”.

He aquí el segundo.

… se le ponía demasiado difícil así que medio me volví y me paré entonces empezó a darme la tabarra para que dijera que sí hasta que me quité el guante despacio mirándole él dijo que mis mangas caladas eran demasiado frescas para la lluvia cualquier cosa como excusa para poner la mano cerca de mis bragas bragas todo el santo día hasta que le prometí darle las de mi muñeca para que las llevara en el bolsillo del chaleco O María Santísima qué aire tan idiota tenía él, chorreando en la lluvia espléndida dentadura me había dado hambre de mirarla y me pidió que me levantara la enagua naranja que llevaba con plisados de rayos de sol que no había nadie dijo se arrodillaría en lo mojado si yo no lo hacía tan empeñado que lo haría de verdad y echaría a perder su impermeable nuevo nunca se sabe qué locura les entra a solas con una se ponen tan salvajes por eso si hubiera pasado alguien yo me las levanté un poco y le toqué los pantalones por fuera como le hacía a Gardner después con la mano izquierda para impedirle que hiciera algo peor donde había demasiada gente me moría por averiguar si estaba circuncidado él temblaba como una jalea…

¿Es mejor el primero que el segundo? No, ¿verdad? El segundo, además, no es mejor que el primero, ¿a que no? Son diferentes. ¡Son muy distintos! Pero, ahora que tú y yo ya nos hemos fundido en una misma existencia, porque estas palabras ya se proyectan en tu cerebro o emergen de tu sistema fonatorio con tu voz, es muy sencillo afirmar, es muy fácil decir que NO podemos tirar a la basura ninguno de los dos textos; somos incapaces de darle a uno de ellos tres estrellitas y al otro cuatro estrellitas. Podemos analizarlos; podemos diseccionarlos hasta un límite insospechado. Podríamos caer en el atrevimiento de inferir la intención que tuvo cada autor cuando escribió. Si nos ponemos las gafas gramaticales, ¡madre mía si nos ponemos las gafas gramaticales!, seríamos como los fiscales de la Audiencia Nacional.

Y pese a todo ello, y pese a muchas cosas más, algo nos dice que lo mejor (¡que lo único!) que podemos hacer es captar precisamente aquello que nuestro juicio nunca, repito, nunca, nunca jamás, captará.

#196 La literatura (desde fuera) 2

Aquí tienes la primera entrada de esta serie.

¿Sabrías tú decirme cuántas gotas de agua o qué volumen de líquido logra colmar un vaso, pero no en el sentido literal de la palabra, sino desde la intención que siempre se le ha atribuido a esa frase, es decir, qué (o cuánto) tiene que pasar para que una situación se desborde? ¿Crees que podrías marcar en el aire las partes de un compás de 4/4 y acertar el momento exacto en que ese determinado evento va a ocurrir? Estoy razonablemente seguro de que conoces al cantante estadounidense Bob Dylan, y que recuerdas, al menos vagamente, una canción que establece una pregunta parecida a la que yo te planteo al inicio de este post. La pieza musical lleva por título Blowing in the wind; la pregunta traducida desde el inglés al español dice así: ¿Cuántos caminos ha de recorrer un hombre para poder ser llamado como tal?

¿Sabes tú el número de caminos? No, ¿verdad?

No te preocupes. Yo tampoco.

A mí la innombrable, aquélla que está rodeada por una especie de sólida y férrea aureola, que es dueña de una merecida fama de hueso, pozo sin fondo, desafortunadamente, de casi un centenar de universitarios que cada año, en sus dos convocatorias oficiales, fracasan, suspenden, se hunden y se desesperan, a mí, insisto, la asignatura de * en la Facultad de * me costó aprobarla tres años. A la quinta convocatoria.

A la quinta.

Pero hubo quien la sacó a la séptima. A la cuarta. A la primera. A la segunda…

¿Cuánta agua le cabe a un vaso antes de que llegue la fatídica gota que lo colma? ¿Cuánto debe sufrir un tío para que le pongan la etiqueta de “hombre”? ¿Cuántos hachazos debes darle a una puerta para hacerla añicos y traspasar su umbral? Más sencillo: ¿cuántas veces ha de equivocarse un niño (en el periodo en que va a la escuela) despejando la x de una ecuación, o subrayando el sujeto, el verbo y el predicado de una frase? ¿Cuántas? ¿Cuántas veces?

¿Qué tiene que pasar para que aprendas; cuánto ha de repetirse una situación para que una determinada habilidad o un conocimiento concreto, o lo que sea, permee dentro de tu mente lo bastante hondo y con el arraigo necesario para que digas Ya está; ya es mío?

¿Cuánto, amigo lector?

Difícil cuestión, ¿eh?

A través de los años he conservado la amistad de una persona que aprobó la famosa asignatura hueso a la primera con una nota de 9,32. Aquel año se concedieron dos Matrículas de Honor: la de mi amigo y la de otra chica que obtuvo una nota de 9,57. Si te pica la curiosidad, yo saqué (¡al final!) un 6,11. Todos los abandonos que se producen en la carrera que yo estudié, no sin sorpresa, tienen lugar en el año en que esa asignatura es impartida. Hubo gente que nunca pudo aprobarla; universitarias y universitarios que trataron de roer el hueso durante diez, once, doce… durante una cantidad asombrosa de veces (se trataba de la antigua Licenciatura donde no había un número máximo de convocatorias; no sé cómo es hoy en el Grado).

Ahora que ya estás en antecedentes sobre la dificultad del cuánto, te resultará fácil entender la idea que vertebra la segunda entrada de la serie Literatura (desde fuera): hay quien lee un libro y capta por ósmosis de velocidad supraluminica la esencia de la literatura; quien ve un cuadro y absorbe de un trago (como un taponazo de tequila) el mensaje implícito en él…

… y hay auténticos estúpidos, verdaderos tarados mentales, engendros de la peor ralea que puede dar a luz la Naturaleza que podrían leer todo lo escrito en los siglos XIX y XX y lo que llevamos de XXI y no ver (¡ni siquiera llegar a atisbar!) el arte… el arte… que esas obras contienen.

Estas últimas semanas he estado leyendo lo que escribe uno de esos imbéciles que ha leído (dice haber leído; quizá no sea del todo cierto) las (según este abrazafarolas) Grandes Obras de la Literatura; y visto… y entendido… las grandes películas de la historia del cine. He estado leyendo a un tontorrón de tomo y lomo; a quien no le entraría el Quijote ni aunque se lo clavases en la calota a machetazos.

El sujeto de marras analiza la narrativa (el pobre gilipollas se hace llamar a sí mismo crítico), con mayor o menor torpeza (a mi juicio insulsa y mecánicamente), pero, por desgracia, lo peor de todo, el auténtico problema es que no percibe el núcleo del asunto. No percibe una mierda.

Se puede a la primera, se puede a la segunda… o la séptima; él no lo conseguirá jamás.

#195 Literatura (desde fuera)

Voy a escribir una nueva serie en el blog: Literatura (desde fuera). Va a ser una especie de pseudorreflexión sobre el arte literario, pero, lustrándome los zapatos, engominándome el bigote, transformándome en un hesperto, el argumento vendrá o se engendrará desde fuera de la literatura. No a través de la perspectiva del caro lector, sino de (o sobre) las personas hentendidas en el arte literario. La serie también contendrá pseudorreflexiones sobre otras disciplinas artísticas. Aquí tenéis la primera.

Resulta escandalosamente fácil analizar una obra. Sus elementos. Sus nexos. Sus intenciones. Su narrador. Su (hábil o torpe) autor. Su registro, ¡sus registros!. El uso (ágil o desafortunado) del estilo directo, El nivel de dificultad implícito en su sintaxis, etc., etc., etc. Insisto: todo ello resulta muy muy muy fácil.

“Pero, chiquillo, aquí hemos venido a divertirnos, ¿no?”

Sin embargo, os dejo antes de irme (en la pregunta del párrafo anterior), una muestra, (¡para muestra un botón!), una muestra diminuta y quizá insignifcante de que ése que habla de divertirse no soy yo, Por raro que os parezca, ése no es 921kibu. No, por dios. ¡Ése no soy yo! Yo soy un amante infiel, un amante contradictorio de la literatura. El que formula la pregunta, empero, es un imbécil como la copa de un pino. Es un imbécil que puede ser diseccionado por cualquier hesperto, por cualquier cuñao.

Pero desde fuera: el crítico está tan atenazado que no puede cohabitar el plano donde vive el subnormal ése que quiere divertirse. ¿Por qué? Porque existe un salto desde la razón a la sinrazón, cuyo sustento matemático poca gente conoce, que ignoran quienes deciden hacer críticas sobre arte.

No olvides que el pazguato de esta entrada no soy yo. ¿No te lo crees? Escucha.

“Pon unas explosiones. Pon una escalera que chirría. No sé… dale vidilla al texto, que aquí parece que no ha pasado nada”.

#194 No una paradoja; algo curioso

Viernes, 19 de Febrero del año 2021

Como todos los viernes desde hace unos meses, hoy he ido a la copistería «a hacer fotocopias», en realidad he ido a imprimir el archivo del examen. Sale más rentable pagar cuatro céntimos por cada una de ellas que tener en casa mi propia impresora.

A mediodía el sol resultaba violento para las mitades de Febrero.

Dos frases en mi mente han dado forma al incordio que supone salir de casa, coger el coche, aparcar, etc., etc., esas dos frases son las siguientes: «Como voy a perder toda la mañana, como no voy a poder estudiar todo el planning de hoy», sorteándolas, he aprovechado el impasse yendo a la peluquería a cortarme el pelo (a pegarme la chollada que decíamos los jóvenes en la década de los 90. Ignoro cuál es hoy en el argot urbano el término que emplean los chavales cuando se cortan el pelo).

También he ido a la farmacia. Y al súper (gel de ducha; pan de molde; café; un tarro de altramuces… y una empanada que he devorado mientras volvía de camino).

La NASA ha puesto otro Rover en Marte, el Perseverance. ¿Llegó ayer? No lo sé… estoy muy metido en la oposición, demasiado aislado del mundo. Todos se han acostumbrado a este hito estadounidense. Nos parecen normales las fotografías del suelo marciano. A algunos de nosotros, sin embargo, las puestas de sol en Marte nos han hecho reflexionar sobre los atardeceres que ocurren en nuestro universo con la luz de otras estrellas y en la superficie de otros planetas.

«No he podido coger mis cosas» decía una mujer de pelo negro; una mujer angustiada; «No he podido coger mis cosas». En Palos de la Frontera, Huelva, se ha quemado lo que creo debió de ser una especie de chabolado. Ella no ha podido coger sus cosas. Con su cara en la televisión, escuchaba esas tristes palabras, y pese a ser consciente de que esa señora no debía tener ni muchas cosas ni de gran valor económico, ¡pese a ello!, me ha dolido infinitamente que un ser humano pierda sus cosas.

¡Sus cosas, joder, sus cosas! Eran suyas y de nadie más. Tenía todo el derecho a conservarlas.

Persevera, mujer de negro pelo, persevera… le he dicho a la imagen bidimensional que de ella había en la pantalla.

Queman Barcelona. Los motivos, los verdaderos motivos de la quema de la capital catalana son demasiado complejos para abordarlos en mi diario. Sólo escribiré que el 99% de los barceloneses ve cómo destroza su ciudad el 1% restante.

Todo esto no es una paradoja sensu stricto pero sí resulta muy curioso.

En mi niñez Febrero era un mes tormentoso, pero la tormenta provenía del cielo. La Humanidad avanza poco a poco a través del sistema solar, pero yo personalmente creo que avanza pero también se estira; no en vano la mujer del cabello largo y oscuro hoy ya no tiene sus cosas y sin embargo varias agencias científicas recogen a estas horas múltiples datos que nos harán entender mejor la Naturaleza. ¿Debo perseverar yo en el estudio de mis oposiciones? ¿Debe hacerlo la mujer de pelo negro? El Perserverance está programado para perserverar.

El peluquero me ha tratado en todo momento muy bien (demasiado bien) porque tiene mucha competencia a su alrededor y no quiere perder clientes.

Los incendiarios, en su propósito de incendiar, tampoco van a parar.

En la hoja de este diario, en su final (quizá la semana que viene, o la otra, vuelva a escribir), me gustaría ver el Aleph de Borges: el salto interplanetario; un examen muy exigente; una mujer que ha perdido todas sus cosas, un bandido y su antorcha; un invierno caluroso; un hombre escrbiendo.

#192 En Si yo fuera un libro LA LLUVIA AMARILLA. Julio Llamazares

Entre la metáfora dolorida y el homenaje pirenaico a “Mientras agonizo” de Faulkner, así transcurre este monólogo del último habitante del pueblo abandonado de Ainielle, en el Pirineo aragonés. Mientras Andrés yace acosado por los fantasmas de las estaciones, únicas residentes en este esqueleto de poblado, su enfebrecida mente evoca, en un siniestro juego de…

LA LLUVIA AMARILLA. Julio Llamazares

#191 En la mente

Ah, la mente… (tú ahora estás dentro de mi mente aunque no seas consciente de ello). La mente emerge en ese vasto océano, que es muy calmoso y también picado y despiadado, un mar negro, pero un mar azul.

La mente… dicen los filósofos que el mundo no puede ser sino la mente del individuo.

He decidido hace unos pocos segundos permitirte a ti y sólo a ti un corto paseo por mi mente. ¿Ves el pasillo de un hospital con la luz entrando al final del mismo a través de una ventana que dibuja un día claro pero cubierto, cubierto con esa luz diáfana y difusa?

Estás en mi mente. Así es mi mente…

#188 Mi comentario en Jot Down

Hace un momento, he escrito un comentario en la revista Jot Down que quiero compartir con mis lectores. Ha sido en respuesta a una entrada publicada en la revista y cuyo título es «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!» y cuyo autor es José Lázaro.

Lo traigo aquí porque quiero que conozcáis mi opinión del tema, pero también porque la revista está en su derecho de alojar o censurar los comentarios que considere oportunos; en garantía de que no se pierda, yo lo transformo en una entrada de mi blog.

El núcleo del debate gira en torno a una pregunta: ¿Era Lorca machista?

Yo opino esto:

Va siendo hora ya, Sr. Lázaro, de valorar seriamente la posibilidad de que hay preguntas que no tienen respuesta o, al menos, de que existen ciertas cuestiones que los seres humanos somos incapaces de responder y por ende solventar. Yo no puedo decirle si el sistema para comprender la Naturaleza de la que formamos parte intrínseca es completo e incoherente o si, por el contrario, es incompleto y coherente. Si Vd. analizase semejante tesitura, tarde o temprano llegaría a la misma conclusión con que yo inicio el comentario a su post «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!»: la respuesta correcta a determinadas preguntas, especialmente a las más intricadas de todas ellas, trasciende o está más allá de los métodos de que disponemos para contestar preguntas. Podríamos (y de hecho lo hacemos) percibir no obstante esa verdad, ¡a pesar de nuestra racional incapacidad! Curioso, ¿eh? En otro orden de cosas, prosigamos: ¿Lorca era machista? ¿Sí o no? Pues yo, siguiendo el esquema propuesto en las anteriores líneas, me atrevería a decir, o me gustaría pensar (¡qué demonios!) que, con independencia de si el granadino era o no machista, lo que quiso fue plantear la pregunta de si era machista, más allá de si su público, al contemplar su obra, se decantase en uno u otro sentido. Mire, Sr. Lázaro, el debate sobre el feminismo tiene hoy en su seno muchas cuerdas que se entrecruzan y que imposibilitan la articulación de un discurso “verdadero y absoluto”, como tampoco lo tiene, por cierto, el debate político. Dos de esas cuerdas son: 1. la cuerda que pretende el poder y 2. la cuerda que busca la verdad; como he dicho antes, insisto, hay más cuerdas, más matices, pero esas dos son suficientemente explícitas para entender la incapacidad de alumbrar la verdad en este tema. Mujeres hay muchas… y aunque hace muchos años yo solía decir que todas eran iguales, hoy sé que todas son diferentes. Estamos atrapados dentro de la Naturaleza, discutiendo como energúmenos quiénes de nosotros llevan razón y quiénes no. Nadie puede escapar del marco de la Naturaleza, nadie puede salir fuera de esta caja donde todos sus elementos están interconectados, nadie puede alcanzar una perspectiva por encima de la Physis que permita conocer a esta última con total certidumbre. Es muy torpe asignar a un dramaturgo homosexual (igual de torpe sería hacerlo con uno heterosexual) la capacidad para definir a una mujer; tampoco las dramaturgas homo u hetero podrían; porque mujeres hay muchas y muy diferentes. Y no solo eso: una mujer a lo largo de su vida puede ser muchas mujeres. Si le soy sincero, fuera de que las mujeres y los hombres han de ser iguales en la sociedad para todo, para hacer lo que les dé la gana, y ello incluye eructar y tirarse pedos, por poner dos ejemplos que claramente pertenecen al grupo de los hombres, el debate del feminismo y del heteropatriarcado es absolutamente inútil. Hay que conseguir la igualdad. Tan solo eso. Y eso incluye que si algunas de ellas se ven dominadas por fuerzas que nublan las partes más lógicas de sus cerebros, que persiguen la hermosura de ciertos hombres; y si lo que finalmente deciden es acostarse como perras sumisas ante esos hombres a los que aman, hay que aceptarlas tal y como son, tal y como se acepta a aquellas que toman posturas contrarias a esas actitudes en la vida. Las “etiquetas” que tanto se discuten en twitter hoy en día no pueden ser definidas y abordadas por un discurso monocorde.