#83 La publicidad del libro (luces de neón)

Hay tantos escritos, se han vertido tantos ríos de tinta, y esparcido tantos batallones de píxeles por la red, tantas líneas de boli rojo intentando corregir lo incorregible; hay tantos libros magníficos, hay tantas muestras de sabiduría, existe tanta originalidad… Bucea quien quiere bucear no solo en bibliotecas y en librerías sino en los corrillos de Internet —en esos pequeños pero bien avenidos grupúsculos de personas que charlan sobre lo que leen— y allá en el fondo encuentra verdaderas joyas, soberbias obras de arte que unos pocos locos conocen…

He aquí la gravedad y la grandeza de este hecho: los anuncios publicitarios de novelas —las reseñas de la maquinaria del mundo del libro: esas que nos llegan, queramos o no, a través de su fastidiosa omnipresencia— al final consiguen precisamente el efecto contrario que buscan: luces de neón con un mensaje inequívoco: No me compres.

A lo que yo añadiría: No soy lo que buscas.

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#82 Nada

¿Serías capaz de imaginar un relato que no contase nada de nada? ¿Podrías vislumbrar El silencio a través de la palabra escrita?

Sonaría paradójico, ¿verdad? Y sonaría también hermoso y catártico y trascendental y sibilino e imposible e irresoluble y tosco y útil. Te presentaría yo una novela cuyo mensaje fuese la ausencia misma de mensaje. Entregada con descaro al estilo del autor; un autor que dominara el lenguaje hasta los extremos de los extremos, con el uso de figuras encubiertas que solo los lectores listos pudiesen entender, y con figuras explicadas a través de figuras antagónicas en un juego de espejos que solo los lectores muy muy muy listos pudiesen asimilar. Un libro con, sobre todo con, ritmicidades y articulaciones palabrescas extrañas, o, incluso, modulaciones suprasegmentales que el lector pudiese acoger en su seno y en su mente de una manera ágil y siniestra: siniestra al no vislumbrar por qué ese libro es al aire vertido con tan terrorífica destreza por su oculta laringe.

¿Por qué y para qué? Para narrar por y solo por el propio placer de la narración, sin nudo, ¡sin conflicto!, sin… nada. Como el comienzo de un sueño: indefinido en el marco temporal solo sabemos que ha empezado cuando ha empezado. Una carrera sin las líneas de salida y meta.

Dios…, cómo me gustaría leer ese texto.

#80 Libertad con fondo negativo: dientes blancos

¿Libertad dice usted? Já, já y já.

Libertad sería pulsar estas teclas de manera completamente aleatoria, al margen de la lógica y la ortografía. Libertad sería que usted leyera una secuencia incoherente de caracteres y que del enjambre de los mismos —al fondo del crucigrama— descubriera una a, una s, una d, una f y una g. (Un signo prematuro en las entrañas del caos). La libertad, ahora, en este preciso instante de la noche, se dibujaría en unos ojos color verde aceituna y unos dientes blancos de diabólica sonrisa.

Ven, sígueme…

Sería no decirle quién es. Sería no escribir su nombre. La libertad, no obstante, sería decirle que lleva pantalones negros y camisa blanca. ¿Ve cómo alza su brazo derecho y le ofrece la mano?

Sepa que si, cautivado por esa mirada hechicera, usted la acepta, si, digámoslo de otro modo, usted me sigue leyendo atraído por la gravedad de este fugaz texto, yo perderé mi libertad. Tendré que abandonar la casa del escritor. Me veré obligado a sonorizar las carcajadas de esa bella dentadura.

¿Puede Vd. oír su risa?

#79 Una octava más alta

Hoy, jueves, 1 de agosto del año 2019, con los vítores de las vacaciones, en el momento más insospechado del día, casi sin querer, o quizá adrede, ya no estoy muy seguro, me he parado un instante a pensar y a reflexionar sobre los libros de mi pequeña biblioteca. Ahí están —pienso—, míralos, todos ordenados de modo pulcro y obsesivo, guardianes de un gran tesoro. Aún recuerdo cuando puse el primer volumen en la segunda estantería del mueble, la que está a la altura de los ojos. Fue El fin de la eternidad, de Isaac Asimov. No, no, no, fue La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. «¿Y no sería uno de los de Alianza Editorial, los de portada blanca? ¿No fueron esos los primeros en llegar?»

Empieza el relax, el ocio (ellos me acompañarán hasta al mismo pie de la tumba).

Los colores llamativos de sus lomos, por ejemplo, el rojo del grupo editorial Penguin Random House, donde duermen autores como Conrad, Borges y Joyce, forman mi paisaje diario. Y a veces, como un enamorado o como un necio, quién sabe, me acerco a ellos y me quedo mirándolos, ajeno a todo lo que me rodea. Abro uno al azar y de inmediato me viene a la cabeza el lugar donde lo leí. Un día caluroso de verano en un parque, con mi aspecto de vagabundo leyendo a Faulkner. Sentado en la acera de una calle nocturna, con El hombre en el castillo. Sobre el atril y junto al flexo, soñando de la mano de Dumas. Sentado en la arena de la playa vagando junto al funesto canis lupus del escritor alemán Herman Hesse… o para vivir la experiencia de manera más intensa, en un McDonald’s con Jean Paul Sartre.

¡Ay!, libros, libros y libros… Hay tanto dentro de ellos.

Su formato —el papel— me encanta; porque el papel tiene un nosequé… Para explicar la fascinación que siento por su soporte físico, voy a servirme de la película Interstellar de Cristopher Nolan: la niña llamada Murf, atraída por la caída de los libros desde la estantería, mira la biblioteca como si detrás ella hubiera algo que no logra captar. Yo, a veces, percibo ese algo, a veces sé de su existencia, sin embargo el extraño encantamiento al mismo tiempo que nace muere. Son un ejército —me digo—, son soldados con una misión que cumplir: abofetear al lector. Unos cumplen de forma sobrada la misión y otros fracasan de manera vulgar. Además, en contraste con la del libro electrónico, su presencia física me embruja. Para mí leer en un ebook es como ir a un restaurante chino: a la media hora ya tienes hambre.

En las anteriores líneas radica la parte romántica de esta historia, una triquiñuela, una especie de knock knock on the door que te insta a ti, internauta, a imaginar la biblioteca de otro lector como tú, que, con el paso del tiempo, desbordó las estanterías y tuvo que poner los libros que compraba encima del abarrotado mueble. En este sentido, los lomos carmesí, citados unas líneas más arriba, fueron los primeros en llegar y son en cierto modo los que más protagonismo atesoran, pero junto a las grandes estrellas hoy otros conviven en completa armonía.

Libros, libros y más libros, algunos, por cierto, nunca llegaré a leerlos. Una cantidad de obras seguramente obscena; obscena porque cuando termino de leer uno, y voy a empezar otro, cuando la esperanza —¡ay!— inunda el corazón, a mí me excita mucho saber que puedo elegir entre una vasta cantidad de novelas y de ensayos. No exagero cuando comparo esa elección con una erección. ¡Qué placer, por el amor de dios, no saber de dónde picar! Tener a mi disposición todos los géneros: negra, historia, ciencia ficción, espías, costumbrista o fantasía. No sentirme prisionero de las novedades, no buscar ni el selfie, ni la firma, ni el reply, ni el fav de los autores tuiteros, y leer… leer lo que me dé la repajolera y santa gana.

En este octavo párrafo, octava nota que da titulo al comienzo oficial de mis vacaciones, tendría que escribir de un modo ortodoxo, tendría que darte una lista prolífica, detallada, con todos mis libros. Estoy seguro de que tú la leerías con atención, verías algunas obras que ya has tenido el placer de disfrutar y otras seguramente desconocidas, pero cuando el caos deja de ser caos —racional impasse por antonomasia— y cuando leer, por desgracia, ya no va de descubrir, sino solo de memorizar, es momento de despedirse.

#78 Lectura

Echo mucho de menos este libro. Llevaba años sin sentir la angustia por volver a abrir las páginas de una novela al día siguiente, esperando los instantes de ilusión con su lectura. Lo echo mucho de menos, anhelo sentirme otra vez de ese modo. He perdido la cuenta de todo lo que leo; la mayor parte de mis lecturas me satisfacen, me nutren, me dan vida. Y son pocas las que me decepcionan. Terminé de leerlo hace más de un mes, pero todavía no lo he olvidado; no he pasado página con él, aunque después vinieron otros muy buenos (por ejemplo, Leviatán, de Auster). Pero por algún raro e inconsciente motivo esa novela me caló, me llegó al alma. Cuando el texto retrocede 2000 años en la historia, la narración es deslumbrante hasta la náusea; es difícil recrear un salto en el tiempo con esa belleza y eficacia narrativas. Esta novela es la peripecia vital de… digamos… mucha gente: recuerda un poco al espectro de los personajes de Tolstoi y Dostoievski; no en vano el autor creo que también es ruso. Es brillante hasta decir basta y no cuenta nada de nada: todo lo que escribe tiene una función tácita: mostrar. Será el lector quien verá las imágenes, quien aprenderá debidamente la lección y quien disfrutará leyendo.

Qué ostia me pegó.

#77 Escribir de madrugada

Anoche a las 5 de la madrugada escribí esto:

«Suena a escasos metros del piso donde vivo la canción «A quién le importa» de Alaska y Dinarama. El sonido llega blando, atenuado, pero ese “A quién” resulta inconfundible. A quién le importa es una frase, un grito que ha conseguido cercenar el túnel del tiempo; un mensaje que educa a los jóvenes, nos recuerda a los mayores lo que no deberíamos olvidar jamás y pone de relieve el hecho de que algunas cosas —por fortuna— nunca cambiarán. Yo, ahora, entre cuatro paredes sombrías, escucho esas notas icónicas solo, pero hace nada las cantaba a pleno pulmón, convencido y alegre porque mi vida transcurría paralela. En el presente la canturreo, la silbo a media voz, porque mi camino transcurre ya en una dirección perpendicular. El sol no acompaña y los de antes (aunque están) ya no están. Además, hoy, por más que me esfuerzo, no logro entender aquella pretérita agresividad cuando fui pinchadiscos. Creo que esa persona no era realmente yo.»

Sí era yo, ¡claro que era yo! O quizá no: quizá no haya diferencias entre el recuerdo de una película y el recuerdo de la juventud, y ambos sean verdad, y ambos sean mentira. Quién sabe.

Posdata. Existe, pese a todo y pese a todos, una cosa indiscutiblemente cierta: escribir en primera persona a altas horas de la madrugada es como la corriente de un río: fluye y fluye…

#75 Narratología

Puedes no estar dotado para la escritura. Puedes no darte cuenta de que tus líneas no son más que la peripecia vital de un ser humano. Puedes, además, no percibir el medio por el cual transita el arte de la palabra. Puedes creer erróneamente que escribir es solo llevar a cabo todo aquello que te enseñaron en el colegio y en el instituto. Sabes que la adquisición del lenguaje resulta imprescindible, que sin ella serías un discapacitado, pero puedes no saber que una obra literaria no plasma en primer plano esa capacidad: la literatura es arte, filtro, sintaxis, arquitectura y reflexión. La literatura requiere unos conocimientos técnicos. Orquestación, compás y desmarque. Tú puedes enamorar a una chica con tus palabras y puedes, a través de esas mismas palabras, devolverle a tu madre todo el cariño y el amor que te dio, o puedes ir al cine y entender la narrativa de la película, también puedes debatir con tus amigos sobre innumerables temas. Sin embargo, pese al dominio del lenguaje, puedes no estar dotado para escribir.

Porque la ficción no se cuenta; se pinta…

#74 Mi amigo editor

Desde hace nueve años, un amigo editor me envía algunos de los textos que le llegan al trabajo, lo hace porque conoce de primera mano mi pasión por las novelas. Siempre se trata de un párrafo aislado porque, cuando simbólicamente firmamos nuestro contrato en las navidades del año 2010, le dije: «No necesito más de 30 ó 40 frases para saber si es un gran escritor.» Normalmente son las primeras líneas, pero, a veces, me envía el párrafo que él considera más significativo. Cuando contesté a su último correo, le pregunté si podía poner en mi blog las líneas que me enviaba y me dijo que sí.

El mundo me da asco. No sé si debo pedir disculpas por ello, si pedir que me perdonen por ver en el entorno una gran basura. Aquí vendrían los dos puntos, seguidos de una lista infinita, una lista que apesta y que incluiría todo aquello que me aburre, que no es sino, repito, el mundo, pero en lugar de darte a ti, lector, una explicación más detallada de ese aburrimiento o, también, del catálogo de cosas que lo provoca, lo que haré será decirte que el mundo es lo que es y que más allá de él no hay nada, y que yo siento pánico, terror y angustia, porque mientras huyo una sensación de muerte inminente me invade. Si no es en este mundo, me pregunto cuando corro desesperado, ¿dónde voy a vivir entonces? Tengo miedo de cortar esa cuerda, tengo miedo de convertirme en un monstruo; porque monstruoso es todo aquello que no pertenece a este mundo. Y yo quiero formar parte del mundo, pero ese tufo a mierda… ese tufo a mierda no lo aguanto más.

Transcribo literalmente la parte del mail en que le doy mi opinión a mi amigo.

En otro orden de cosas, con respecto al texto, te diré que no me gusta mucho… bueno, me gusta solo un poco; quien lo ha escrito posee cierto olfato para la prosodia, parece obvio que, cuando lo escribió, intuyó la métrica irregular de la prosa, bailó entre las cacofonías, también percibo el empuje sinuoso y leve del significado: oigo lo que quiere decir… pero no lo considero el gran literato que este país necesita. Sigue leyendo si quieres; no lo hará mal del todo; llegará no obstante un punto de la novela en que sus herramientas narrativas desfallecerán. Es bueno, es normalito, pero no es el relámpago deslumbrante que buscas.

Al día siguiente me contestó (copio y pego su respuesta).

No me niegues lo evidente: esas líneas tienen fuerza. Alberto y Gemma son de la misma opinión. Nos hemos puesto en contacto con él, vive aquí en Madrid, trabaja en una empresa de publicidad exterior… y escribe en sus ratos libres.

Es bueno y lo sabes.

España necesita un narrador genial, y los editores, lamentablemente, no saben ya dónde buscar.