#179 Por qué seguir a una persona en RR. SS

No me sigas, dale al botón de WordPress y deja de leerme. Lo que yo escribo aquí no es de tu incumbencia. Lárgate. Venga, arreando. Vete por ahí. Ni tú tienes un motivo para leer este blog ni yo te lo voy a dar. Vete a Instagram, al TikTok; entretente en otro sitio, aquí no se te ha perdido nada. Tú y yo no vamos a ser amigos. No vamos a ser una mierda. No siento el menor interés por tu persona y espero que seas coherente dado el modo en que te estoy despreciando. Ni me interesas tú, ni lo que te pase en el futuro, ni a ti ni a tu familia. No voy a leer tu opinión sobre el mundo. No quiero saber a quién le votas; qué te parece la última película de Nolan; ver las fotos de la comida que comes; las portadas o los párrafos subrayados de los libros que lees. No me interesas en absoluto. ¿Por qué coño sigues leyendo? ¿Qué pasa, necesitas que te insulten y que te peguen para irte? Lárgate, subnormal. Imbécil. Me cago en todos tus muertos, hijo de puta. Tu madre es una perra y tu padre es un mamarracho.

Púdrete.

#178 ¿Dónde estoy?

Qué puedo decirte que no te haya dicho… Ya sabes que estoy perdido. Siempre anduve perdido, pero ahora amargamente soy consciente de que no tengo ni la menor idea del lugar que ocupo. A duras penas recuerdo quién soy; cuando recuerdo quién soy, no sin sorpresa, veo a esa persona muy lejos. Es auténtica, no pondré en duda su originalidad, pero ella sólo es una pieza dentro de un inmenso engranaje, una polea entre millones de poleas que sustentan una maquinaria mucho más compleja. Conceptualmente el bucle a que tanto me aferro para entender el entorno es el ejemplo perfecto para entender por qué estoy desubicado, solo y perdido. Porque veo todas las poleas, ¿podrás creerlo? Todas… Y esto me lleva a una pregunta angustiosa y bella: ¿Dónde estoy?

#177 Nota escrita al dictado de voz

Nota escrita al dictado de voz en mi nuevo Samsung S20 Plus.

Hay algo que no consigo entender. En cierto modo no me sorprende, claro, no me extraña por el teorema de incompletitud de Gödel, pero hay algo… hay algo de la vida que se me escapa. Y, a veces, cuando voy paseando por la calle y compruebo que los olores son los mismos olores de siempre: el aroma a campo, a pino, a fregasuelos o a sepia a la plancha en el bar, cuando veo que todo eso se mantiene y sin embargo yo no me siento como me sentía cuando descubrí esos pretéritos aromas por primera vez, descubro que algo falla; algo que no encuentro, algo que se me escapa de entre las manos, como si lo tuviese en la punta de la lengua.

#176 Más si más, más menos, aunque si menos… ¿es más? ¿O es menos?

Imágenes verbales y verbos imaginarios coexistían sin problemas, qué risa, eh, menuda trifulca de pares dejando entrar a los treses. El pasillo de la iglesia era verde oscuro, ¿o era verde musgo? El cura, ah, el cura… el cura ocupaba toda la nave; porque era un hombre gordote, pero tenia un ego desproporcionado que no cabía en el altar…

En la esquina del aula la niña sigue escribiendo, no le importa el musgo húmedo, no le importa nada. ¿Por qué pasan las ventanas de la calle tan deprisa? ¿A qué velocidad vamos?

¿A mil?

Aire…

#175 Posa, esquizofrénico, posa

A veces —muchísimas veces; de hecho, en la mayoría de las ocasiones; en realidad, si soy honesto, siempre— existe a lo largo del día un evento que me provoca la necesidad de escribir. Lejos de redactar desde una perspectiva cerrada e intimista como la que ofrece un Diario, ese suceso me lleva hacia la escritura omnisciente encima de una alfombra mágica. Disgregado, entonces, de la realidad, y con la pose de un esquizofrénico que malinterpreta el entorno, yo escribo mientras uno de mis otros yoes (el más cabal de todos) transita el resto de la jornada cumpliendo con sus deberes y obligaciones. Yo vengo. Escribo. Catalizo. Sin romper la esencia de la palabra en el papel, es más: respetándola, venerándola y estudiándola; transformo en vocablos todo aquello que excita mis sentidos ciñéndome con abyección al imperio del lenguaje.

#174 El ascensorista kafkiano

En Diarios 1910-1913 escribe Franz Kafka acerca de su visita a la sinagoga de Alt-Neu: Murmullos; apagados […] Tres devotos judíos, al parecer orientales. En calcetines. Inclinados sobre el libro de los rezos con el manto de las plegarias sobre la cabeza […] Las palabras no son propiamente ni principalmente cantadas, pero tras las palabras vienen unos arabescos formados con una prolongación, fina como un cabello, de esas mismas palabras.

Más de cien años después, en un realidad alternativa, el más indomable de una pareja de gemelos decide fisgonear en los cajones de su hermano. Encuentra su diario. Duda si leerlo o si devolverlo al cajón. Sabe que no debe… pero por otra parte ellos dos son la misma persona; tienen los mismos ojos; tienen el mismo pelo. Los dos son el mismo ser humano.

El cuaderno lleva por título Piedras y troncos.

Un ascensor (antiguo); la puerta se abrió con una especie de chasquido; la forma de la puerta era muy rara; se trataba de una puerta curvada. Entramos un hombre y yo.

Había tres niveles. Mi intención inicial fue subir al tercer nivel, pero no sé por qué el ascensor sólo subió hasta el segundo.

En ese momento, yo, muy preocupado por si alguien llamaba al ascensor y nos hacía bajar antes de que pulsara el botón del tercer nivel, apreté rápidamente el 3 y creo que finalmente lo conseguimos…

—¿Estás leyendo mis cosas? ¡¿Cuántas veces te he…

#172 Cazad al culpable

La culpa es mía y solo mía. El responsable, el culpable, soy yo, sólo yo. No importan las circunstancias, aunque sé que mucha gente dice aquello de “te han venido mal dadas”; no importa; es mi torpeza la que da pie a la catástrofe. Los haters, los bobos, los villanos, no tienen la culpa, no, no la tienen: la culpa es mía.

Una persona que ha tenido un gran protagonismo en mi vida está ahora a menos de dos metros de distancia, me refiero a la distancia en el espacio, pero, de forma simbólica, de forma psicológica, esa persona está ahora muy lejos de mí. Tampoco ella, pese a sus actos y a su influencia, tiene la culpa. La culpa la tengo yo y sólo yo.

¿Será todo eso que acabas de leer tú, todo eso que acabo de escribir yo, el famoso colapso de la función de onda de la mecánica cuántica, pero aplicado al camino que recorre una persona en su vida?

Mi otro yo, el yo que dirige y coordina todo lo que escribo, no tiene una respuesta clara a la anterior pregunta. Él, evidentemente, sólo quiere una cosa: que yo escriba.

#171 Ficticios. Verdaderos. Duales

Del caos resulta imposible extraer verdaderos conocimientos científicos. Analizar una situación caótica resulta siempre inútil, porque al final nadie sabe nada.

Nada de nada.

Si tú, ciudadano responsable, si tú, persona sabia, cabal y avezada, decides informarte por tu cuenta investigando ceñuda y metódicamente el problema que tenemos con el Covid-19, un par de horas de estudio a lo sumo te harán llegar a una conclusión desasosegante: no puedes concluir nada sobre este maldito asunto. Tal y como te dije en otro post: a mayor sabiduría, mayor número de dudas.

No obstante, a ti, durante esta última semana, te han invadido con muchas opiniones, unas, de mayor nivel apocalíptico, otras, menos alarmistas, pero, en definitiva, las lecturas sobre la pandemia que te llegan a través de los medios de comunicación te han sumergido en una opaca y triste niebla. Tú, ahora, das palos de ciego. Vas a tientas. Te mueves por instinto. Alargas los brazos, palpas y avanzas.

Tú ahora estás desorientado.

Además, por otra parte, si llevas mucho tiempo leyéndome en este blog, sabrás que a mí me gustan las novelas y la narrativa en general. Los buenos libros convierten la cuarentena en un periodo de tiempo placentero. Sin embargo, la novela a que haré referencia no es aquella con que matar el tiempo, sino una que consiga disipar la neblina que existe hoy en tu entorno. Un ejercicio de ficción que te proporcione la fuerza y el saber necesarios en el manejo de la crisis.

En ese preciso instante, que, a pesar de estar escrito en presente de indicativo, pertenece a un pasado remoto (hoy estamos a 26 de julio y el estado de alarma ha concluido, no así el estado de confusión que vive España), un instante que tuvo lugar durante los días de mayor angustia del confinamiento, pensé si debía borrar la última palabra del párrafo anterior, «crisis», y poner en su lugar «pandemia». Las dos i latinas de crisis aportaban un tono dramático. El salto hacia el párrafo siguiente debía generar un intenso deseo en el cerebro del lector, pero aquel día había leído muchas veces el término pandemia y no me resultaba eufónico. Al final no rectifiqué y puse crisis. Cuando tecleaba la s final, mi esposa entró en el despacho, sin previo aviso y llorando a lágrima viva. Traía los ojos desencajados y enrojecidos. Y yo, por supuesto, dejé de escribir.

―No puedo más, Andrés ―me dijo mientras se acuclillaba al lado del sillón―. Necesito salir a la calle. Me gustaría que todo volviese a la normalidad. Desde el domingo vivo sumida en la angustia. Las paredes del piso me parecen muros de hormigón.

―Si la policía te pilla dando un paseo ―dije mientras atesoraba toda la calma de que fui capaz― apuntarán tu nombre y te meterán una multa. En dos semanas ―mentí― seremos libres, Mari Carmen. Debemos tener un poco de paciencia.

Mari Carmen lloró con una amargura jamás vista. Mi mujer, presa de un ataque de ansiedad, apoyó su frente en mi hombro y derramó cientos, quizá miles de lágrimas encima de mi jersey. En el exterior del edificio no se oía nada: ni un vecino; ni un coche; ni el viento ululando. Nada. Vacío absoluto. Solamente el sordo lamento de mi esposa llorando sobre mi hombro. Acaricié su pelo con mucha lentitud. Aguardé pacientemente hasta que dejó de llorar. Creí que la mejor estrategia era permanecer a su lado, sin exigirle nada, sin intentar cambiar la raíz de sus pensamientos, solo hacer acto de presencia, abrazarla…

―Hoy podías cocinar Sopa Castellana y de segundo pollo con salsa de almendras ―le sugerí, sabedor de uno de sus platos favoritos―. Hace mucho que no los cocinas.

―Vale ―me contestó con un hilo de voz.

Y se fue.

Ficción al rescate de la realidad, o realidad al rescate de la ficción, porque tú ahora, a menos que yo acote temporalmente la narración, no sabes cuál es el verdadero lapso, los planos temporales de este post te han enredado con un garlito. Desconoces qué es verdad y qué es mentira. Porque tú, probablemente, eres uno de los millones de seres humanos convencidos hasta el tuétano de que la ficción no es sino una trola, un bulo, una bola; una bella mentira, si se quiere ver así, pero una mentira al fin y a la postre, que, como tal, no puede auspiciar a la realidad. Tú, seguramente, serás partidario de concentrar el poder de decisión en los grandes políticos. Jamás le darías la vara de mando a un novelista, a un cineasta o a un pintor. ¿Verdad?

Sin embargo, yo, cuantos más libros leo, estoy convencido de que la ficción nos aproxima a la verdad en mayor medida que el ensayo. Citar ejemplos y referencias no nos llevaría muy lejos porque si tú fueras uno de esos lectores que ve en El proceso de Kafka un simple relato de ficción, nunca nos pondríamos de acuerdo. Y no quiero que te confundas, no, no quiero. No quiero que creas en la narrativa como en el remedio o solución a cualquier mal; las novelas no son la panacea. Un cirujano no tiene por qué leer novelas para acceder al interior del cuerpo; ha de consultar otros libros; pero un cirujano que paralelamente a su formación técnica lee sobre el origen de su disciplina cuando era practicada por los barberos, aun en textos literarios, será siempre mejor cirujano.

A vuela pluma, de manera inconsciente, había escrito «incluso en las novelas», pero pulsé la tecla de volver atrás y borré esas cuatro palabras.

Pensé, al final, que «aun en textos literarios» sonaba mucho mejor.

Y justo en el punto y aparte oí cómo se rompía un vidrio. (¿Un vaso de cristal?)

Bajé corriendo las escaleras…

Los lugares en que me hallo, en la cocina de mi casa ayudando a mi mujer, en un punto indeterminado de tu cabeza y en el interior de una gran mentira donde mi esposa y yo nos saltamos el confinamiento sin que la policía logre pillarnos, son situaciones reales dentro de elementos ficticios que la realidad acoge y abraza y —al mismo tiempo— constituyen el núcleo profundo de la ficción.

Un caos que no puedes desenmarañar.

#170 No quiero, pero

Entre las cosas buenas que tiene alejarse de la adolescencia e introducirse paulatinamente en la adultez destaca el conocimiento que uno adquiere de sí mismo y de la relación con los demás.

Yo no quiero, pero sé que vivo en las páginas de una novela. Sé que cada día albergo mayor animadversión por mis semejantes. Ahora citaré los escenarios de las obras donde realmente vivo, donde de verdad quiero vivir: en la campiña junto a Belbo y su trompeta en plena noche, o en la actual Oslo con el desconocido que se come a sí mismo mordiéndose un dedo.

Y en otros tantos lugares…

(Estas breves líneas son fruto del odio que he sentido hoy; fruto de los insultos que abiertamente le he dedicado a alguien en twitter esta tarde).