#117 Cromatismo cuádruple

Está frente al ordenador; escuchando música clásica en youtube; acaba de descubrir una obra cuyo título yo no te diré para que no te aburras en exceso, pero sobre todo porque no es la idea central de estas líneas; ha decidido no salir a correr esta noche porque hace mucho frío.

Una obra extraña de arquitectura contradictoria en la que hay cierto equilibrio. Él entiende lo que quiso comunicar el compositor; pero lo capta de un modo difuso.

Y ahora sí, ahora sí: el eje argumental de estas líneas es que esas notas, disonantes, de cuádruple cromatismo, junto con el bosque verde azulado de los violines, le recuerdan a un texto por él escrito hace algunos años, en otro blog, con otra personalidad. Fue un texto muy raro, de difusión fragmentada en apariencia, del que se siente particularmente orgulloso.

Se levanta, viene corriendo hacia mí y me dice:

—Escúchame, yo estuve ahí, estuve ahí… y lo escribí. Un dios griego desafiaba la naturaleza y se convertía en humano y yo lo hacía jadear y hablar desacompasadamente. Me inspiré, también, en una música contradictoria y voluble.

#116 De 30 céntimos

Un día le contaré el sueño más extraño de todos los que han agitado mi cerebro desde que recuerdo esta fecunda faceta onírica. De él ya hace muchos años, pero la experiencia permanece intacta porque lo escribí en una libretita de treinta céntimos de euro, con un boli cuya tinta se emborronaba a través de azules coágulos; lo escribí aquella mañana nada más despertarme porque merecía la pena. Ya verá, ya verá…

Se preguntará cómo puede alguien soñar de ese modo, bajo esas raras premisas. Qué hermosura de ensoñación; la máquina del tiempo…

#115 Morir al 50%

Vd. suele hablar consigo mismo, ¿verdad?

Cuando va a comprar el pan, y empieza a darle vueltas a sus problemas y en un momento dado, de manera inconsciente, termina hablando en voz alta, y se convierte paradójicamente en emisor y receptor del mensaje.

«¿Por qué no lo haces ya?»

Vaya Vd. a saber en esa exhortación quién es quién. Una incertidumbre que se desliza con una nueva réplica, seguida de una contrarréplica y luego otra y otra más: divertimento cíclico, debate estéril, que Vd. dirime consigo mismo sin llegar a resolver nunca el problema, porque…. claro… si uno de los dos yoes, en una situación hipotética, consiguiera imponerse al otro, este último moriría. Y Vd. no quiere morir.

Morir al 50% (pero morir al fin y al cabo).

#113 Una historia, cien versiones: 'Ejercicios de estilo'. Entre libros

Una historia, cien versiones: ‘Ejercicios de estilo’ en el blog Entre libros

«… sino también para entender que todo relato está compuesto siempre por dos partes: la historia que se cuenta y las formas que se emplean para hacerlo. Es, por tanto, inevitable reflexionar sobre la relevancia del estilo en la construcción de un relato, puesto que la decisión que tomamos a la hora de elegir cómo contar una historia va a ser crucial tanto para uno como para los oyentes».

#112 Hacia ir de donde no sí a la par (tres). El lenguaje

Antes de que lea lo que voy a escribir, debo advertirle que el título de esta entrada número 112 persigue adrede el engolamiento del lenguaje; busca la cacofonía palabreresca; un suelo enfangado con restos de basura donde viven cuatro cucarachas, dos cisnes y un búho.

Hacia ir de donde no sí a la par (tres).

Ahora, puede Vd. leerme con absoluta tranquilidad: ¿por qué hago esto? Porque el emisor de un mensaje escrito está obligado en primera instancia a decidir si las palabras alumbran una imagen clara como la proporcionada por la luz de un potente foco o si por el contrario el lenguaje es como la vidriera de una catedral que no sólo aporta luz sino que actúa como un filtro de la misma.

Ésa, y no otra, es la primera pregunta que debe formularse un escritor a sí mismo cuando se halle frente a frente con una hoja en blanco.

¿Pongo un flexo… o pongo un vitral?

#111 El irlandés, de Martin Scorsese, y el relativismo estético

Siento verdadera fascinación, una fascinación perpetua, agónica, por el hecho de que, ante una misma obra de arte, alguien piense en ella como en una genialidad, y otra persona distinta, sin embargo, lo haga en términos de bazofia.

¿No os maravilla esa polaridad? A mí sí.

En la época en que Shakespeare vivió no había twitter, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también tiene sus ventajas. Entre estas últimas se cuenta la archiconocida reflexión del inglés acerca de la belleza de una obra, extensible a la belleza del arte en su conjunto, o simplemente a la belleza de un modo abstracto: lo bello está en la retina del observador. Beauty is bought by judgement of the eye.

El anterior pensamiento viene a raíz de la crítica recibida por la película “El irlandés” del director estadounidense Martin Scorsese. Una película sublime y decepcionante. Maravillosa y aburrida. Una obra maestra y una auténtica basura.

No os resultará difícil adivinar dónde he leído esos adjetivos.

Lejos de posicionarme en uno u otro bando, la perpendicularidad de esas dos lecturas y su irredento antagonismo me cautivan hasta más allá de lo imaginable. Y me confirman un hecho no menos fascinante: el sitio habitado por el arte no es ni de lejos el soporte donde se materializa, pese a que sin él no puede emerger. Contra toda lógica y pragmatismo, el encanto de la música no radica en el análisis más minucioso del contenido y la forma de la pieza musical; no son los hercios a través del aire que nos circunda y que llegan al órgano de Corti del oído humano, fruto de la vibración de las cuerdas del violín, los que otorgan belleza a una nota. Ni la paleta de colores utilizada por un cineasta en las diversas escenas de un largometraje. Ni la suntuosidad de las palabras, ni los recovecos del argumento, ni el reflejo del espejo en la literatura.

El soporte material de una obra simboliza el juego tierno e inofensivo de un niño con su juguete favorito.

El artista debe adentrarse en el enjambre neuronal del receptor de su obra, debe bregar con los axones y las dendritas, las sinapsis, los neurotransmisores, la dopamina, ¡la serotonina!, un poco de glucosa por aquí, un poco de glutamato por allá… Está obligado a atacar el sistema límbico, es innegociable acariciar los recuerdos lejanos. Y no importa si es al pintar; al pintar aquella casa de campo de tu infancia, aquella casa donde tus padres te enviaban con tu tía a pasar los fines de semana, aquel magnífico y pretérito chalé, frente al risco blanco de la montaña; es exactamente lo mismo que hacerlo a través de la melodía, la armonía y la métrica. ¡Qué más da si con pinceles o si con palabras! Es indiferente el artefacto que utilices para llegar al fondo del alma de quien se planta frente a tu obra.

¡El soporte es un trampolín!