#142 Abocetar una novela

Abocetar una pintura es fácil; abocetar una novela es farragoso porque la propia estructura impide la superficialidad del boceto; y no obstante esa contradicción, como con cualquier obra de arte, el escrito debe ser en primera instancia abocetado; no hacerlo significa paradójicamente dar al público un boceto, pero lleno de mugre y fango.

#141 Mil talleres de escritura

Nos muestra la empiria que los lectores que necesitan escribir, acaban siempre por desarrollar un oído finísimo para la composición de obras literarias; más fino, me atrevería yo a decir, que el de los escritores que venden hoy muchos libros. Así parece estar articulado este singular mundillo: no siempre es reconocido a primera vista el auténtico arte; Cervantes murió pobre, pero a principios del año 2020 nadie dudaría de su capacidad artística. Miles, no obstante, son los escribidores a lo largo y ancho del país a los que se les ha inoculado la falacia del paralelismo entre escribir libros y vender libros. Una novela no puede venderse si antes no es escrita, pero su venta, por desgracia, no depende de su calidad.

Con esa misma necesidad, durante tres largas y agónicas semanas, yo asistí, en el año 2016, a un taller de escritura avanzado. Me dio la vena. Me pegó la neura. La intención al matricularme en aquel curso no era tanto aprender a escribir de manera literaria sino más bien descubrir, experimentar y acaso dejarme llevar por nuevas perspectivas. Pronto me di cuenta de que allí no iba a aprehender nada, es más: recuerdo que mis sugerencias eran acogidas con mayor júbilo que las de la profesora que dirigía el taller.

Pero, qué duda cabe, en la parte más inhóspita del más árido desierto podemos ver crecer la más hermosa flor que hayamos visto jamás en nuestras vidas.

Hoy, revisando y limpiando los archivos olvidados del portátil, me he dado de bruces con una carpeta de nombre “Mil talleres” y cuyo contenido había sido olvidado por mí hace muchísimo tiempo.

La literatura ―tú lo sabes mejor que yo― se nutre de las grandes cicatrices, trampas selectas, rendijas ocultas, mentiras desproporcionadas (medias verdades), intercambio de planos y un sinfín de ardides. Yo hice trampas en aquel taller: grabé en audios del móvil a sus asistentes.

Rescato y traigo al blog la grabación más significativa de todas. Recuerdo que era una chica muy joven. Rubia. Delgada. (Esquelética). Con aspecto taciturno. Recuerdo que vino muchos días vestida con ropa de tonos verdogrisáceos. Se mostraba parca en palabras, pero no resultaba a primera vista una persona tímida, sino más bien segura de sí misma, con los ojos siempre abiertos de par en par. No entablé amistad ni con ella ni con nadie; cierto es que de allí yo salí, dicho de un modo vulgar, por patas sin mirar atrás. De ella conservo una imagen difusa en la memoria.

(Los signos de puntuación son míos: ignoro si fue escrito de este modo).

Yo quiero vivir tranquila, aunque sea a costa de una gran soledad. Lo he pensado mucho; he llegado a la conclusión de que existe una senda… una senda: el arte. En ella, yo me refugio a lo mejor porque no tengo otro sitio a donde ir, o a lo mejor porque este lugar merece la pena de verdad. En los dos casos, al escribir, no sé si hablo contigo o conmigo misma. A lo mejor tú y yo somos en realidad dos representaciones cínicas de una misma raíz.

He llegado a un punto en mi vida en que ya no estoy dispuesta a perder más en mi relación con las personas que me rodean. Yo ya no voy a salir perdiendo nunca. ¡Nunca más! No busco la victoria, que quede muy claro.

Jamás he querido ganar, pero ya no voy a perder; si esto implica una agria soledad, bienvenida sea.

Las palabras anteriores son el reflejo de las circunstancias que sufro a finales del año 2014. Si amurallarme significa no notar la caricia y no percibir el cariño de los potenciales amantes, me da absolutamente igual. A cierta altura de la vida, una gata abandonada no pide cariño; no araña, pero no juguetea contigo.

A mi juicio, en esa chica había madera de escritora. Su texto y su estilo atestiguan un mensaje insistente, que nos sacude a los lectores como si fuésemos un saco de patatas; no nos deja casi respirar, no nos es permitido rebatir su postura (en cierto modo muy razonable); no exagero si digo que al leerla tenemos la sensación de que nos pone un esparadrapo en la boca. He decidido traer ese audio para escenificar que incluso en el peor de los lodazales, como fue aquella triste experiencia, donde me robaron, por la cara, un buen puñado de euros, puede uno encontrar literatura de alta calidad.

Vosotros, en una primera lectura que siempre deviene en una aproximación superficial, no os habéis dado cuenta, pero aquella mujer nos escondió, tras sus letras, mucho más de lo que muestran en primera instancia. Curioseando en los entresijos de los párrafos, hago uso de la herramienta Contar palabras de Word, porque un pálpito me susurraba al oído la simetría del texto. (En ocasiones soy muy freaky). La función de Word ilustra mi asombro.

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Si al poner los puntos y las comas y al separar en párrafos la voz de aquella delgaducha mujer yo no estoy equivocado, estamos, sin ningún género de dudas, ante una escritora en potencia. Yo abandoné aquel taller de mala muerte, pero los que se quedaron, incluyendo su directora, no fueron conscientes de la bomba de relojería que había entre los alumnos. Tú, lector, ya ves en la imagen adjunta los números pares, pero, yo, además, he reparado en la relación numérica establecida entre los 4 párrafos: 88 palabras en el primero de ellos; la mitad (44) en el segundo párrafo; 18 palabras el tercer párrafo (mismo número de palabras que mismo número de líneas tiene el escrito en su conjunto); y el triple de 18 (54) en el cuarto.

¡Todas sus frases contienen un número par de palabras! Semejante métrica alumbra una intención larvada y muy elegante. ¿Quién coño era aquella mujer? ¿Quién aborda al escribir una arquitectura de esa índole? No escribió eso para ella. ¡Quiso llevar al lector a otra dimensión!

Escritora harapienta, parapetada al fondo de un taller de escritura, se dirige sin que «absolutamente» nadie conozca su trampa (como un agente encubierto del Mosad) a un lector imaginario cuya única característica ha de ser la inteligencia para descubrir el fondo plano del texto.

#140 Embrionaria

Leo el siguiente artículo y me resulta imposible abstraerme del paralelismo entre la vida del escritor y mi propia vida. Todo aquello que de mi pluma un día salió, no ha sido nunca enviado a una editorial, senso stricto no soy escritor, aunque la frontera y los carteles que delimitan esa tierra, ese campo, ese oficio, son difusos, contradictorios e inútiles. En cualquier caso, la lectura en Babelia me ha hecho reflexionar.

Escribir un diario con la voluntad expresa de recoger con palabras lo que piensas, sientes, vives, ves, recuerdas, necesitas o quieres, debe ser una experiencia fascinante porque de algún modo el director de la película de tu vida decide mover la cámara de forma tan brusca que desenfoca tu imagen multiplicándola por dos; como esas instantáneas a través de la ventanilla del tren donde un poste de la luz se divide en dos postes de la luz que son en definitiva el mismo poste: uno más rotundo y otro más etéreo. Este último, qué duda cabe, sería el que emerge de las líneas del diario.

Yo tomé muchas notas en la que probablemente fue la época más fructífera de todas en lo que a mi escritura se refiere. Esos cuadernos, adormecidos, ahora, al fondo de un armario que no es mi armario, nunca tuvieron la pretensión de convertirse en un diario. Pero puse fechas en algunas de sus páginas, así que en cierto modo podrían ser considerados como mi diario.

Una vez, al cobijo de los grandes escritores, de la gente que ha dedicado su vida al arte de la palabra escrita, de los individuos más expeditivos en el mundo de la literatura, decidí yo escribir, con toda la fuerza y significatividad de que soy capaz de volcar sobre un papel, el contenido de un cajón, porque, en un manual de narrativa, leí a un estudioso que sostenía la idea de que el escritor irlandés James Joyce, en uno de los pasajes de su Ulises, describía el contenido de un cajón en la cocina de Leopold Bloom con la intención de mostrar al lector la insondabilidad del recéptaculo.

Insondabilidad fue la palabra que actuó en mi cerebro como un gatillo, además de hacerme releer ese pasaje (insondable) del libro; esa cajonera sin fondo; ese contenido finito que alumbra el infinito.

He pensado muchas veces en traer esa página al blog, pero siempre desestimo tal posibilidad pues la verdadera fuerza del texto radica en algunos detalles que pertenecen a la esfera privada. Y me niego a retocarlo para que los lectores en internet no conozcan la vida íntima de quien escribe. No sabrá jamás el mundo si mi cajón tiene o no tiene fondo.

También hice esquemas. Dibujos. Personajes que conversaban. Pensamientos sobre la novela que intenté escribir: saltos fuera de la caja para hacerme ver desde una panorámica más amplia aquello que escribía. Bucles. Disgresiones. Potenciales elipsis. Atropelladas anotaciones sobre mis lecturas.

Los cuadernos tienen la etiqueta de ‘Embrionaria’.

Señala Antonio Muñoz Molina en el link que abre esta entrada, mostrando así cortesía y respeto sobre el escritor Emil Cioran, la presencia continua sobre su escritorio de Los Cahiers del rumano, y yo giro la cabeza hacia mi derecha y enfoco mi vista sobre los libros que tengo en mi mesa: El Quijote de la edición de Andrés Trapiello con la cinta separadora en la hoja en que Sancho le pide a su amo que no se muera; El Ulises con las dobleces de sus páginas indicándome cómo llegar a todos los lugares. Y Borges.

(Ahora dejo de teclear en WordPress y me acerco hacia ellos: el argentino, en una silla del siglo XVIII; el hibérnico, frente a una ventana de deslumbrante luz; el alcalaíno, alzando al cielo una espada. Este último me sonríe. El sudamericano me mira y ve más allá de mí. El irlandés abre la ventana y el aire del exterior hace ondular las cortinas; dice: «A magical trisyllabic number of yours lies indoors. We three are its unattainable corpse»).

#139 ¿Estás harto de tantos ‘cuñaos’?

¿Te cansan los ‘cuñaos’ de Twitter?

A través de los años y los trending topic, aunque tú, al principio, te lo pasabas bien allí, te ha invadido la certidumbre de que twitter está hoy manejado por imbéciles, ¿verdad? No te preocupes, hombre, es normal, nos pasa a todos. Por fortuna, el problema que te acucia tiene solución: cierra la cuenta y no mires atrás. Olvida todo lo que has leído y busca otra válvula de escape. Hay miles de válvulas para escapar de la realidad: coge una disciplina artística y lee sobre ella o mira en youtube los videos que traten sobre la misma. Practícala sin pudor y ponle toda la pasión que seas capaz de poner: escribe, compra acuarelas y pinta; adquiere una flauta y ensaya hasta que seas capaz de tocar diez compases de una melodía que te guste mucho.

Deja a los tuiteros regodearse en el fango.

#138 Zodiac, de David Fincher

Zodiac, de David Fincher

Hoy traigo a mi blog un comentario sobre cine. Unas líneas que no deben tomarse a la ligera y que tampoco deben ser leídas de una manera grave, porque son las opiniones de alguien que, en contadas ocasiones, ve unas cuantas películas. Como diría nuestro exvecino comunitario británico: as simple as that. A continuación, voy a exponer las razones que me llevan a pensar que Zodiac, de David Fincher, es una obra maestra del cine.

En primer lugar, de forma sucinta, la más elemental y básica referencia me obliga a señalar una información que los lectores de mi blog encontrarán en otras páginas web desarrollada con mayor elegancia: el argumento de Zodiac bascula sobre la investigación que durante dos décadas se realizó del caso del asesino del Zodiaco y que conmocionó a la ciudad de San Francisco a finales de los años 60. Llevada a cabo en una suerte de tripartito por un policía, un periodista y un dibujante, la película refleja los sucesos que tuvieron lugar en aquellas fechas. Estos hechos inspiraron también el filme Harry el Sucio, de Don Siegel, cuyo villano representa paralelamente al asesino del Zodiaco, pero con el nombre de Scorpio. Zodiac rinde tributo de forma elegante a Harry el Sucio y, dicho sea de paso, rinde tributo al mundo del cine con las imágenes de esa película, pues, en la sala, vemos las butacas abarrotadas y a las personas que solían vestir de un modo más homogéneo que hoy en día, que guardaban más silencio durante las sesiones, en definitiva, a la gente de aquella época. Cine dentro del cine: la falsa ilusión de que en Harry el Sucio la realidad se deforma cuando Zodiac, en la gran pantalla de nuestros cines o en la pequeña de nuestros ordenadores a través de Netflix, sufre también el mismo proceso de desfiguración. Salvando la distancia y los matices, Cervantes hace mucho intuyó este contraste al escribir El curioso impertinente dentro del Quijote, haciéndonos creer que el segundo es más verídico que el primero. Arte, en cualquier caso, con todo lo que ello significa, con su resbaladizo concepto.

El peligro de caer en el pozo de la redundancia está siempre presente cuando uno reflexiona en una crítica sobre arte. Yo, por ejemplo, quizá no al escribir, pero sí al conversar con mis amigos sobre los libros, las pelis y la música que me gusta, caigo en ese pozo, me atribulo, con frecuencia, porque lo bueno es bueno porque es bueno: el paradigma de tan peregrina reflexión es el primer movimiento de la sinfonía nº40 de Wolfang Amadeus Mozart. Esas notas, les digo a mis colegas domingo tras domingo, son magníficas porque son magníficas. No obstante, tú no estás tomando pescado rebozado y unas cañas conmigo. Tú ahora estás frente a tu ordenador o frente a tu móvil, sentado tranquilamente en tu casa. No intentaré convencerte de que Zodiac es magnífica porque es magnífica. Escribiré aquí cuáles son las características y elementos que la convierten (en mi humilde opinión) en una obra maestra.

Esta película es inteligente sin ningún género de dudas. Requiere de ti una respiración pausada; quiere que pienses; quiere que percibas algo que no resulta evidente. Si tú eres uno de esos espectadores que va al cine buscando un entretenimiento cuyo goce no exige a las neuronas un mayor esfuerzo, Zodiac no te gustará; te aburrirá; echarás en falta ese punch tan manido del arte cinematográfico; ese gancho con que los cineastas, a través de la banda sonora, de diálogos hipermutados y de colores e imágenes alarmantemente ficticios, nos descuartizan la mente en las salas de cine fin de semana tras fin de semana. Fincher no te da con esta cinta un puñetazo de esa índole, va un poco más allá. Con la conjunción de las diferentes disciplinas artísticas que se dan cita en el mundo del celuloide, este director neutraliza la belleza primaria y burda de las películas en su sexto largometraje. Soterra el significado durante 160 minutos. No renuncia a la capacidad narrativa de que dispone su medio de expresión, sino que evoluciona hacia otro nivel. ¡Esto es lo que más me fascina de Zodiac! La evolución del propio medio, porque el filme refleja la autoría, la firma, la valentía de su autor. Muy difícil… para quienes disfrutan de las profundidades del séptimo arte, como será, probablemente, el caso del de Denver, muy difícil resulta evolucionar. David Fincher pudo repetirse en Zodiac a través de Se7en, y hubiese sido un auténtico peliculón, habría congregado, como hizo doce años antes, al público a su alrededor, pero no quiso. Quiso bajar a la realidad, siendo tan hábil y escurridizo en su forma de expresarse, de un modo sibilino, sin abandonar el potencial onírico del cine. Zodiac no es una película escandalosa, partiendo de la base de que hay cientos de películas escandalosas que son buenísimas. Zodiac es brutal porque te eleva sin hacer uso de los grandes recursos que todo cineasta sabe que te van a elevar. El director no se luce, no, no lo hace. Un artista ha de ser muy grande para no intentar lucirse frente a los demás. A pesar de que podría hacerlo, como hizo magistralmente en Se7en, no nos aturde con Zodiac. Su narrativa, en lo que yo antes he definido como neutralidad, tildada podría ser como clásica. Con un equilibrio elegante entre el contenido y la forma.

Se trata de cine en un estado de gracia.

Una de las preguntas más interesantes de quien se expone al influjo del arte es quién. Así, sin más: quién. ¿Quién narra en Zodiac? Fincher, por supuesto, es la respuesta más obvia y directa a tan escuálida pregunta. Pero esta cuestión nos lleva siempre un poco más allá; desde dónde. Zodiac se explica a sí misma; algo que resulta espectacular hasta la náusea. La investigación se intrinca; son miles, quizás millones, los espectadores a lo largo y ancho del planeta que desdeñan ese aspecto de la película, acostumbrados a las travesías tranquilas que suponen la mayor parte de los largometrajes. Sí, es cierto: Zodiac es intrincada. No nos vamos a engañar. Pero yo creo que la película nos quiere hacer tropezar del mismo modo que debieron tropezar quienes se enfrascaron en la investigación del caso; quiero decir que la continua y exasperante mención de las fechas de los acontecimientos tiene como propósito final someter al espectador al maremágnum de datos que en torno a los asesinatos se recopilaron en los archivos policiales de los mismos. En mi opinión, esto es un acierto en lugar de un error. El artista siempre quiere envolver al espectador, quiere engañarlo hasta límites insospechados: en El mapa y el territorio, Houllebecq en lugar de describir lo que siente su protagonista, nos hace sentirnos de ese modo a través de las cosas que percibe el segundo. Las investigaciones sobre el asesino debieron encallar, como encallamos nosotros en cierto modo al ver las imágenes secuencialmente.

Excede la intención de esta entrada, además de las capacidades de su autor, repartir o asignar la responsabilidad de los diferentes actores implicados en la consecución de una película, no obstante, no es necesaria la reencarnación de Stanley Kubrick en el interior de nuestro cuerpo y mente para ser consciente de que una cinta es como un ente orgánico que vive gracias a la convergencia de diferentes estratos o maquinarias, tal y como ocurre en las células del ser humano. Zodiac es muy buena y el mayor artífice de su excelencia es el director, pero la intervención del responsable de la fotografía es fundamental. Pese a ser un neófito en la escritura sobre cine (no así en la vida real), me atrevería a decir que la plasticidad visual de la cinta fue en gran medida el resultado de la extrema sensibilidad tras la lente de la cámara de Harris Savides.

Clásica. Equilibrada. Neutra. Sí, pero de factura muy bella. Contra la losa del clasicismo, del equilibrio y de la neutralidad, esta cinta, asombrosa y mágicamente, en el aspecto visual, alumbra un encanto fotográfico excepcional, impropio, si uno se para a pensarlo con detenimiento, del desarrollo de una historia al amparo de unas investigaciones policiales. Un quinceañero con twitter diría: “Savides es el puto amo”. El guión, el papel que juega el libro de Graysmith en que está basada la cinta, los actores Gyllenhaal, Rulfo y Downey Jr. en unas interpretaciones cuya derivada es notoria, desarrollados desde posiciones inferiores hasta abarcar el protagonismo de la historia, porque, que nadie se lleve a engaño, Zodiac entre otras muchas cosas es la confrontación de la gente ante la emergencia en la sociedad de un asesino en serie, además de la música compuesta ex profeso para la cinta y de las canciones de la época, son todos ellos vértices que sostienen y apuntalan la obra, pero a mí su modo de narrar visual me gusta mucho… me convence.

¿Por qué?

Pues porque en una película, al fin y a la postre, cuando pasa el tiempo, cuando te vas olvidando de su esquema conceptual, lo que perdura es algo muy básico, muy primitivo, muy tenue, muy profundo. Cuando entran en la caravana del principal sospechoso, Arthur Leigh Allen, de todas las posibles ubicaciones donde una cámara puede ser situada, los creadores de la cinta deciden ponerla tras una jaula donde hay una ardilla agarrándose a los barrotes. Esa narración me parece soberbia. El plano contraplano de la última escena, para un proscrito en la materia como es mi caso, impacta, redime; con las taquillas, grises y ordenadas, detrás del policía, y con una puerta huidiza en la salida de la habitación, detrás de Mike Mageau (Jimmi Simpson), y porque el primer acorde de la guitarra tras la última frase del actor, reconociendo, a pesar de haber transcurrido 22 años desde que le dispararon, la cara de su agresor, embrida dolorosamente el misterio, aunque de modo parcial, ya que las notas finales del filme nos enseñan que la realidad se rebeló en sí misma y reveló un proceso inconcluso.

Zodiac en mi opinión es bellísima, aunque lo bello es relativo. Es el camino que debería explorar el cine, el uso complejo y armónico de la narrativa en imágenes secuenciales. Articular una obra de este calibre, si les preguntáramos a sus responsables más directos, puede tener algo de juego, un aire ingenuo, no se explica de otro modo el tono lúgubre, difuso y misterioso con que consiguen dotar a las calles de San Francisco a la caída de la noche, en el cruce donde el asesino descerraja de un tiro al taxista. Al fondo de esas imágenes, al fondo intelectual y lejos de la mente  de quien paga una entrada para divertirse en una sesión de cine, palpita un eco que advierte al espectador del pliegue entre la realidad de lo que ocurrió en aquellos tristes años y la ficción que supone el picado sobre el taxi o las imágenes de las farolas nocturnas delante de un firmamento cuyo protagonismo resulta excesivo a todas luces. Uno tiene la sensación al ver esa escena de que el creador del filme le advierte de que esos sucesos se han enfocado a través de una cámara, le advierte de la incompletitud de la historia: una sutil y honesta confesión sobre una mentira con aires de verdad. O viceversa.

Zodiac no es redonda. Esta ausencia de redondez por la falta de brío ficticio (al menos en apariencia) provoca que muchos no vean en ella lo que a mi juicio es indiscutible: una cinta que quizá dentro de mil años, cuando estudiosos y artistas se den cita en torno a ella, deslumbrará a todos, por decir lo que no dice, por perpetrar un truco de magia delante del espectador, por renunciar (sin renunciar) al enorme poder de orquestación del cine.

He sido infiel en este texto. Cuando algo me apasiona, el análisis no me sirve. Me pediré perdón a mí mismo y, supongo, me absolveré con el paso de los días tras escribir estas líneas.

3 de febrero de 2020.

#137 La técnica narrativa

Ve a una librería, mejor un día entre semana, cuando no haya nadie, cuando todos los libros estén ordenados y cuando el silencio de sus paredes te permita leer en paz. Ve y coge una de las últimas novedades, la que sea, la que más rabia te dé, aquella cuya portada te llame más la atención. Yo lo hecho muchas veces y lo sigo haciendo pese al sentimiento de desolación que me invade al leer a los nuevos escritores. Con las primeras páginas es suficiente muchas veces, porque preguntas como quién escribe, quién narra, a través de los ojos de qué personaje, qué tono o qué perspectiva, se resuelven con aciaga rapidez: el autor o la autora. A este hecho el adjetivo que mejor le va es monocromático. La falta de gracia y la torpeza de los nuevos (o al menos la de aquellos que consiguen pasar el filtro editorial y llegar a los estantes de las librerías) es desoladora, porque, tú ya lo sabes, el discurso literario en España está anclado a la figura del escritor o escritora, a su forma de ser, a su forma de ver la vida; llevan su posicionamiento ideológico y político a la página en blanco. Quizá no lo hagan adrede, pero no son capaces de evadirse de sí mismos y de pintar con palabras. A mi juicio, la alta literatura necesita del concurso de una gran técnica narrativa, porque la literatura tiene frente a sí una serie de obstáculos como disciplina artística que no pueden sortearse a menos que domines la técnica. Ahora seré sincero, contradictorio y complejo: el dominio de la técnica, por sí mismo, no te hará escribir bien. Y crudo, desagradable y prepotente: sin la técnica harás el ridículo.

El principal hándicap a que se enfrenta la palabra escrita es la yuxtaposición imposible. No puedes superponer las imágenes, no, no puedes. Hay, empero, trucos, falsos espejos, recursos útiles para proporcionar al lector la ilusión de que dos escenas se superponen la una a la otra. La pintura, por el contrario, sí está dotada intrínsecamente para plasmar en un mismo nivel dos realidades dispares. Ejemplos de simultaneidad pictórica los hay por miles, pero a mí me gusta especialmente el que refleja los instantes previos al fusilamiento del hombre de camisa blanca y —al fondo— el paisaje nocturno de Madrid, que pintó Francisco de Goya en 1814 en su famoso cuadro “El 3 de mayo”.

Atrapada en una incapacidad de dispersión flemática, morosa, lenta, deudora, muy parecida al castigo de la gota china, una narración es incapaz de someter al lector con la inmediatez de la pintura y, lo que resulta peor todavía, dirige nuestros ojos sobre un punto en concreto. Borges, por ejemplo, en su cuento El Aleph, consciente de la idiosincrasia literaria, lo explica del siguiente modo: Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor, […] Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. […] Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré. Luego vendrá una descripción de su descubrimiento, el Aleph, en la que no me resisto a subrayar la ruptura de la cuarta pared al dirigirse directa y fugazmente a quien lo lee. Es magnífico, por cierto, ese cuento. Leedlo o volvedlo a leer.

Sin embargo, frente a esta ausencia de explosividad, la novela no se arredra. La novela en manos de un buen novelista es un artefacto que merece la pena estudiar porque curiosamente es posible que pueda contener todo lo que nos rodea; es posible que acoja incluso en su seno al universo infinito pese a su finitud, el cuento del más inmortal de todos los argentinos es, de hecho, el mejor representante de esa tesis. Como con un dibujo de Escher, sin un centro gravitacional evidente, una narración puede hacer que veas diferentes estadíos de la naturaleza y que llegues a sospechar que tú eres sencillamente uno de ellos; a entender que detrás de ti hay otro tú, y luego otro, y luego otro más.

De lo poco que yo he leído, he sacado una conclusión que huele a inmutable. Concluyo que esa serie de recursos narrativos, que tú encontrarás en los manuales y que yo no voy a citar de modo didáctico excepción hecha del libro ‘Escribir’ de Enrique Páez, tienen como denominador común apelar a la inteligencia del lector en primera instancia porque todos ellos necesitan de alguien sensible al otro lado de las líneas. La narrativa, de esas escenas paralelizadas, se torna inteligente; no es minuciosa; escritor y lector se convierten en dos expertos en la materia; aquello que no se lee tiene mayor peso específico que aquello que se lee.

Veamos un ejemplo, brillante, de esta superposición.

Madame Bovary, con el que será su amante durante unos meses, pasea un día de fiesta soleado en que la población acoge una especie de festival agrario donde los agricultores se dan cita y donde se entregan una serie de medallas y reconocimientos a los habitantes por parte de las autoridades. La infiel pareja terminará por ocultarse, si no recuerdo mal, en el ayuntamiento, y Flaubert con un gusto exquisito, finísimo, espectacular, cruza las dos secuencias: el diálogo de Emma y el mancebo junto al discurso del enviado del gobierno. Ambos en estilo directo y sin dar más detalles, sin acotar nada.

Tiene un aire de guión cinematográfico. Es un ejemplo formidable de que para escribir no debes vomitar aquello que imaginas, sino abordar tu propia narración como el crítico, como el lector, como el editor, como el bohemio que, un día, entre semana, cuando no hay nadie en la librería y cuando las paredes de la misma le permiten leer en paz, coge un libro y lo abre.

#136 Lenguaje

Me apetece escribir. Y quizá tú no estás dispuesto a escucharme, porque tus ocupaciones y tus problemas, que son muy serios y que requieren de toda tu atención, te impiden leerme. Además, yo te avanzo, a través de un relámpago de sinceridad, que no tengo nada que contar: simplemente quiero escribir. ¿Escribir sin un tema? No parece muy lógico, ¿verdad? El mar empieza en la orilla. A los museos se accede por la puerta principal. Siempre hay un primer día de colegio, de instituto, de universidad, de trabajo; siempre hay una primera cita donde conocer a la otra persona; el abecedario comienza por la letra a y finaliza con la letra z. No consigo imaginar una situación donde alguien empieza a leer El Quijote por la mitad; no entendería nada. ¿Por qué no está en su casa? Y Dulcinea, ¿existe o no existe?

¿Recuerdas haber leído alguna novela cuyo comienzo tenga lugar in media res? Yo sí: Leviatán, de Auster… Mi intención sería la misma, pero, por supuesto, sin ayudar al lector a posicionarse dentro de la historia. Escribir por escribir. A capricho, juguetear con todos los elementos de la vida. Solo habría una regla que seguir: el lenguaje. El medio sería la palabra. No tendría un inicio evidente y tampoco tendría un final. La ausencia de sentido no vendría de la mano del autor; no habría sentido porque simplemente no habría nada. Una vez entendida esta perspectiva sin perspectiva, nos daría igual situarnos un minuto después del Big Bang o un minuto antes de que el universo expire. Yo seguiré escribiendo, tú ve, ve, ve y resuelve tus problemas con la vida. No te quedes aquí conmigo, porque aquí no hay nada que ver; aquí no hay nada que entender. El hilo argumental de este post está indefinido. Sin previo aviso, sin ninguna referencia y sin ningún contraste a partir del cual establecer una estrategia, este post muestra la aventura que supondría soltar a un ser humano en la mitad del océano sin que supiese nada. Nada de nada.

De esa manera es como intentan elevarse estas líneas.

Podría, en este instante, incluir la música que escucho por los auriculares en Spotify, pero no lo haré; no quiero guiarte hacia ningún punto; no pretendo ejercer ninguna influencia sobre tu persona. Es más, deberías estar arreglando todos tus problemas con la vida en lugar de estar aquí leyéndome. Vete. Vete. Hazme caso. No contestaré a ninguna de tus preguntas, no saciaré ninguna de tus inquietudes; este texto es agua porque agua es lo único que hay. Cuando tú te despiertas por las mañanas y abres los ojos, tu entorno es tu entorno, en él ves lo que siempre has visto, tu vida acude a ti porque siempre ha acudido, no hay explicación, no hay preámbulo, ahí estás tú y tu cerebro. Estas palabras (arruga los hombros ahora) son lo que son: van y vienen; vienen y van. Abrupto, pero solo porque las cosas son así, podría ser el remate de esta entrada con el punto y final que cierra este párrafo.

Pero no lo es, ese punto resulta ser un punto y aparte. ¿Por qué? Pues porque…

¿Has creído de verdad que te iba a decir el porqué en esos tres puntos suspensivos?

Contarte mi vida sería una torpeza e intentar adivinar cómo es la tuya sería un error. Detrás de estos símbolos no hay nadie; es la hoja de un procesador de textos que por sí sola vomita palabra tras palabra. Aquí no hay humanos, créeme. Solo hay lenguaje. Un texto que muere, que nace, que nace muerto, que muere vivo, que no sabe qué es la muerte, que no quiere saber nada de la vida. Frases que están por la misma razón que en el cielo están los nubes.

¿Qué pasa? ¿No lo entiendes? ¿Necesitas acaso una explicación más carnal? ¿De persona a persona? Quizás lo entiendas mejor con el estilo directo a través de dos ancianos que están en un parque, mirando la construcción de un nuevo edificio, sentados, tranquilamente, en un banco, manteniendo la siguiente conversación.

—No hay nada que ver, Julián.

—Pero hemos visto muchas cosas a lo largo de nuestra vida, ¿no crees? Hemos visto en primera persona lo mejor y lo peor de existir.

—Por eso precisamente no queda nada.

—Nosotros.

—Nosotros no tenemos significado. Somos la actividad inercial de un lenguaje que se resiste a desparecer. Somos parte de la imaginación de un escritor sentado en su despacho, tecleando enérgicamente. Nuestra historia se ha desvanecido; quien escuche estas palabras no tendrá un marco de referencia.

—Lenguaje, solo lenguaje.

—Así es.

¿Lo entiendes ahora? ¿Ves a los dos viejos sentados en un parque que no es parque y que en realidad es el limbo? Sí, ¿verdad?

Pero siempre hay más. Existe una historia oculta, y negra, y turbia, cercana al colapso, toda esa gilipollez del lenguaje oculta otro plano (y seguramente este plano oculto oculta a un tercer plano). No te sorprenderá saber cuán compleja es la realidad. Ya conoces el infinito, o por lo menos sabes de su existencia. ¿Infinitos planos? Claro, hombre, claro. Los dos viejos son la misma persona. Si no te lo crees, estudia con detenimiento esa breve charla y verás cómo uno de ellos usurpa el papel del otro porque no en vano son el mismo viejo; el mismo viejo que habla consigo mismo; tampoco te debe sorprender que ese viejo soy yo.