Euphoria (HBO)

Un producto de imbéciles hecho para otros imbéciles. Una empresa cuya consecuencia más inmediata es el ascenso del status económico de sus creadores (y de toda la cadena de la industria) para, paradójicamente, entorpecer que los adolescentes logren progresar en sus vidas. Pobremente filmada y montada (con escenas de videoclips repugnantes), sobredimensionada, en su guión, con innumerables clichés y lugares comunes, manida hasta la náusea y aplaudida por los zopencos que antes consideran malvado e imperialista a Estados Unidos, pero, después, franca, agria y directa a la serie televisiva. Con un reparto de actores de los que no logras creerte ni una sola línea del guión.

Euphoria (HBO): una serie que no recomendaría ni a mi peor enemigo.

Sobre literatura. Umberto Eco. La fuerza de lo falso

Si se cree en una cualquiera de las religiones reveladas, debe admitirse que si Cristo es hijo de Dios, entonces no es el mesías todavía esperado en Jerusalén, y si Mahoma es el profeta de Alá, entonces es un error ofrecer sacrificios a la Serpiente Emplumada. Si somos secuaces del más ilustrado e indulgente de los deísmos, dispuestos a creer al mismo tiempo en la Comunión de los Santos y en la Gran Rueda del Tao, se rechazará como fuente de error la matanza de los fieles y de los herejes. Si somos adoradores de Satanás, juzgaremos pueril el Sermón de la Montaña. Si uno es ateo radical, cualquier fe no será sino un malentendido. Puesto que muchos en el curso de la historia han actuado creyendo en lo que algunos otros no creían, es forzoso admitir que para cada uno, en una medida distinta, la Historia ha sido en gran parte el Teatro de una Ilusión.

La fuerza de lo falso, de Umberto Eco, en Sobre literatura.

Con el café

Este momento es la esencia de lo que vengo buscando desde hace varios años: el instante de devolver el golpe. Ahí está todo lo que soy con respecto a los demás: un hombre que devuelve el golpe; una persona cordial y afable que al recibir la ingratitud y el desprecio de los demás, devuelve el golpe, devuelve el golpe con mucha mayor virulencia que lo recibió, de un modo maníacamente desproporcionado. Aquí me tenéis. Esto es lo único que soy. Con esa actitud se han forjado los pilares de mi existencia; ahí están los cimientos de lo que soy… de lo que soy y de lo que seré.

Leer

Al leer, sobre todo cuando lees porque quieres leer, porque tienes una enorme necesidad de sumergirte en la lectura, tu cerebro está en disposición de alcanzar nuevas cumbres, no importa si estas reflejan imágenes, pensamientos o sentimientos, no importan el género ni el tipo de literatura; se parece bastante a coger el coche un domingo por la tarde e ir en pos de un lugar que te dé fuerzas para el lunes, un lugar—un libro—donde poder verter tu personalidad con el lenguaje de otra persona. Leer en muchos casos con las espadas en alto, con la presencia de un convidado ciertamente molesto, un juez, quizá un agente del Mossad, un tipo venenoso, que, mientras tú lees, te mete cizaña para que escribas. A veces lo ignoras. Otras tomas nota de lo que propone. Puede, incluso, estar irremediablemente atado al texto; texto que busca parir texto.

¿Y si, como yo ahora, al escribir este post, por un mecanismo secreto, incognoscible, estuviese leyendo en lugar de escribiendo?

Leer y habitar uno de tantos planos… Ayer fui al museo y vi una obra que era una caja con una pequeña ventanita. Al entrar en la sala (la caja estaba al fondo a la izquierda), sentí la necesidad de ver a través de la ventanita qué había en su interior: había una persona de pie mirando una caja con una pequeña ventanita.

Leer… leer como tú lees ahora. No deberías descartar que por encima de ti haya otro como tú que lee que tú lees; tú escribes y él escribe que tú escribes, o ambos leéis lo que yo leo, pero yo no sé si esto está escrito por ti o si él escribe lo que tú lees.

Leer

La carta de acero

Hace mucho que no te escribe una de sus largas cartas, una de esas confesiones de verano con colores deslumbrantes y con tintes anaranjandos. Él querría escribirte una muy especial, pero no encuentra un instante a lo largo del día, aunque quizá lo más sensato sería admitir que se ha olvidado de tu persona, al menos de un modo incompleto; admitir que el trabajo lo consume y que el agotamiento intelectual y el cansancio físico nunca lo abandonan. Ahora casi siempre escucha música porque, dice, en ella palpita el sentido de la vida, ella es, insiste, como el eco… como la cola de un cometa llamado niñez. ¿Sabes que viaja mucho en trenes?, trenes que descubren lugares nuevos, pero, por desgracia, se trata de trenes sin final de trayecto. Él ignora y no tiene la menor intención de descubrir el andén donde apearse del tren. La ventanilla como interfase de apenas unos cuantos milímetros de espesor: ver sin ser visto y vivir sin ser vivido, pero resguardado del asfixiante calor por el aire acondicionado del vagón. Libros. Recuerdos. Impulso carnal. Coherencia. Desvanecimiento. Resignación. Ambición.

Un día te escribirá.

Un día te escribiré

Inmersividad

Lleva Girineldo media vida pintando con palabras cosas muy diversas. Precisamente ése es su objetivo: a través de la literatura ir mostrando escenarios tan dispares como la paradoja temporal (un cuento que está dentro de un cuento que está dentro de un cuento). Lágrimas. Logros. Texturas. Múltiples secuencias. Verdades que parecen mentiras. De hecho, Girineldo cree que todo es traducible a palabras. Hace años, en uno de sus numerosos experimentos, cerró los ojos y comenzó a escribir—puede hacerlo sin ver las teclas: aprendió mecanografía de niño—; a escribir las cosas que surcaban su mente: imágenes, sonidos, alucinaciones, el mismo tacto de las teclas al escribir, el acto de escribir, recuerdos, fotografías sin sentido…

Girineldo, que, haciendo honor a la verdad, anda perdido en algunos aspectos de su existencia, escribe, entre otros muchos motivos, porque ha hecho del medio una experiencia paralela. Él cree que un texto puede anidar en un plano ajeno al ser humano y a todo su entorno.

Al teléfono, a mi petición de que os dedique unas palabras, ha mantenido un largo silencio para al final simplemente decir: «Kibu, estoy muy lejos de vuestro alcance».

Estará escribiendo…

Dos universos alternativos

La omnisciencia con que juega el escritor al decidir —de un modo premeditado y osado— volar por encima de los hechos y los personajes de su historia es definida en el diccionario panhispánico de dudas de la RAE como el «Conocimiento de todas las cosas».

Las anteriores líneas fueron escritas vete tú a saber cuándo; almacenadas en ‘Borradores’ hasta hace apenas un minuto; forman parte de las entradas que comienzas a escribir y no terminas. En dos párrafos puedes tú, lector, ver dos intervalos temporales inconexos. Dos universos alternativos.

A Adrián Massanet, el mamarracho que hace críticas de cine

Las palabras ‘opinión’ y ‘criterio’ se amparan en la sinonimia, Adrián. Probablemente, Wordreference te sepa a poco en lo que a sinónimos se refiere; te paso un link a Fundéu que tendrá más credibilidad para ti. En ese enlace1, verás cómo se dirime la cuestión de los modos de lectura en internet. En el quinto párrafo dicen lo siguiente: “En esta lectura selectiva de la información también tienen cabida plataformas como Twitter o Menéame en las que el componente social tiene un mayor peso sobre la elección final de los contenidos. Normalmente en este tipo de plataformas el usuario elige las fuentes de información que más le interesan, puede ser un blog o un líder de opinión, y cada cierto tiempo accede a contenidos relevantes según el criterio de esa fuente”. Por suerte o por desgracia, Adrián, opinión y criterio son lo mismo, aunque su frontera semántica no contiene suficiente nitidez.

Ahora que ya eres consciente del error que cometes al separar semánticamente y de modo taxativo las dos palabras, ajeno a su condición de sinónimas, queda pendiente un asunto que tampoco pareces entender.

Por cierto, antes de entrar en él: haces uso del comodín de la base académica según te conviene o según sopla el aire, porque, en ocasiones, dices que para ser un gran escritor no hacen falta los talleres de escritura y, en otras, sin embargo, haces gala de haber pasado por dos escuelas de cine (creo que al menos en una de ellas fracasaste, y en la otra me dicen que también, pero a lo mejor me mienten). Deberías, en cualquier caso, aclarar tu postura al respecto, so pena de quedar en evidencia ante los demás, porque te estás contradiciendo flagrantemente.

Spielberg en ti, leo en ese hilo2 de twitter, deja mucho que desear. Esto sencillamente es una opinión, Adrían; la tuya; esto no es un argumento. Decir lo contrario, por cierto, es también una opinión; no un argumento. Señalar que Spielberg “se queda en su envoltorio visual” es una opinión y señalar que “Spielberg va más allá de su envoltorio visual” también lo es. En tu hilo no estás separando el grano de la paja: estás emitiendo un juicio de valor. He ahí el núcleo de la torpeza que cometes en tus análisis narrativos.

Estudiar en profundidad el cine como arte, que pocos han logrado, lleva de forma inexorable a la cautela cuando se quiere establecer un juicio de valor. Un aspecto, este último, que a mi juicio tú no tienes en cuenta. Tú te dejas llevar por aquellas películas que han logrado conmoverte, pero, es más, esto no es lo peor: lo peor de todo es que la conmoción que sientes frente a determinadas obras de arte te insta a escribir ad hoc sobre ellas.

Existen muchos elementos de juicio con que diseccionar una película, pero cuando cruzas la frontera y lanzas (con el desprecio y la soberbia que te caracterizan) un juicio de cuánto vale dicha disección, entras en un terreno que no está sujeto a la objetividad.

En primer plano, sigues siendo un niño asombrándose frente a la gran pantalla; solamente eso: un niño frente a una pantalla. No importa cuántas películas y libros pasen por delante de tus ojos… No podrás ir más allá de lo que hoy haces. Huelga decir que el arrebato que te provoca la cobertura mediática a determinados cineastas; eso, Adrián; no tiene nada que ver con la calidad del cine.

Ni siquiera te planteas la influencia de la época en que viste determinadas películas. ¿O acaso crees que eres inmune al contexto de la edad en que viste un filme en concreto? Incomprensiblemente, te posicionas sobre los subtítulos, desconocedor en grado sumo de la relación que establece el espectador con el formato de la imagen, si tiene o no que leer la traducción de las palabras que llegan a sus oídos; cuál sería la mejor relación de pérdida o de beneficio es algo que tú no te planteas ni por asomo.

En la crítica de cine, en último plano, Adrián, eres un auténtico mamarracho: lo que hoy llaman un cuñao.

Posdata: Este comentario en tu blog irá directamente a la carpeta de Spam. Lo vas a eliminar como ya has hecho en repetidas ocasiones con todo lo que he escrito en tu blog. Sin embargo, en el mío, este comentario se va a publicar como una entrada, cuyo título será: A Adrián Massanet, el mamarracho que hace críticas de cine.

Un saludo.

1 https://www.fundeu.es/escribireninternet/modelos-de-lectura/

2 https://twitter.com/adrianmassanet/status/1506597579999621125

En el tren

A mi izquierda hay un hombre muy gordo, vestido con una camisa a cuadros negros y amarillos. Ordenadas por el asiento a que corresponden, en las estanterías superiores del vagón, hay bolsas de viaje negras. (¿Por qué le gusta a todo el mundo el color negro?)

Igual que yo ahora, pero unas filas más atrás, alguien teclea en su portátil. Yo, no obstante, soy muchísimo más silencioso, pero, quizá, las palabras de esta entrada suenan más alto que lo que escribe esa persona.

En algunas ocasiones, el tren atraviesa túneles. Se hace de noche: es de día y es de noche en esos momentos.

Renfe, en los reposacabezas, pone un espacio para la publicidad; el viajero que va en el asiento de detrás ve dicha publicidad.

El AVE genera un ruido que posee un fuerte correlato con estos tiempos aciagos que nos ha tocado vivir. Yo viajé en tren muchas veces durante mi juventud: aquel sonido era rítmico, acompasado, poético; aquel traqueteo era cardíaco; porque te señalaba que ibas camino de un único destino. El sonido del AVE, sin embargo, es neutro: la relación entre ruido y señal es muy elevada: apenas tiene significado. Podrías aparecer en Munich, en París, en una ciudad del Cantábrico o en Pekín y el citado sonido seguiría siendo paralelo. Lo que escuhas dentro del AVE al pasar por las vías no te lleva a ningún lugar.

La luz del sol entra en el vagón. Hemos salido del túnel.

Miro a través de la ventanilla.

La parte inferior de lo que veo es verde; verde campo; acrisolado con las casas como motitas blancas.

Y la parte .superior de lo que veo es de color azul cielo.

Verde y azul. Azul y verde.

Giro la cabeza: la molesta publicidad.

Vaya, tengo que irme, ¡no puedo seguir escribiendo!

«Anuncian el final del trayecto».