#194 No una paradoja; algo curioso

Viernes, 19 de Febrero del año 2021

Como todos los viernes desde hace unos meses, hoy he ido a la copistería «a hacer fotocopias», en realidad he ido a imprimir el archivo del examen. Sale más rentable pagar cuatro céntimos por cada una de ellas que tener en casa mi propia impresora.

A mediodía el sol resultaba violento para las mitades de Febrero.

Dos frases en mi mente han dado forma al incordio que supone salir de casa, coger el coche, aparcar, etc., etc., esas dos frases son las siguientes: «Como voy a perder toda la mañana, como no voy a poder estudiar todo el planning de hoy», sorteándolas, he aprovechado el impasse yendo a la peluquería a cortarme el pelo (a pegarme la chollada que decíamos los jóvenes en la década de los 90. Ignoro cuál es hoy en el argot urbano el término que emplean los chavales cuando se cortan el pelo).

También he ido a la farmacia. Y al súper (gel de ducha; pan de molde; café; un tarro de altramuces… y una empanada que he devorado mientras volvía de camino).

La NASA ha puesto otro Rover en Marte, el Perseverance. ¿Llegó ayer? No lo sé… estoy muy metido en la oposición, demasiado aislado del mundo. Todos se han acostumbrado a este hito estadounidense. Nos parecen normales las fotografías del suelo marciano. A algunos de nosotros, sin embargo, las puestas de sol en Marte nos han hecho reflexionar sobre los atardeceres que ocurren en nuestro universo con la luz de otras estrellas y en la superficie de otros planetas.

«No he podido coger mis cosas» decía una mujer de pelo negro; una mujer angustiada; «No he podido coger mis cosas». En Palos de la Frontera, Huelva, se ha quemado lo que creo debió de ser una especie de chabolado. Ella no ha podido coger sus cosas. Con su cara en la televisión, escuchaba esas tristes palabras, y pese a ser consciente de que esa señora no debía tener ni muchas cosas ni de gran valor económico, ¡pese a ello!, me ha dolido infinitamente que un ser humano pierda sus cosas.

¡Sus cosas, joder, sus cosas! Eran suyas y de nadie más. Tenía todo el derecho a conservarlas.

Persevera, mujer de negro pelo, persevera… le he dicho a la imagen bidimensional que de ella había en la pantalla.

Queman Barcelona. Los motivos, los verdaderos motivos de la quema de la capital catalana son demasiado complejos para abordarlos en mi diario. Sólo escribiré que el 99% de los barceloneses ve cómo destroza su ciudad el 1% restante.

Todo esto no es una paradoja sensu stricto pero sí resulta muy curioso.

En mi niñez Febrero era un mes tormentoso, pero la tormenta provenía del cielo. La Humanidad avanza poco a poco a través del sistema solar, pero yo personalmente creo que avanza pero también se estira; no en vano la mujer del cabello largo y oscuro hoy ya no tiene sus cosas y sin embargo varias agencias científicas recogen a estas horas múltiples datos que nos harán entender mejor la Naturaleza. ¿Debo perseverar yo en el estudio de mis oposiciones? ¿Debe hacerlo la mujer de pelo negro? El Perserverance está programado para perserverar.

El peluquero me ha tratado en todo momento muy bien (demasiado bien) porque tiene mucha competencia a su alrededor y no quiere perder clientes.

Los incendiarios, en su propósito de incendiar, tampoco van a parar.

En la hoja de este diario, en su final (quizá la semana que viene, o la otra, vuelva a escribir), me gustaría ver el Aleph de Borges: el salto interplanetario; un examen muy exigente; una mujer que ha perdido todas sus cosas, un bandido y su antorcha; un invierno caluroso; un hombre escrbiendo.

#193 Polvo. En las tripas del best seller

Viajar, como narrar -como vivir- es omitir.Claudio Magris   Durante el verano aquí en Chivilcoy no hay nada que hacer pero por fortuna durante las otras tres estaciones tampoco. Este nuevo año, además, en plena caída libre, con la cuarentena como en un interior de Hopper, me tuve que someter a una cirugía que me…

En las tripas del best seller

#187 Et voilà. La solución

¿Y si la solución al problema está compuesta por los mismos caracteres (por las mismas vocales y las mismas consonantes) que conforman esta pregunta? No tienes ganas de estudiar esa propuesta, ¿verdad? Ausente la energía durante un largo periodo de tiempo, no es descabellado afirmar que ya no tienes ganas de estudiar la cuestión, no sólo extrayendo las consonantes y las vocales de esa pregunta, mezclándolas, después, a ver si se enciende alguna bombilla, por tenue que sea su luz, sino, mucho más peligroso, de nada; no tienes ganas de absolutamente nada. Y, sin embargo, dada tu extraña naturaleza (cuanto menos atípica) intuyes que allí donde no quieres escarbar, ni en la cuestión inicial que abre esta redacción ni en las frases que, arabescamente, la prolongan, tienes no obstante el pálpito de que escribiendo podrías despejar la ecuación. Lo intuyes, lo intuyes… Sujeto. Verbo. Predicado. Ipso facto en tu mente los elementos resuenan y pintan y resbalan y se estrellan y se salvan. ¿Y si la solución al problema está compuesta… En comparación con tus otras obligaciones, cuando escribes te tornas en un ser productivo. Alumbras cientos de redacciones; estableces focos en los subtemas; abarcas toda la catedral (pese a no haber en realidad ni un mísero ladrillo puesto encima de otro mísero ladrillo) dentro de tu cabeza, a través de los dedos sobre el teclado, a través de todos esos recursos literarios que como un niño jugando con curiosidad, y no como el adulto que eres, no como el adulto que se sacó la carrera; sino de un modo inocente, amplio y luminoso, alumbras, y alumbras… y sigues alumbrando.

#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

#181 Muy fructífero

Sería muy fructífero decirte cosas que no te haya dicho con anterioridad, sería muy fructífero abandonar la repetitividad del contenido de este blog personal; entrar en él y leer algo que se pareciese mínimamente a un ensayo. O a un relato de ficción. Sería asombroso entrar en este blog y hallar otro narrador. No puedo. Lo siento. Estoy pegado de modo intenso e íntimo a un ser humano que escribe sobre otro ser humano que, a su vez, soy yo, pero, también soy yo, el que a pesar de estar adherido a esa persona, escribo por boca de otra sobre ella, que, como dije al principio, escribe de otro hombre que, paradójicamente, soy yo.

#171 Ficticios. Verdaderos. Duales

Del caos resulta imposible extraer verdaderos conocimientos científicos. Analizar una situación caótica resulta siempre inútil, porque al final nadie sabe nada.

Nada de nada.

Si tú, ciudadano responsable, si tú, persona sabia, cabal y avezada, decides informarte por tu cuenta investigando ceñuda y metódicamente el problema que tenemos con el Covid-19, un par de horas de estudio a lo sumo te harán llegar a una conclusión desasosegante: no puedes concluir nada sobre este maldito asunto. Tal y como te dije en otro post: a mayor sabiduría, mayor número de dudas.

No obstante, a ti, durante esta última semana, te han invadido con muchas opiniones, unas, de mayor nivel apocalíptico, otras, menos alarmistas, pero, en definitiva, las lecturas sobre la pandemia que te llegan a través de los medios de comunicación te han sumergido en una opaca y triste niebla. Tú, ahora, das palos de ciego. Vas a tientas. Te mueves por instinto. Alargas los brazos, palpas y avanzas.

Tú ahora estás desorientado.

Además, por otra parte, si llevas mucho tiempo leyéndome en este blog, sabrás que a mí me gustan las novelas y la narrativa en general. Los buenos libros convierten la cuarentena en un periodo de tiempo placentero. Sin embargo, la novela a que haré referencia no es aquella con que matar el tiempo, sino una que consiga disipar la neblina que existe hoy en tu entorno. Un ejercicio de ficción que te proporcione la fuerza y el saber necesarios en el manejo de la crisis.

En ese preciso instante, que, a pesar de estar escrito en presente de indicativo, pertenece a un pasado remoto (hoy estamos a 26 de julio y el estado de alarma ha concluido, no así el estado de confusión que vive España), un instante que tuvo lugar durante los días de mayor angustia del confinamiento, pensé si debía borrar la última palabra del párrafo anterior, «crisis», y poner en su lugar «pandemia». Las dos i latinas de crisis aportaban un tono dramático. El salto hacia el párrafo siguiente debía generar un intenso deseo en el cerebro del lector, pero aquel día había leído muchas veces el término pandemia y no me resultaba eufónico. Al final no rectifiqué y puse crisis. Cuando tecleaba la s final, mi esposa entró en el despacho, sin previo aviso y llorando a lágrima viva. Traía los ojos desencajados y enrojecidos. Y yo, por supuesto, dejé de escribir.

―No puedo más, Andrés ―me dijo mientras se acuclillaba al lado del sillón―. Necesito salir a la calle. Me gustaría que todo volviese a la normalidad. Desde el domingo vivo sumida en la angustia. Las paredes del piso me parecen muros de hormigón.

―Si la policía te pilla dando un paseo ―dije mientras atesoraba toda la calma de que fui capaz― apuntarán tu nombre y te meterán una multa. En dos semanas ―mentí― seremos libres, Mari Carmen. Debemos tener un poco de paciencia.

Mari Carmen lloró con una amargura jamás vista. Mi mujer, presa de un ataque de ansiedad, apoyó su frente en mi hombro y derramó cientos, quizá miles de lágrimas encima de mi jersey. En el exterior del edificio no se oía nada: ni un vecino; ni un coche; ni el viento ululando. Nada. Vacío absoluto. Solamente el sordo lamento de mi esposa llorando sobre mi hombro. Acaricié su pelo con mucha lentitud. Aguardé pacientemente hasta que dejó de llorar. Creí que la mejor estrategia era permanecer a su lado, sin exigirle nada, sin intentar cambiar la raíz de sus pensamientos, solo hacer acto de presencia, abrazarla…

―Hoy podías cocinar Sopa Castellana y de segundo pollo con salsa de almendras ―le sugerí, sabedor de uno de sus platos favoritos―. Hace mucho que no los cocinas.

―Vale ―me contestó con un hilo de voz.

Y se fue.

Ficción al rescate de la realidad, o realidad al rescate de la ficción, porque tú ahora, a menos que yo acote temporalmente la narración, no sabes cuál es el verdadero lapso, los planos temporales de este post te han enredado con un garlito. Desconoces qué es verdad y qué es mentira. Porque tú, probablemente, eres uno de los millones de seres humanos convencidos hasta el tuétano de que la ficción no es sino una trola, un bulo, una bola; una bella mentira, si se quiere ver así, pero una mentira al fin y a la postre, que, como tal, no puede auspiciar a la realidad. Tú, seguramente, serás partidario de concentrar el poder de decisión en los grandes políticos. Jamás le darías la vara de mando a un novelista, a un cineasta o a un pintor. ¿Verdad?

Sin embargo, yo, cuantos más libros leo, estoy convencido de que la ficción nos aproxima a la verdad en mayor medida que el ensayo. Citar ejemplos y referencias no nos llevaría muy lejos porque si tú fueras uno de esos lectores que ve en El proceso de Kafka un simple relato de ficción, nunca nos pondríamos de acuerdo. Y no quiero que te confundas, no, no quiero. No quiero que creas en la narrativa como en el remedio o solución a cualquier mal; las novelas no son la panacea. Un cirujano no tiene por qué leer novelas para acceder al interior del cuerpo; ha de consultar otros libros; pero un cirujano que paralelamente a su formación técnica lee sobre el origen de su disciplina cuando era practicada por los barberos, aun en textos literarios, será siempre mejor cirujano.

A vuela pluma, de manera inconsciente, había escrito «incluso en las novelas», pero pulsé la tecla de volver atrás y borré esas cuatro palabras.

Pensé, al final, que «aun en textos literarios» sonaba mucho mejor.

Y justo en el punto y aparte oí cómo se rompía un vidrio. (¿Un vaso de cristal?)

Bajé corriendo las escaleras…

Los lugares en que me hallo, en la cocina de mi casa ayudando a mi mujer, en un punto indeterminado de tu cabeza y en el interior de una gran mentira donde mi esposa y yo nos saltamos el confinamiento sin que la policía logre pillarnos, son situaciones reales dentro de elementos ficticios que la realidad acoge y abraza y —al mismo tiempo— constituyen el núcleo profundo de la ficción.

Un caos que no puedes desenmarañar.