Un 27 de noviembre

Los domingos llamo por teléfono a mi madre. Hoy es domingo. Domingo 27 de noviembre del año 2022. Mi progenitora me recuerda que hace veintiún años yo estaba fatalmente enfermo y que, pese a todo, aunque me quedé en la calle, dentro del coche, porque hacía muchísimo frío, fui a la boda de un amigo. No tengo un buen recuerdo ni de J. M. ni de su boda ni del estado de postración y sufrimiento que me invadía a principios del milenio.

Hoy—ella está de acuerdo con la siguiente lectura—la situación es «tan diferente» que nadie en su sano juicio podría haber imaginado en aquel entonces que la vida daría un vuelco tan enorme: el enfermo se convirtió en médico.

Los seres humanos no podemos predecir el futuro. Es más: cualquier intento por adivinar el porvenir nos muestra que la vida nos supera en imaginación.

Desde algún plano de la existencia, el 27 de noviembre del año 2042, mi otro yo me observa de un modo impasible.

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Con el café

Este momento es la esencia de lo que vengo buscando desde hace varios años: el instante de devolver el golpe. Ahí está todo lo que soy con respecto a los demás: un hombre que devuelve el golpe; una persona cordial y afable que al recibir la ingratitud y el desprecio de los demás, devuelve el golpe, devuelve el golpe con mucha mayor virulencia que lo recibió, de un modo maníacamente desproporcionado. Aquí me tenéis. Esto es lo único que soy. Con esa actitud se han forjado los pilares de mi existencia; ahí están los cimientos de lo que soy… de lo que soy y de lo que seré.

Leer

Al leer, sobre todo cuando lees porque quieres leer, porque tienes una enorme necesidad de sumergirte en la lectura, tu cerebro está en disposición de alcanzar nuevas cumbres, no importa si estas reflejan imágenes, pensamientos o sentimientos, no importan el género ni el tipo de literatura; se parece bastante a coger el coche un domingo por la tarde e ir en pos de un lugar que te dé fuerzas para el lunes, un lugar—un libro—donde poder verter tu personalidad con el lenguaje de otra persona. Leer en muchos casos con las espadas en alto, con la presencia de un convidado ciertamente molesto, un juez, quizá un agente del Mossad, un tipo venenoso, que, mientras tú lees, te mete cizaña para que escribas. A veces lo ignoras. Otras tomas nota de lo que propone. Puede, incluso, estar irremediablemente atado al texto; texto que busca parir texto.

¿Y si, como yo ahora, al escribir este post, por un mecanismo secreto, incognoscible, estuviese leyendo en lugar de escribiendo?

Leer y habitar uno de tantos planos… Ayer fui al museo y vi una obra que era una caja con una pequeña ventanita. Al entrar en la sala (la caja estaba al fondo a la izquierda), sentí la necesidad de ver a través de la ventanita qué había en su interior: había una persona de pie mirando una caja con una pequeña ventanita.

Leer… leer como tú lees ahora. No deberías descartar que por encima de ti haya otro como tú que lee que tú lees; tú escribes y él escribe que tú escribes, o ambos leéis lo que yo leo, pero yo no sé si esto está escrito por ti o si él escribe lo que tú lees.

Leer

La carta de acero

Hace mucho que no te escribe una de sus largas cartas, una de esas confesiones de verano con colores deslumbrantes y con tintes anaranjandos. Él querría escribirte una muy especial, pero no encuentra un instante a lo largo del día, aunque quizá lo más sensato sería admitir que se ha olvidado de tu persona, al menos de un modo incompleto; admitir que el trabajo lo consume y que el agotamiento intelectual y el cansancio físico nunca lo abandonan. Ahora casi siempre escucha música porque, dice, en ella palpita el sentido de la vida, ella es, insiste, como el eco… como la cola de un cometa llamado niñez. ¿Sabes que viaja mucho en trenes?, trenes que descubren lugares nuevos, pero, por desgracia, se trata de trenes sin final de trayecto. Él ignora y no tiene la menor intención de descubrir el andén donde apearse del tren. La ventanilla como interfase de apenas unos cuantos milímetros de espesor: ver sin ser visto y vivir sin ser vivido, pero resguardado del asfixiante calor por el aire acondicionado del vagón. Libros. Recuerdos. Impulso carnal. Coherencia. Desvanecimiento. Resignación. Ambición.

Un día te escribirá.

Un día te escribiré

Inmersividad

Lleva Girineldo media vida pintando con palabras cosas muy diversas. Precisamente ése es su objetivo: a través de la literatura ir mostrando escenarios tan dispares como la paradoja temporal (un cuento que está dentro de un cuento que está dentro de un cuento). Lágrimas. Logros. Texturas. Múltiples secuencias. Verdades que parecen mentiras. De hecho, Girineldo cree que todo es traducible a palabras. Hace años, en uno de sus numerosos experimentos, cerró los ojos y comenzó a escribir—puede hacerlo sin ver las teclas: aprendió mecanografía de niño—; a escribir las cosas que surcaban su mente: imágenes, sonidos, alucinaciones, el mismo tacto de las teclas al escribir, el acto de escribir, recuerdos, fotografías sin sentido…

Girineldo, que, haciendo honor a la verdad, anda perdido en algunos aspectos de su existencia, escribe, entre otros muchos motivos, porque ha hecho del medio una experiencia paralela. Él cree que un texto puede anidar en un plano ajeno al ser humano y a todo su entorno.

Al teléfono, a mi petición de que os dedique unas palabras, ha mantenido un largo silencio para al final simplemente decir: «Kibu, estoy muy lejos de vuestro alcance».

Estará escribiendo…

En el tren

A mi izquierda hay un hombre muy gordo, vestido con una camisa a cuadros negros y amarillos. Ordenadas por el asiento a que corresponden, en las estanterías superiores del vagón, hay bolsas de viaje negras. (¿Por qué le gusta a todo el mundo el color negro?)

Igual que yo ahora, pero unas filas más atrás, alguien teclea en su portátil. Yo, no obstante, soy muchísimo más silencioso, pero, quizá, las palabras de esta entrada suenan más alto que lo que escribe esa persona.

En algunas ocasiones, el tren atraviesa túneles. Se hace de noche: es de día y es de noche en esos momentos.

Renfe, en los reposacabezas, pone un espacio para la publicidad; el viajero que va en el asiento de detrás ve dicha publicidad.

El AVE genera un ruido que posee un fuerte correlato con estos tiempos aciagos que nos ha tocado vivir. Yo viajé en tren muchas veces durante mi juventud: aquel sonido era rítmico, acompasado, poético; aquel traqueteo era cardíaco; porque te señalaba que ibas camino de un único destino. El sonido del AVE, sin embargo, es neutro: la relación entre ruido y señal es muy elevada: apenas tiene significado. Podrías aparecer en Munich, en París, en una ciudad del Cantábrico o en Pekín y el citado sonido seguiría siendo paralelo. Lo que escuhas dentro del AVE al pasar por las vías no te lleva a ningún lugar.

La luz del sol entra en el vagón. Hemos salido del túnel.

Miro a través de la ventanilla.

La parte inferior de lo que veo es verde; verde campo; acrisolado con las casas como motitas blancas.

Y la parte .superior de lo que veo es de color azul cielo.

Verde y azul. Azul y verde.

Giro la cabeza: la molesta publicidad.

Vaya, tengo que irme, ¡no puedo seguir escribiendo!

«Anuncian el final del trayecto».

#187 Et voilà. La solución

¿Y si la solución al problema está compuesta por los mismos caracteres (por las mismas vocales y las mismas consonantes) que conforman esta pregunta? No tienes ganas de estudiar esa propuesta, ¿verdad? Ausente la energía durante un largo periodo de tiempo, no es descabellado afirmar que ya no tienes ganas de estudiar la cuestión, no sólo extrayendo las consonantes y las vocales de esa pregunta, mezclándolas, después, a ver si se enciende alguna bombilla, por tenue que sea su luz, sino, mucho más peligroso, de nada; no tienes ganas de absolutamente nada. Y, sin embargo, dada tu extraña naturaleza (cuanto menos atípica) intuyes que allí donde no quieres escarbar, ni en la cuestión inicial que abre esta redacción ni en las frases que, arabescamente, la prolongan, tienes no obstante el pálpito de que escribiendo podrías despejar la ecuación. Lo intuyes, lo intuyes… Sujeto. Verbo. Predicado. Ipso facto en tu mente los elementos resuenan y pintan y resbalan y se estrellan y se salvan. ¿Y si la solución al problema está compuesta… En comparación con tus otras obligaciones, cuando escribes te tornas en un ser productivo. Alumbras cientos de redacciones; estableces focos en los subtemas; abarcas toda la catedral (pese a no haber en realidad ni un mísero ladrillo puesto encima de otro mísero ladrillo) dentro de tu cabeza, a través de los dedos sobre el teclado, a través de todos esos recursos literarios que como un niño jugando con curiosidad, y no como el adulto que eres, no como el adulto que se sacó la carrera; sino de un modo inocente, amplio y luminoso, alumbras, y alumbras… y sigues alumbrando.

#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

183 Sin solución de continuidad

Yo me imagino una carrera infinita, sin solución de continuidad, entre la tortuga y Aquiles. ¿Hacia dónde van? Pues en todas las direcciones. ¿Y desde cuándo y hasta cuándo? Desde siempre y para siempre. Lloros y risas en simétrica alternancia: un teatro perenne e inagotable. La noche y el día no solamente en oposición sino también en complementariedad. La Naturaleza, la physis griega completa, absoluta, cíclica, con la verdad y con la mentira. Sin solución de continuidad. Mientras el cerebro (como el bebé explorador que busca más allá) busca y rebusca…, pero por fortuna y por desgracia está todo. Todo, hijo mío, todo. Más allá de la physis griega no hay nada; no es la nada cuántica; no: es la nada absoluta. Tú eres todo. Todo eres tú.

Sin solución de continuidad.