#187 Et voilà. La solución

¿Y si la solución al problema está compuesta por los mismos caracteres (por las mismas vocales y las mismas consonantes) que conforman esta pregunta? No tienes ganas de estudiar esa propuesta, ¿verdad? Ausente la energía durante un largo periodo de tiempo, no es descabellado afirmar que ya no tienes ganas de estudiar la cuestión, no sólo extrayendo las consonantes y las vocales de esa pregunta, mezclándolas, después, a ver si se enciende alguna bombilla, por tenue que sea su luz, sino, mucho más peligroso, de nada; no tienes ganas de absolutamente nada. Y, sin embargo, dada tu extraña naturaleza (cuanto menos atípica) intuyes que allí donde no quieres escarbar, ni en la cuestión inicial que abre esta redacción ni en las frases que, arabescamente, la prolongan, tienes no obstante el pálpito de que escribiendo podrías despejar la ecuación. Lo intuyes, lo intuyes… Sujeto. Verbo. Predicado. Ipso facto en tu mente los elementos resuenan y pintan y resbalan y se estrellan y se salvan. ¿Y si la solución al problema está compuesta… En comparación con tus otras obligaciones, cuando escribes te tornas en un ser productivo. Alumbras cientos de redacciones; estableces focos en los subtemas; abarcas toda la catedral (pese a no haber en realidad ni un mísero ladrillo puesto encima de otro mísero ladrillo) dentro de tu cabeza, a través de los dedos sobre el teclado, a través de todos esos recursos literarios que como un niño jugando con curiosidad, y no como el adulto que eres, no como el adulto que se sacó la carrera; sino de un modo inocente, amplio y luminoso, alumbras, y alumbras… y sigues alumbrando.

#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

183 Sin solución de continuidad

Yo me imagino una carrera infinita, sin solución de continuidad, entre la tortuga y Aquiles. ¿Hacia dónde van? Pues en todas las direcciones. ¿Y desde cuándo y hasta cuándo? Desde siempre y para siempre. Lloros y risas en simétrica alternancia: un teatro perenne e inagotable. La noche y el día no solamente en oposición sino también en complementariedad. La Naturaleza, la physis griega completa, absoluta, cíclica, con la verdad y con la mentira. Sin solución de continuidad. Mientras el cerebro (como el bebé explorador que busca más allá) busca y rebusca…, pero por fortuna y por desgracia está todo. Todo, hijo mío, todo. Más allá de la physis griega no hay nada; no es la nada cuántica; no: es la nada absoluta. Tú eres todo. Todo eres tú.

Sin solución de continuidad.

#182 Los versos satánicos. Salman Rushdie

Una mañana invernal del año 2010, ataviado con mi abrigo verde y mi gorro gris, por las calles de un polígono industrial con sus fábricas cerradas a cal y canto, un gélido y cristalino domingo, en la visita a un mercadillo donde hacía un frío de mil pares de cojones, vagabundeaba yo (vagabundeaba mucho más que los vagabundos que allí vendían antigüedades y enseres de dudosa utilidad), vagabundeaba yo, repito, buscando libros de segunda mano, cuando hete aquí que por una feliz casualidad pasé por al lado de un puesto donde alguien, no recuerdo ni si era mujer u hombre, no retengo en la memoria ni un solo dato sobre aquella persona, entre los libros que vendía, vendía Los versos satánicos de Salman Rushdie por 1€.

Diez años después, sí, después, siempre después; después de muchas lágrimas vertidas, muchos libros leídos, muchos latidos en el corazón; después de transformarme teóricamente en una persona más sabia, después de dos lustros, después de 5 256 000 minutos, después de descubrir que algunas cosas parecen ser cosas que en realidad no son, viendo por la ventana del piso el fenómeno meteorológico que llaman ciclogénesis explosiva, leo Los versos satánicos de Salman Rushdie.

#178 ¿Dónde estoy?

Qué puedo decirte que no te haya dicho… Ya sabes que estoy perdido. Siempre anduve perdido, pero ahora amargamente soy consciente de que no tengo ni la menor idea del lugar que ocupo. A duras penas recuerdo quién soy; cuando recuerdo quién soy, no sin sorpresa, veo a esa persona muy lejos. Es auténtica, no pondré en duda su originalidad, pero ella sólo es una pieza dentro de un inmenso engranaje, una polea entre millones de poleas que sustentan una maquinaria mucho más compleja. Conceptualmente el bucle a que tanto me aferro para entender el entorno es el ejemplo perfecto para entender por qué estoy desubicado, solo y perdido. Porque veo todas las poleas, ¿podrás creerlo? Todas… Y esto me lleva a una pregunta angustiosa y bella: ¿Dónde estoy?

#164 Óbito. Loqueros

En la segunda mitad del primer decenio del siglo XXI, en una unidad de psiquiatría de un hospital de la costa levantina, por motivos ajenos al interés del lector de estas líneas, tuve la desgracia de hablar con una chica de 17 años que había intentado suicidarse dos días antes. Su nombre era Carla.

Carla conectó al tubo de escape del coche la manguera del jardín y la introdujo en el interior del vehículo; se sentó a esperar a la muerte.

Su abuela, por caprichos del destino, ese día volvió del supermercado mucho antes de lo habitual.

Carla —me di cuenta durante la entrevista— era una niña culta e inteligente. Resultó espectacular ver cuán inmune fue esa adolescente al influjo de mi persona intentando en vano convencerla para seguir viviendo.

Al final de nuestra charla le dije:

No lo soportas más. No puedes más. Has llegado de forma definitiva a un punto en que avanzar te resulta imposible. Es el final del camino. Un desvío a esta altura del viaje. Un cruce. Una bifurcación. Ahora, a tu espalda, ardiendo en llamas, la carretera ha desaparecido. Se ha esfumado. La senda implícita de esa carretera solo existe en la representación neuronal de tu cerebro. En tu mente. Se trata de un tiempo pasado.

El mapa del país donde vives no registrará esa vía nunca más.

Sólo puedes caminar hacia delante.

Dos años después, se mató.

#157 Enjaulados

El mundo de la paradoja tiene como base de sustentación al lenguaje y a las palabras, pero si no fuéramos capaces de ir más allá de este hecho, estaríamos abocados a un pozo sin fondo. Aquiles, víctima de esta consecuencia lingüística, no podría alcanzar jamás a la tortuga.

Yo a veces necesito ver en la escritura el dibujo de una composición musical; el andamiaje arquitectónico de un texto con una filosofía estrictamente estética. No obstante, otras veces me siento invadido por alguien que detesta la vida, ya que nada logra curarme, ya que nada logra satisfacerme. La tranquilidad se me escapa de entre los dedos día y noche, día y noche… Es muy probable que estos sentimientos salgan a flote por el confinamiento de la crisis sanitaria, pero yo estoy convencido de que el confinamiento alumbra la punta del iceberg.

¿Has estado alguna vez en un parque acuático de atracciones? Con el jolgorio de miles de niños jugando en el agua. Los adultos afanándose en vivir una vida sobre la cual no se han parado a pensar nunca. ¿Te has fijado que los toboganes no tienen asideros? El niño o la niña se lanza hacia abajo consciente de que no hay nada a que agarrarse.

¿Cuál es mi asidero? Un monte. Un monte muy verde, frondoso, arcaico, leal. Un monte con varios chalets desperdigados sobre su falda; algunos son blancos, otros amarillentos, frutos del trabajo y el tesón de hombres que ya no están entre nosotros y que pusieron ladrillo a ladrillo sus huellas en la tierra.

Hilos de tender la ropa. Sábanas blancas, verdes y grises se acompasan al batir del viento. Hay tendidos dos pijamas de color azul marino; el aire bambolea sus mangas como si dentro de ellas estuviesen los brazos de un actor y una actriz de teatro. Míralos, están poseídos, en trance, en comunicación con la naturaleza. (El monte de mi infancia es el fondo de esa imagen). Oscuros árboles. Paredes blancas. Entre todos los chalets hay uno cuyo tejado de color rojizo desentona con los demás, ¡ése es de los nuevos!: ése no tiene tanta personalidad como los otros.

Cae, ahora, de entre las hojas de esta libreta un pequeño botón marrón. No sé de dónde ha salido. No sé qué hace aquí. Esta grata sorpresa me recuerda la innumerable cantidad de planos narrativos que conviven en una misma redacción; no me cansaré nunca de decir que la literatura va de hilvanar planos, muchos planos, infinitos planos.

Vosotros sois conscientes del enorme abanico que tiene frente a sí un escritor cuando decide posar la punta de su bolígrafo en el papel. Vosotros sabéis de primera mano que una historia puede ser contada no sólo desde diferentes perspectivas (en una división meramente didáctica), sino con varios estilos, formas y voces. Todos conocéis los infinitos recursos que ofrece la ficción: en una pared puede aparecer el rostro difuso de una persona; un halcón puede matar a una paloma que portaba un mensaje.

Son las 20:01. Un grupo de chavales canta el cumpleaños feliz. Una mujer, con el pelo recogido en una coleta, asomada al balcón de su casa, con la angustia impresa en los pómulos de su rostro, aplaude quizá sin saber muy bien el porqué. Yo escribo desde un rincón de la terraza —los actores siguen en trance dentro de los pijamas de color azul marino—… un rincón de la terraza donde nadie me ve. Las campanas de una ermita lanzan un mensaje al aire. ¿Habrá algún halcón para interceptarlo? Escucho el piano y el saxo de la versión 2020 de Resistiré.

Yo no resisto; yo vivo por inercia. Estoy en un plano que no logro ubicar: a veces pienso que estoy en el mismo plano donde Aquiles no puede alcanzar a la tortuga.

Hay un pasillo. Mis piernas están cruzadas. Esta libreta se apoya en una de ellas. El bolígrafo sujeto por los dedos brinca y caracolea por encima del papel. Alguien desconocido, al mismo tiempo que las palabras se dibujan sobre el fondo blanco, lee en voz muy baja: «brinca y caracolea».

Escribir me salva.