#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

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183 Sin solución de continuidad

Yo me imagino una carrera infinita, sin solución de continuidad, entre la tortuga y Aquiles. ¿Hacia dónde van? Pues en todas las direcciones. ¿Y desde cuándo y hasta cuándo? Desde siempre y para siempre. Lloros y risas en simétrica alternancia: un teatro perenne e inagotable. La noche y el día no solamente en oposición sino también en complementariedad. La Naturaleza, la physis griega completa, absoluta, cíclica, con la verdad y con la mentira. Sin solución de continuidad. Mientras el cerebro (como el bebé explorador que busca más allá) busca y rebusca…, pero por fortuna y por desgracia está todo. Todo, hijo mío, todo. Más allá de la physis griega no hay nada; no es la nada cuántica; no: es la nada absoluta. Tú eres todo. Todo eres tú.

Sin solución de continuidad.

#155 Uróboros

No me resulta fácil entretejer de un modo literario el mensaje que quiero hoy transmitir, en primer lugar porque se trata de la crónica de algo que jamás sucedió, o, si en verdad sucedió, lo hizo de una manera muy diferente a como lo recogen estas palabras: ayer, cuando terminé de comer a mediodía, me subí a la terraza a andar un rato; lo hice porque la sobremesa me estaba adormeciendo, la televisión me saturaba, y no quería echarme la siesta para poder dormir por la noche con mayor profundidad.

Al asomarme al paisaje desde lo alto del edificio, supe de inmediato que lo que estaba experimentado debía ser trasladado al papel. Así lo hice. Escribí una crónica verdadera, fidedigna, aferrada a la realidad.

Sin embargo, he aquí la dificultad a que hice referencia en la primera frase de esta entrada, después de escribirla la borré. Lo hice porque no me satisfacía. No había ritmicidad en el texto; todas y cada una de sus frases resultaban ser siempre la misma frase. Incluso las oraciones en pasiva, que, por regla general, aportan luz y vigor, eran percibidas por mí mente como piedras de cartón que no hacían ni ruido ni daño.

No obstante, soy de los que piensan que en un libro cabe todo; la alquimia de las palabras es infinita; el lenguaje, como el uróboros, es eterno; apresa lo inapresable; imagina lo inimaginable.

Por ese motivo, esta entrada deviene en el relato de un relato, el lector tiene mi permiso para pensar que deviene, en realidad, en el relato de un relato de un relato ―«y a ti, sí, a ti, que lees con fruición estas líneas, te concedo la potestad para que reflexiones sobre la tesis de que este post no es sino el relato de un relato de un relato de un relato»―.

Antes de despedirme, antes de volver al confinamiento por la pandemia, te dejo una prueba de mi presencia ayer en la terraza. Ya habrás adivinado que se trata de un recurso literario; una metáfora con que escribí el texto que finalmente fue borrado: «Al franquear el último peldaño de la escalera, un cielo majestuoso como un Almirante de la Marina me estaba esperando».

Ardo en deseos de escribir cómo escribí las anteriores líneas. (Y luego escribir cómo he escrito la anterior frase).

Y luego…

#149 Construcción de frases a través de periodos

Cualquiera que sea la reverencia de nuestro pueblo por el talento que emerge de la ciudadanía, pese o gracias al poso cultural, una fuerza opuesta y de semejante intensidad se derrama por gimnasios, discotecas, descampados y ciénagas. El que domina al colectivo, y de quien dependen todos los imperios, y a quien solamente pertenecen la majestad, la gloria y la independencia, es en el mismo plano temporal el único que se glorifica de hacer la ley a los reyes y de darles, cuando le place, grandes y terribles lecciones. Si la honestidad reinara en el corazón de los hombres, si la verdad y la virtud les fueran más queridas por los placeres, la fortuna y los honores, el mundo sería un lugar mucho mejor.

#144 La muerte y la luz

Hoy nadie se asusta si ve a un hombre rebuscando comida en un contenedor de basura. Es algo habitual, cotidiano, diario. La fotografía de la época que nos ha tocado vivir, por la anómala brutalidad de la crisis económica, nos enseña el paisaje con una transformación ostensible respecto de la época de nuestros padres. Hoy dicha metamorfosis parece haber adquirido un estatus de normalidad. La imagen cuasi apocalíptica de gente sin trabajo y sin futuro, de gente que ha renunciado a la vida —aunque siguen respirando—, es a principios del año 2020, por desgracia, una visión a la que todos nos hemos acostumbrado.

Yo, ayer, tuve la mala fortuna de presenciar la muerte de una persona en la calle; el óbito de un vagabundo tirado en la acera a escasos metros de un centro comercial. Un mendigo que se puso azul como un pitufo (el término médico es cianótico) mientras levantaba los brazos hacia mí suplicando ayuda. No pude evitar su muerte. Llamé por teléfono a los servicios de emergencias mientras miles de viandantes pasaban por nuestro lado sin ni siquiera mirar.

No obstante, y he aquí la materia motriz de que se nutre este post, mientras esperaba la llegada de los sanitarios, observé las pocas pertenencias del mendigo. Tirada en el suelo había una baraja de cartas manoseada y un paquete de pañuelos. Frente al muerto había una canasta de mimbre con dos monedas de 50 céntimos en su interior … Y en el regazo del mendigo… no más grande que la palma de una mano… una hoja de papel se balanceaba al compás del viento.

Estuve tentado de leerla, quise respetar su intimidad, pero la curiosidad poco a poco me vencía y la fascinación se iba apoderando de mí porque aquel hombre ya estaba muerto y porque poco importaba que yo la leyese o no. Manuscrita, y breve, su caligrafía era como la de un niño: sedosa. El azul del bolígrafo con que fue escrita dicha nota era azul almirante; tan bello resultaba ese color que el texto no parecía haber sido escrito por alguien abandonado en la calle.

Decía:

Siempre, in extremis, pese a todos, quizás gracias a todos, fuera de cualquier pronóstico razonable, exenta la participación de los dioses, abandonado por mis amigos y mi familia, quise yo como escritor experimentar a cualquier precio, soñé con bucles infinitos y dóciles bumeranes, me negué a usar un corsé, me sublevé contra el convencionalismo, el texto debía gritar, enmudecer al entorno, contradecir contradicciones, cerrándose

… sobre sí mismo.

Le hice una foto para no memorizarlo ya que supe de inmediato que traería esas líneas al blog. Al principio quise evitar la mirada de los curiosos, pero, como dije antes, a los vagabundos la gente normal no los mira. Una vez almacenada en mi móvil la información, volví a doblar el papel y lo dejé sobre el muerto, en la misma posición en que lo había encontrado

Me resulta muy nítida la intención que persiguió el mendigo al escribir esas pocas líneas. Después de estudiarlas con curiosidad, me doy cuenta de que quiso reflejar, en una serie de frases cuyo número de palabras va in crescendo desde el uno hasta el ocho, y, luego, decrescendo, desde el ocho hasta el uno (supongo que al escribir «dóciles bumeranes» hacía referencia a la propia expansión y contracción de lo que estaba escribiendo), quiso con ellas, repito, reflejar en la semántica un juego palabrescomatemático.

Sin embargo, lo más importante de esos 64 vocablos, abiertos al cosmos con un adverbio enérgico, cerrados como se cierran las cosas de forma natural (con el verbo cerrar); insisto, lo más notable del conjunto, más allá de la simulación con palabras del giro rotacional y el movimiento lineal que exhibe un bumerán, pese a la completitud de semejante redacción, repito otra vez, nos dice que lo importante está «en uno mismo». Y para rizar el rizo más si cabe, sobrepasando los límites de la casualidad, conquistando, por derecho propio, el terreno de la causalidad, el sustantivo central de esas magníficas líneas (la posición número 32) corresponde, como no podía ser de otro modo, a la palabra «escritor».

No sé qué pensaréis vosotros al respecto, no sé cuáles serán vuestras preferencias literarias, a mí ese párrafo me emociona. Me excita mucho más que la caterva de novedades mensuales que la industria del libro tiene a bien mostrarnos en las librerías y en las redes publicitarias. No solo me emociona más; me enerva comprobar que un miserable tirado en la calle escriba con más brío y solidez que los soplagaitas de nuestros literatos.

Me gustaría, ahora, dejar aparte la causalidad numérica y centrarme en la casualidad: la casualidad de que yo pasase por la acera justo en el momento en que el mendigo se ahogaba. Coincidiréis conmigo en que esto es una putada, pero, si, por razones que no vienen al caso, alguien reconoce la cianosis en un organismo humano… o al menos es capaz de identificar que otra persona se encuentra muy mal, está obligado a ayudarla. Más significativo me parece el hecho de que, minutos antes, yo paseaba tranquilamente por una avenida de tiendas iluminadas. A veces me detenía en el escaparate de una de ellas (vi unas botas de color marrón que me gustaron y que me parecieron muy caras); a veces me paraba, cogía el móvil, entraba en el whatsapp; recibí una llamada que duró 1 minuto y 17 segundos. En definitiva: un cúmulo de eventos aparentemente aleatorios que tuvieron como consecuencia coincidir con la muerte de aquel hombre, porque (no dejo de darle vueltas) si hubiese entrado en la zapatería y me hubiese comprado aquellas botas, no habría pasado lo que pasó: el vagabundo habría muerto pero yo habría pasado por su lado con posterioridad; no habría reparado en él; qué sé yo.

Tristemente, leyendo sus líneas, una angustia profunda y cuya fuerza se asemeja a la entrada de aquella pretérita luz —la luz al abrir mi madre la ventana del cuarto, despertándome para ir al colegio—, una angustia profunda, vital e innegociable, como si, en esos 64 milimétricos momentos, la existencia humana se condensara sobre sí misma, como si la vida tuviera nódulos que proporcionasen mayor velocidad, como ocurre con los nodos de Ranvier en el cerebro humano, cuando leo al mendigo, una angustia asfixiante invade mi ser hasta la última célula de la epidermis, invade hasta el último alveolo de mis pulmones, hasta el último eritrocito, hasta la última molécula de hemoglobina y hasta el último átomo de oxígeno, transformándome así en una persona que colapsa y que vuela, que muere y que vive; un hombre con un poder sobrenatural. Semejante estado de cosas me impulsa siempre a escribir. Las líneas dejan entonces de ser líneas y los huecos entre las palabras dibujan rostros de personajes de la Antigua Grecia, o el del panadero de esta mañana, o el de la camarera que tan amablemente me ha dado los buenos días, o la faz de aquel niño que me enseñó a atarme los cordones de los zapatos en la escalera amarillenta de un colegio de E.G.B. en 1980 y que desgraciadamente murió antes de cumplir los trece, y, además, en una aposición perfecta, con el gusto por la igualdad que mostraban los viejos arquitectos, con la maestría del pintor Diego Velázquez y con la mística de aquellos que se alejan de la ciencia, dos sustantivos se unen y brillan en la pantalla al escribir: son los ojos de ella…

El desbordamiento de la imaginación, tanto tiempo buscado, tanto tiempo pretendido, esquivo durante días, meses e incluso años, al primer toque de una corneta cuyo origen todos desconocemos, acontece; acontece y las imágenes emergen rápidas y lentas, superpuestas y paralelas y no obstante nítidas y cristalinas. Asoma su cabeza Miguel de Cervantes Saavedra con una melancólica seriedad. En las paredes de mi despacho fórmase un ágora donde están mi profesor universitario favorito, mi abuelo, Einstein, Servet, da Vinci… todos ellos de forma extraña me sonríen y cabecean asintiendo, dándome la razón pese a que yo no he expuesto todavía ninguna tesis. Veo las ramas de un árbol y detrás de él una avenida vacía se extiende; las hojas del árbol están mojadas, son tímidas, destelleantes; y hace mucho frío. Ella desliza la palma de su mano por mi pómulo derecho: besos de lluvia en labios lluviosos.

El sonido de las teclas del portátil, bajo la cúpula protectora que suponen esos nodos imaginativos, se convierte en el redoble de los tambores guerreros en lo alto de una colina anunciando el comienzo de la guerra. Guerras y amores. Desilusiones y proyectos. Testarudeces y abandonos. La letra escrita lo absorbe todo; lo magnifica todo, y el mundo, aunque acude a mis sentidos de un modo tan desnudo y tan primario, queda curiosamente alejado de mi persona.

Todo cobra sentido pese a la disparidad de los elementos que tienen lugar a mi alrededor. Ya no existen barreras, los límites se tornan imprecisos, nada taxativos. Equidistancia, volubilidad y ligereza conviven en armonía. La contradicción se asume como parte indisoluble de la naturaleza. El tiempo y el espacio, en bicéfala comandancia del universo, ya no pueden ser utilizados para establecer un orden de magnitud.

Tras la ventana veo el cementerio donde me enterrarán, y al fondo del pasillo veo el balón de fútbol de mi infancia.

Te vi morir. Leí tu nota. Descansa en paz.

#142 Abocetar una novela

Abocetar una pintura es fácil; abocetar una novela es farragoso porque la propia estructura impide la superficialidad del boceto; y no obstante esa contradicción, como con cualquier obra de arte, el escrito debe ser en primera instancia abocetado; no hacerlo significa paradójicamente dar al público un boceto, pero lleno de mugre y fango.

#141 Mil talleres de escritura

Nos muestra la empiria, con implacable tozudez, que los lectores que necesitan escribir, más tarde o más temprano, acaban siempre por desarrollar un oído finísimo para la composición de obras literarias; más fino, me atrevería yo a decir, que el de los escritores que venden hoy muchos libros. Así parece estar articulado este singular mundillo: no siempre es reconocido a primera vista el auténtico arte; Cervantes murió pobre, pero a principios del año 2020 nadie dudaría de su capacidad artística. Miles, no obstante, son los escribidores a lo largo y ancho del país a los que se les ha inoculado la falacia del paralelismo entre escribir libros y vender libros. Una novela no puede venderse si antes no es escrita, pero su venta, por desgracia, no depende de su calidad.

Con esa misma necesidad, durante tres largas y agónicas semanas, yo asistí, en el año 2016, a un taller de escritura avanzado. Me dio la vena. Me pegó la neura. La intención al matricularme en aquel curso no era tanto aprender a escribir de manera literaria sino más bien descubrir, experimentar y acaso dejarme llevar por nuevas perspectivas. Pronto me di cuenta de que allí no iba a aprehender nada, es más: recuerdo que mis sugerencias eran acogidas con mayor júbilo que las de la profesora que dirigía el taller.

Pero, qué duda cabe, en la parte más inhóspita del más árido desierto podemos ver crecer la más hermosa flor que hayamos visto jamás en nuestras vidas.

Hoy, revisando y limpiando los archivos olvidados del portátil, me he dado de bruces con una carpeta de nombre “Mil talleres” y cuyo contenido había sido olvidado por mí hace muchísimo tiempo.

La literatura ―tú lo sabes mejor que yo― se nutre de las grandes cicatrices, trampas selectas, rendijas ocultas, mentiras desproporcionadas (medias verdades), intercambio de planos y un sinfín de ardides. Yo hice trampas en aquel taller: grabé en audios del móvil a sus asistentes.

Rescato y traigo al blog la grabación más significativa de todas. Recuerdo que era una chica muy joven. Rubia. Delgada. (Esquelética). Con aspecto taciturno. Recuerdo que vino muchos días vestida con ropa de tonos verdogrisáceos. Se mostraba parca en palabras, pero no resultaba a primera vista una persona tímida, sino más bien segura de sí misma, con los ojos siempre abiertos de par en par. No entablé amistad ni con ella ni con nadie; cierto es que de allí yo salí, dicho de un modo vulgar, por patas sin mirar atrás. De ella conservo una imagen difusa en la memoria.

(Los signos de puntuación son míos: ignoro si fue escrito de este modo).

Yo quiero vivir tranquila, aunque sea a costa de una gran soledad. Lo he pensado mucho; he llegado a la conclusión de que existe una senda… una senda: el arte. En ella, yo me refugio a lo mejor porque no tengo otro sitio a donde ir, o a lo mejor porque este lugar merece la pena de verdad. En los dos casos, al escribir, no sé si hablo contigo o conmigo misma. A lo mejor tú y yo somos en realidad dos representaciones cínicas de una misma raíz.

He llegado a un punto en mi vida en que ya no estoy dispuesta a perder más en mi relación con las personas que me rodean. Yo ya no voy a salir perdiendo nunca. ¡Nunca más! No busco la victoria, que quede muy claro.

Jamás he querido ganar, pero ya no voy a perder; si esto implica una agria soledad, bienvenida sea.

Las palabras anteriores son el reflejo de las circunstancias que sufro a finales del año 2014. Si amurallarme significa no notar la caricia y no percibir el cariño de los potenciales amantes, me da absolutamente igual. A cierta altura de la vida, una gata abandonada no pide cariño; no araña, pero no juguetea contigo.

A mi juicio, en esa chica había madera de escritora. Su texto y su estilo atestiguan un mensaje insistente, que nos sacude a los lectores como si fuésemos un saco de patatas; no nos deja casi respirar, no nos es permitido rebatir su postura (en cierto modo muy razonable); no exagero si digo que al leerla tenemos la sensación de que nos pone un esparadrapo en la boca. He decidido traer ese audio para escenificar que incluso en el peor de los lodazales, como fue aquella triste experiencia, donde me robaron, por la cara, un buen puñado de euros, puede uno encontrar literatura de alta calidad.

Vosotros, en una primera lectura que siempre deviene en una aproximación superficial, no os habéis dado cuenta, pero aquella mujer nos escondió, tras sus letras, mucho más de lo que muestran en primera instancia. Curioseando en los entresijos de los párrafos, hago uso de la herramienta Contar palabras de Word, porque un pálpito me susurraba al oído la simetría del texto. (En ocasiones soy muy freaky). La función de Word ilustra mi asombro.

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Si al poner los puntos y las comas y al separar en párrafos la voz de aquella delgaducha mujer yo no estoy equivocado, estamos, sin ningún género de dudas, ante una escritora en potencia. Yo abandoné aquel taller de mala muerte, pero los que se quedaron, incluyendo su directora, no fueron conscientes de la bomba de relojería que había entre los alumnos. Tú, lector, ya ves en la imagen adjunta los números pares, pero, yo, además, he reparado en la relación numérica establecida entre los 4 párrafos: 88 palabras en el primero de ellos; la mitad (44) en el segundo párrafo; 18 palabras el tercer párrafo (mismo número de palabras que mismo número de líneas tiene el escrito en su conjunto); y el triple de 18 (54) en el cuarto.

¡Todas sus frases contienen un número par de palabras! Semejante métrica alumbra una intención larvada y muy elegante. ¿Quién coño era aquella mujer? ¿Quién aborda al escribir una arquitectura de esa índole? No escribió eso para ella. ¡Quiso llevar al lector a otra dimensión!

Escritora harapienta, parapetada al fondo de un taller de escritura, se dirige sin que «absolutamente» nadie conozca su trampa (como un agente encubierto del Mosad) a un lector imaginario cuya única característica ha de ser la inteligencia para descubrir el fondo plano del texto.

#140 Embrionaria

Leo el siguiente artículo y me resulta imposible abstraerme del paralelismo entre la vida del escritor y mi propia vida. Todo aquello que de mi pluma un día salió, con mayor o menor solvencia, no ha sido nunca enviado a una editorial, senso stricto no soy escritor, aunque la frontera y los carteles que delimitan esa tierra, ese campo, ese oficio, son difusos, contradictorios e inútiles. En cualquier caso, la lectura en Babelia me ha hecho reflexionar.

Escribir un diario con la voluntad expresa de recoger con palabras lo que piensas, sientes, vives, ves, recuerdas, necesitas o quieres, debe ser una experiencia fascinante porque de algún modo el director de la película de tu vida decide mover la cámara de forma tan brusca que desenfoca tu imagen multiplicándola por dos; como esas instantáneas a través de la ventanilla del tren donde un poste de la luz se divide en dos postes de la luz que son en definitiva el mismo poste: uno más rotundo y otro más etéreo. Este último, qué duda cabe, sería el que emerge de las líneas del diario.

Yo tomé muchas notas en la que probablemente fue la época más fructífera de todas en lo que a mi escritura se refiere. Esos cuadernos, adormecidos, ahora, al fondo de un armario que no es mi armario, nunca tuvieron la pretensión de convertirse en un diario. Pero puse fechas en algunas de sus páginas, así que en cierto modo podrían ser considerados como mi diario.

Una vez, al cobijo de los grandes escritores, de la gente que ha dedicado su vida al arte de la palabra escrita, de los individuos más expeditivos en el mundo de la literatura, decidí yo escribir, con toda la fuerza y significatividad de que soy capaz de volcar sobre un papel, el contenido de un cajón, porque, en un manual de narrativa, leí a un estudioso que sostenía la idea de que el escritor irlandés James Joyce, en uno de los pasajes de su Ulises, describía el contenido de un cajón en la cocina de Leopold Bloom con la intención de mostrar al lector la insondabilidad del recéptaculo.

Insondabilidad fue la palabra que actuó en mi cerebro como un gatillo, además de hacerme releer ese pasaje (insondable) del libro; esa cajonera sin fondo; ese contenido finito que alumbra el infinito.

He pensado muchas veces en traer esa página al blog, pero siempre desestimo tal posibilidad pues la verdadera fuerza del texto radica en algunos detalles que pertenecen a la esfera privada. Y me niego a retocarlo para que los lectores en internet no conozcan la vida íntima de quien escribe. No sabrá jamás el mundo si mi cajón tiene o no tiene fondo.

También hice esquemas. Dibujos. Personajes que conversaban. Pensamientos sobre la novela que intenté escribir: saltos fuera de la caja para hacerme ver desde una panorámica más amplia aquello que escribía. Bucles. Disgresiones. Potenciales elipsis. Atropelladas anotaciones sobre mis lecturas.

Los cuadernos tienen la etiqueta de ‘Embrionaria’.

Señala Antonio Muñoz Molina en el link que abre esta entrada, mostrando así cortesía y respeto sobre el escritor Emil Cioran, la presencia continua sobre su escritorio de Los Cahiers del rumano, y yo giro la cabeza hacia mi derecha y enfoco mi vista sobre los libros que tengo en mi mesa: El Quijote de la edición de Andrés Trapiello con la cinta separadora en la hoja en que Sancho le pide a su amo que no se muera; El Ulises con las dobleces de sus páginas indicándome cómo llegar a todos los lugares. Y Borges.

(Ahora dejo de teclear en WordPress y me acerco hacia ellos: el argentino, en una silla del siglo XVIII; el hibérnico, frente a una ventana de deslumbrante luz; el alcalaíno, alzando al cielo una espada. Este último me sonríe. El sudamericano me mira y ve más allá de mí. El irlandés abre la ventana y el aire del exterior hace ondular las cortinas; dice: «A magical trisyllabic number of yours lies indoors. We three are its unattainable corpse»).

#137 La técnica narrativa

Ve a una librería, mejor un día entre semana, cuando no haya nadie, cuando todos los libros estén ordenados y cuando el silencio de sus paredes te permita leer en paz. Ve y coge una de las últimas novedades, la que sea, la que más rabia te dé, aquella cuya portada te llame más la atención. Yo lo hecho muchas veces y lo sigo haciendo pese al sentimiento de desolación que me invade al leer a los nuevos escritores. Con las primeras páginas es suficiente muchas veces, porque preguntas como quién escribe, quién narra, a través de los ojos de qué personaje, qué tono o qué perspectiva, se resuelven con aciaga rapidez: el autor o la autora. A este hecho el adjetivo que mejor le va es monocromático. La falta de gracia y la torpeza de los nuevos (o al menos la de aquellos que consiguen pasar el filtro editorial y llegar a los estantes de las librerías) es desoladora, porque, tú ya lo sabes, el discurso literario en España está anclado a la figura del escritor o escritora, a su forma de ser, a su forma de ver la vida; llevan su posicionamiento ideológico y político a la página en blanco. Quizá no lo hagan adrede, pero no son capaces de evadirse de sí mismos y de pintar con palabras. A mi juicio, la alta literatura necesita del concurso de una gran técnica narrativa, porque la literatura tiene frente a sí una serie de obstáculos como disciplina artística que no pueden sortearse a menos que domines la técnica. Ahora seré sincero, contradictorio y complejo: el dominio de la técnica, por sí mismo, no te hará escribir bien. Y crudo, desagradable y prepotente: sin la técnica harás el ridículo.

El principal hándicap a que se enfrenta la palabra escrita es la yuxtaposición imposible. No puedes superponer las imágenes, no, no puedes. Hay, empero, trucos, falsos espejos, recursos útiles para proporcionar al lector la ilusión de que dos escenas se superponen la una a la otra. La pintura, por el contrario, sí está dotada intrínsecamente para plasmar en un mismo nivel dos realidades dispares. Ejemplos de simultaneidad pictórica los hay por miles, pero a mí me gusta especialmente el que refleja los instantes previos al fusilamiento del hombre de camisa blanca y —al fondo— el paisaje nocturno de Madrid, que pintó Francisco de Goya en 1814 en su famoso cuadro “El 3 de mayo”.

Atrapada en una incapacidad de dispersión flemática, morosa, lenta, deudora, muy parecida al castigo de la gota china, una narración es incapaz de someter al lector con la inmediatez de la pintura y, lo que resulta peor todavía, dirige nuestros ojos sobre un punto en concreto. Borges, por ejemplo, en su cuento El Aleph, consciente de la idiosincrasia literaria, lo explica del siguiente modo: Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor, […] Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. […] Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré. Luego vendrá una descripción de su descubrimiento, el Aleph, en la que no me resisto a subrayar la ruptura de la cuarta pared al dirigirse directa y fugazmente a quien lo lee. Es magnífico, por cierto, ese cuento. Leedlo o volvedlo a leer.

Sin embargo, frente a esta ausencia de explosividad, la novela no se arredra. La novela en manos de un buen novelista es un artefacto que merece la pena estudiar porque curiosamente es posible que pueda contener todo lo que nos rodea; es posible que acoja incluso en su seno al universo infinito pese a su finitud, el cuento del más inmortal de todos los argentinos es, de hecho, el mejor representante de esa tesis. Como con un dibujo de Escher, sin un centro gravitacional evidente, una narración puede hacer que veas diferentes estadíos de la naturaleza y que llegues a sospechar que tú eres sencillamente uno de ellos; a entender que detrás de ti hay otro tú, y luego otro, y luego otro más.

De lo poco que yo he leído, he sacado una conclusión que huele a inmutable. Concluyo que esa serie de recursos narrativos, que tú encontrarás en los manuales y que yo no voy a citar de modo didáctico excepción hecha del libro ‘Escribir’ de Enrique Páez, tienen como denominador común apelar a la inteligencia del lector en primera instancia porque todos ellos necesitan de alguien sensible al otro lado de las líneas. La narrativa, de esas escenas paralelizadas, se torna inteligente; no es minuciosa; escritor y lector se convierten en dos expertos en la materia; aquello que no se lee tiene mayor peso específico que aquello que se lee.

Veamos un ejemplo, brillante, de esta superposición.

Madame Bovary, con el que será su amante durante unos meses, pasea un día de fiesta soleado en que la población acoge una especie de festival agrario donde los agricultores se dan cita y donde se entregan una serie de medallas y reconocimientos a los habitantes por parte de las autoridades. La infiel pareja terminará por ocultarse, si no recuerdo mal, en el ayuntamiento, y Flaubert con un gusto exquisito, finísimo, espectacular, cruza las dos secuencias: el diálogo de Emma y el mancebo junto al discurso del enviado del gobierno. Ambos en estilo directo y sin dar más detalles, sin acotar nada.

Tiene un aire de guión cinematográfico. Es un ejemplo formidable de que para escribir no debes vomitar aquello que imaginas, sino abordar tu propia narración como el crítico, como el lector, como el editor, como el bohemio que, un día, entre semana, cuando no hay nadie en la librería y cuando las paredes de la misma le permiten leer en paz, coge un libro y lo abre.

#136 Lenguaje

Me apetece escribir. Y quizá tú no estás dispuesto a escucharme, porque tus ocupaciones y tus problemas, que son muy serios y que requieren de toda tu atención, te impiden leerme. Además, yo te avanzo, a través de un relámpago de sinceridad, que no tengo nada que contar: simplemente quiero escribir. ¿Escribir sin un tema? No parece muy lógico, ¿verdad? El mar empieza en la orilla. A los museos se accede por la puerta principal. Siempre hay un primer día de colegio, de instituto, de universidad, de trabajo; siempre hay una primera cita donde conocer a la otra persona; el abecedario comienza por la letra a y finaliza con la letra z. No consigo imaginar una situación donde alguien empieza a leer El Quijote por la mitad; no entendería nada. ¿Por qué no está en su casa? Y Dulcinea, ¿existe o no existe?

¿Recuerdas haber leído alguna novela cuyo comienzo tenga lugar in media res? Yo sí: Leviatán, de Auster… Mi intención sería la misma, pero, por supuesto, sin ayudar al lector a posicionarse dentro de la historia. Escribir por escribir. A capricho, juguetear con todos los elementos de la vida. Solo habría una regla que seguir: el lenguaje. El medio sería la palabra. No tendría un inicio evidente y tampoco tendría un final. La ausencia de sentido no vendría de la mano del autor; no habría sentido porque simplemente no habría nada. Una vez entendida esta perspectiva sin perspectiva, nos daría igual situarnos un minuto después del Big Bang o un minuto antes de que el universo expire. Yo seguiré escribiendo, tú ve, ve, ve y resuelve tus problemas con la vida. No te quedes aquí conmigo, porque aquí no hay nada que ver; aquí no hay nada que entender. El hilo argumental de este post está indefinido. Sin previo aviso, sin ninguna referencia y sin ningún contraste a partir del cual establecer una estrategia, este post muestra la aventura que supondría soltar a un ser humano en la mitad del océano sin que supiese nada. Nada de nada.

De esa manera es como intentan elevarse estas líneas.

Podría, en este instante, incluir la música que escucho por los auriculares en Spotify, pero no lo haré; no quiero guiarte hacia ningún punto; no pretendo ejercer ninguna influencia sobre tu persona. Es más, deberías estar arreglando todos tus problemas con la vida en lugar de estar aquí leyéndome. Vete. Vete. Hazme caso. No contestaré a ninguna de tus preguntas, no saciaré ninguna de tus inquietudes; este texto es agua porque agua es lo único que hay. Cuando tú te despiertas por las mañanas y abres los ojos, tu entorno es tu entorno, en él ves lo que siempre has visto, tu vida acude a ti porque siempre ha acudido, no hay explicación, no hay preámbulo, ahí estás tú y tu cerebro. Estas palabras (arruga los hombros ahora) son lo que son: van y vienen; vienen y van. Abrupto, pero solo porque las cosas son así, podría ser el remate de esta entrada con el punto y final que cierra este párrafo.

Pero no lo es, ese punto resulta ser un punto y aparte. ¿Por qué? Pues porque…

¿Has creído de verdad que te iba a decir el porqué en esos tres puntos suspensivos?

Contarte mi vida sería una torpeza e intentar adivinar cómo es la tuya sería un error. Detrás de estos símbolos no hay nadie; es la hoja de un procesador de textos que por sí sola vomita palabra tras palabra. Aquí no hay humanos, créeme. Solo hay lenguaje. Un texto que muere, que nace, que nace muerto, que muere vivo, que no sabe qué es la muerte, que no quiere saber nada de la vida. Frases que están por la misma razón que en el cielo están los nubes.

¿Qué pasa? ¿No lo entiendes? ¿Necesitas acaso una explicación más carnal? ¿De persona a persona? Quizás lo entiendas mejor con el estilo directo a través de dos ancianos que están en un parque, mirando la construcción de un nuevo edificio, sentados, tranquilamente, en un banco, manteniendo la siguiente conversación.

—No hay nada que ver, Julián.

—Pero hemos visto muchas cosas a lo largo de nuestra vida, ¿no crees? Hemos visto en primera persona lo mejor y lo peor de existir.

—Por eso precisamente no queda nada.

—Nosotros.

—Nosotros no tenemos significado. Somos la actividad inercial de un lenguaje que se resiste a desparecer. Somos parte de la imaginación de un escritor sentado en su despacho, tecleando enérgicamente. Nuestra historia se ha desvanecido; quien escuche estas palabras no tendrá un marco de referencia.

—Lenguaje, solo lenguaje.

—Así es.

¿Lo entiendes ahora? ¿Ves a los dos viejos sentados en un parque que no es parque y que en realidad es el limbo? Sí, ¿verdad?

Pero siempre hay más. Existe una historia oculta, y negra, y turbia, cercana al colapso, toda esa gilipollez del lenguaje oculta otro plano (y seguramente este plano oculto oculta a un tercer plano). No te sorprenderá saber cuán compleja es la realidad. Ya conoces el infinito, o por lo menos sabes de su existencia. ¿Infinitos planos? Claro, hombre, claro. Los dos viejos son la misma persona. Si no te lo crees, estudia con detenimiento esa breve charla y verás cómo uno de ellos usurpa el papel del otro porque no en vano son el mismo viejo; el mismo viejo que habla consigo mismo; tampoco te debe sorprender que ese viejo soy yo.