#64 Imagen especular

Los responsables de la siguiente narración no saben cómo expresar la gravedad de los hechos que a continuación se exponen. Además, quieren hacer constar el dolor y la angustia que vivieron al escribirlos. Todavía hoy no logran entender la espeluznante simetría del diálogo.

La cosa más mejor de todas sería como si…

—¿Por qué escribe Vd. de ese modo tan obscenamente desgraciado y torpe?

—Porque estoy contento por saber que al escribir cuando mejor escribo es cuando estoy en cama y me duermo poco…

—¡Qué mal escribe, por dios! Me duele la vista de la caterva de sandeces que acaba Vd. de vomitar. ¿Me haría el gran favor de detener su verborreica y burda exposición? Dígame, ¿por qué no reflexiona con calma sobre los aspectos meramente gramaticales y sintácticos del mensaje antes de escribirlo? ¿Por qué?

—Es que si lo pienso a lo mejor ya no me emociona y me aburro…

—No le falta razón, caballero: en una perspectiva estrictamente emocional, el ser humano siente la imperiosa necesidad de ser feliz, y el literato no es una excepción en este sentido porque debe abrazar la vida con igual o mayor intensidad que el resto de los mortales, pero su escritura —no la de él, no la de ese literato ideal sino la suya— mejoraría mucho, créame, si reflexionase Vd. con detenimiento sobre lo que quiere escribir.

—Es que yo no sé hacerlo tan frío…

—Entonces… no llegará muy lejos, joven. Me temo que si no cambia el rumbo, si no hinca los codos, si no navega por el océano del lenguaje… Mire, mire, la literatura es un asunto muy serio.

—¡Pero yo me siento alegre y quiero escribirlo!

—¿Acaso cree que yo cuando tecleo en mi ordenador no siento cómo mi espíritu es presa del júbilo y el gozo?

El sentido del show, eso que llamamos intuición, que nadie logra definir con exactitud y cuyo mecanismo escapa al conocimiento de la neurociencia, pulsa una nota invisible en el corazón de estas líneas y emite una sugerencia: explicarse debe cómo los dos personajes se miraban el uno al otro. Sin embargo, nosotros, los responsables de la redacción del texto, compungidos, todavía, por la desigualdad entre los dos protagonistas, estamos seguros de que el lector ha captado la imagen especular de la conversación y no necesita reproducir en su mente la mirada de los dos personajes; solo añadiremos un matiz, no iremos contra nuestra intuición: al final se hicieron íntimos amigos.

¡¿Se fueron de la escena riéndose los dos?!

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