#67 Estás tú y solo tú

Dales todo lo que poseas, no te quedes nada, algún día ellos vendrán a robarte, pero tú te habrás adelantado de forma elegante al robo. Dáselo, dáselo…, que no te importe perderlo, esa es la parte fundamental de todo el asunto: no temas perderlo, porque cuando te deshagas de todo, cuando te quedes a solas contigo mismo, desposeído de todo a excepción de tus células, ¡ahí, chaval, ahí!, en ese instante tendrás todo el poder del mundo. Serás el hombre más rico cuando te hayas desembarazado de lo superficial y te hayas quedado con el núcleo: solo con el núcleo. Que rujan, déjalos rugir: sus dentelladas darán en hueso, serán inútiles las muestras de agresividad; no te podrán hacer ningún daño porque no te queda nada, nada que no seas tú; tú en una forma inalcanzable. Así todo desaparece y todo cobra sentido. Al mismo tiempo eres y no eres. Se unen el espacio y el no espacio. Desde ese curioso sitio podrás conseguirlo todo. ¿No te lo crees? Créetelo, créetelo…, ahí eres invencible; eres un dios; nada te puede detener. Ni siquiera la muerte puede aniquilarte porque si consigues llegar a ese recóndito lugar, la muerte no podrá sino saludarte de lejos y de manera inofensiva, porque tú entonces serás inaccesible para ella, para todos, porque ahí estás tú y solo tú. ¿Quién sino tú? Tú, chaval, tú…

Estás tú y solo tú.

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#64 Imagen especular

Los responsables de la siguiente narración no saben cómo expresar la gravedad de los hechos que a continuación se exponen. Además, quieren hacer constar el dolor y la angustia que vivieron al escribirlos. Todavía hoy no logran entender la espeluznante simetría del diálogo.

La cosa más mejor de todas sería como si…

—¿Por qué escribe Vd. de ese modo tan obscenamente desgraciado y torpe?

—Porque estoy contento por saber que al escribir cuando mejor escribo es cuando estoy en cama y me duermo poco…

—¡Qué mal escribe, por dios! Me duele la vista de la caterva de sandeces que acaba Vd. de vomitar. ¿Me haría el gran favor de detener su verborreica y burda exposición? Dígame, ¿por qué no reflexiona con calma sobre los aspectos meramente gramaticales y sintácticos del mensaje antes de escribirlo? ¿Por qué?

—Es que si lo pienso a lo mejor ya no me emociona y me aburro…

—No le falta razón, caballero: en una perspectiva estrictamente emocional, el ser humano siente la imperiosa necesidad de ser feliz, y el literato no es una excepción en este sentido porque debe abrazar la vida con igual o mayor intensidad que el resto de los mortales, pero su escritura —no la de él, no la de ese literato ideal sino la suya— mejoraría mucho, créame, si reflexionase Vd. con detenimiento sobre lo que quiere escribir.

—Es que yo no sé hacerlo tan frío…

—Entonces… no llegará muy lejos, joven. Me temo que si no cambia el rumbo, si no hinca los codos, si no navega por el océano del lenguaje… Mire, mire, la literatura es un asunto muy serio.

—¡Pero yo me siento alegre y quiero escribirlo!

—¿Acaso cree que yo cuando tecleo en mi ordenador no siento cómo mi espíritu es presa del júbilo y el gozo?

El sentido del show, eso que llamamos intuición, que nadie logra definir con exactitud y cuyo mecanismo escapa al conocimiento de la neurociencia, pulsa una nota invisible en el corazón de estas líneas y emite una sugerencia: explicarse debe cómo los dos personajes se miraban el uno al otro. Sin embargo, nosotros, los responsables de la redacción del texto, compungidos, todavía, por la desigualdad entre los dos protagonistas, estamos seguros de que el lector ha captado la imagen especular de la conversación y no necesita reproducir en su mente la mirada de los dos personajes; solo añadiremos un matiz, no iremos contra nuestra intuición: al final se hicieron íntimos amigos.

¡¿Se fueron de la escena riéndose los dos?!

#52 Cementerios ennegrecidos

Suena cadencioso y continuo el ventilador a mi espalda, la casa se halla sumida en un silencio extraño, como si la vida hubiera dejado su huella y no quisiera ya volver. Un silencio que fue otrora roto en mil añicos por los chiquillos y chiquillas cuando correteaban y saltaban por estos pasillos. Ya no están, y pese al silencio me parece recordarlos; sus lloros, sus quejas infantiles, que antaño parecían fruslerías resultan, ahora en soledad, cuestiones de suma importancia. Son como el vapor de la locomotora que escapa por la chimenea: estético y efímero.

Estéticos y efímeros daban luz a esta casa empobrecida. No nos dábamos cuenta pero eran ellos y ellas los que dotaban de sentido a las paredes de esta vivienda. No éramos conscientes de que su inocencia infantil podía incluso dar calor en una chabola; que no importaba la calidad de los alimentos que a la mesa les servíamos ya que para ellos eran manjares.

Nos hemos ennegrecido. Lo que fue un hogar es ahora un cementerio. Decadencia es una palabra que uno pronuncia con rapidez pero cuyo significado se hace patente de forma inexorable y lenta, sobre todo lenta. Tan despacio que uno querría que se ennegreciera todo a su alrededor en un instante; querría poner fin a esta amargura. O que volviesen los niños.

O que volviesen los niños…

#49 Novelas dentro de novelas

—¿Tú para quién escribes? ¿Quién es el destinatario principal de tus letras? ¿Por qué tienes un blog?

—No sabría contestar con exactitud a tus preguntas. No poseo una respuesta clara y concisa. Lo siento.

—Pero supongo que lo harás por algún motivo. Debe haber una causa soterrada que te impulse a hacer lo que haces, en este caso a escribir. ¿Es porque te sientes solo?

—La soledad es una característica indisociable del que le da a la tecla. Escribir significa renunciar a ciertos placeres en la compañía de los demás, pero no creo que la soledad por sí misma y a priori sea la fuente primaria.

—En Navidades mi padre me regaló un libro, Salvaje animadversión, de Kol Borchgrevink, una novela donde el escritor noruego explora la convivencia de una comunidad cuya única regla es la no violencia entre sus miembros. Entre todos los personajes existe un escritor, su nombre es Helge, no sé si alter ego de Kol, que sostiene la idea de que el escritor escribe para sí mismo. Es más, en Salvaje animadversión, el escritor personaje está escribiendo una novela (cuyo contenido Kol no revela en su novela) que sólo deja a leer a su mujer, Ulla.

—¿Y Ulla qué dice? ¿Da su opinión de lo que escribe su marido?

—Como sólo deja que ella lo lea, piensa que ella es la destinataria porque su marido está enamorado de ella.

—Conozco bien a los escritores y estoy seguro de que ese noruego también habrá escrito la novela que Helge sólo deja leer a Ulla.

—Pues, como los lectores no tenemos acceso a ella sino de forma indirecta a través de la esposa, diría que… la habrá escrito para él mismo.

—No, no, no; no te confundas. Me atrevería a decir que Ulla es un personaje que representa una antigua novia de Kol Borchgrevink. Es a ella a quien escribe.

¿Ves, lector, qué fácil es a veces explicar las cosas otorgándoles diferentes planos, siguiendo una estrategia y creando un bucle a través de otro bucle?