#70 Los escritores

Dada la actual panorámica narrativa, no supondría ningún desatino afirmar que los escritores de ficción de este país son culpables de un delito imperdonable. Ningún lector se escandalizaría hoy en día si se dijese que los escritores merecen un castigo ejemplarizante. Merecen, en opinión de quien esto escribe, no alcanzar ni siquiera los quince ejemplares vendidos; no ser por la calle reconocidos más que por sus propios familiares; hundirse en el ostracismo en las redes sociales; tener un trabajo mísero y mal pagado para hacer frente al alquiler, la luz y la comida. Además, puesto que no es viable impedir el acceso al teclado de un portátil a tan ingente cantidad de personas, la lógica nos obliga también a ampliar el castigo al gremio de los editores por inundar de basura las librerías con miles de novedades. ¿Cuál es, no obstante, el crimen que han cometido los escritores de ficción en España? Muy sencillo: el crimen es desaprovechar una oportunidad única e irrepetible; el delito no es sino malgastar su tiempo y su esfuerzo en libros estériles y baldíos, en libros que son triste y llanamente un ajuntamiento de vocablos sin ningún viso artístico. Culpables de contar en vez de narrar, de contar en vez de pintar, armonizar, desdibujar o corporeizar. Pongan todos los infinitivos que deseen: los autores de este país cuentan en sus libros una simple historia; hacen caso omiso de las innumerables estrategias narrativas de que disponen; renuncian así a la verdadera creación literaria.

Ustedes cogen un libro de esa peña y a las dos páginas se dan cuenta de que el escritor no para de repetir yo, mí, me, conmigo. No tardan mucho en llegar a la conclusión de que el tío (o la tía) se ha sentado con el portátil en su sofá y ha empezado a contar la historia desde (y solo desde) su perspectiva, pero los lectores quieren algo más. El que compra un libro no quiere ver las costuras de la novela, quiere una narración con un poder evocador grande… pero si el tío erre que erre cuenta la historia con (y solo con) sus propios ojos, los lectores habrán tirado el dinero, pero se habrán hecho un selfie en la feria del libro. Ese es un tema diferente, claro. Pero es que…

Petulantemente arrogantes, hijos de dioses menores, insulsos hasta el sopor, los autores de este singular país son todos una retahíla de torpes literatos. Y un servidor hállase en el convencimiento de que ustedes de buen grado no aceptarían mis líneas sin una perspectiva múltiple (de la que carece precisamente el escritor español, la misma que con mayor o menor acierto el autor de este blog trata de imprimir en sus palabras), donde poder contemplar la deriva de la ficción española en este maleducado siglo XXI. No son infrecuentes las páginas donde todos esos aburridos escribidores dan forma a las palabras de un niño con las lentes de un adulto; o al deseo sexual de una dama desde la visión empobrecedora y estrecha de un varón. No quiero aburrirles con esos innumerables ejemplos de torpeza literaria, rompería antes un jarrón chino del siglo III a.C., sin embargo, obligado me veo a mostrarles…

Os merecéis mucho más. Al leer un libro, los lectores debéis aspirar a un truco de magia de dimensiones escandalosamente cósmicas. No necesitáis charamitas, pachangas, bromas estúpidas y trompetas malsonantes; la narración debería pegaros una ostia en toda la cara. Con la última línea la palabra escrita os debería decir: «Tened mucho cuidado conmigo, porque no me vais a olvidar nunca.»

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