La carta de acero

Hace mucho que no te escribe una de sus largas cartas, una de esas confesiones de verano con colores deslumbrantes y con tintes anaranjandos. Él querría escribirte una muy especial, pero no encuentra un instante a lo largo del día, aunque quizá lo más sensato sería admitir que se ha olvidado de tu persona, al menos de un modo incompleto; admitir que el trabajo lo consume y que el agotamiento intelectual y el cansancio físico nunca lo abandonan. Ahora casi siempre escucha música porque, dice, en ella palpita el sentido de la vida, ella es, insiste, como el eco… como la cola de un cometa llamado niñez. ¿Sabes que viaja mucho en trenes?, trenes que descubren lugares nuevos, pero, por desgracia, se trata de trenes sin final de trayecto. Él ignora y no tiene la menor intención de descubrir el andén donde apearse del tren. La ventanilla como interfase de apenas unos cuantos milímetros de espesor: ver sin ser visto y vivir sin ser vivido, pero resguardado del asfixiante calor por el aire acondicionado del vagón. Libros. Recuerdos. Impulso carnal. Coherencia. Desvanecimiento. Resignación. Ambición.

Un día te escribirá.

Un día te escribiré

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