#93 Libros fantasma

Una mano huesuda de piel arrugada y acartonada, una mano surcada por grandes venas superficiales (otrora azules y hoy verdosas), una mano de negros recovecos… se levanta del brazo de un sofá color carmesí. El dedo índice tembloroso pulsa el timbre que hay sobre la mesita. Una lámpara de luz cálida, ambarina y triste pinta las paredes de la estancia.

Tras unos segundos de silencio, la puerta del gran salón se abre. Enmarcada por los reflejos que proceden del pasillo, una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme blanco de dos piezas, una mujer de mirada tierna y dulce, dice:

—¿Me ha llamado el señor?

—Mercedes, esta noche no bajaré a cenar, así que puedes tomarte el resto de la tarde libre. Además, mañana por la mañana saldré para el aeropuerto a las cinco, lo tengo todo dispuesto para mi viaje; no necesitaré tus servicios… —el anciano duda por un instante de las palabras que debe utilizar— hasta nueva orden.

—No entiendo, señor. ¿Quiere que vuelva el lunes y espere su regreso?

—No, no… Me marcho y no sé con exactitud cuándo regresaré.

Cuando todavía resuenan los ecos de esa última y fatídica palabra por la habitación, un niño de pelo oscuro —liso, largo y elegante—, un niño vestido con pantalón azul y camiseta gris, pasa corriendo por debajo del brazo de la sirvienta. Grita: ¡Abuelo! La energía que trae en su alma la criatura es tan noble e intensa que involuntariamente roza las hojas y los bolígrafos que hay sobre la mesilla, de manera que van a parar todos al suelo.

El pequeño se abraza a la pierna del anciano. El anciano acaricia la gran cabellera negra de su amado nieto.

Si un espía pudiera acercarse a los papeles del suelo, leería en la primera de todas las hojas el principio de una larga despedida manuscrita por el viejo; que no es sino la antesala del viaje a un país del norte de Europa cuyo marco legal contempla la eutanasia.

Dejemos a la sirvienta esperando más órdenes y al nieto aferrándose al cuerpo (y al espíritu) de su abuelo. Hagamos leer a nuestro espía lo escrito en ese folio.

Miedo

Miedo es una palabra muy grande, que resulta excesiva y grotesca, pero el título de un texto es como una brocha gorda. Luego, vendrán los lectores con su monóculo y distinguirán los pequeños hilos de tinta de los laterales del gran brochazo, pequeñas gotitas de pintura que matizarán la dirección del trazo. Algunas de estas gotas, por fortuna, crearán un espejismo en unos pocos de ellos, inseminándoles la idea de que la brocha hizo acaso el recorrido inverso y que el autor, pese a la sentencia del título, no tiene, en realidad, ningún miedo.

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