#179 Por qué seguir a una persona en RR. SS

No me sigas, dale al botón de WordPress y deja de leerme. Lo que yo escribo aquí no es de tu incumbencia. Lárgate. Venga, arreando. Vete por ahí. Ni tú tienes un motivo para leer este blog ni yo te lo voy a dar. Vete a Instagram, al TikTok; entretente en otro sitio, aquí no se te ha perdido nada. Tú y yo no vamos a ser amigos. No vamos a ser una mierda. No siento el menor interés por tu persona y espero que seas coherente dado el modo en que te estoy despreciando. Ni me interesas tú, ni lo que te pase en el futuro, ni a ti ni a tu familia. No voy a leer tu opinión sobre el mundo. No quiero saber a quién le votas; qué te parece la última película de Nolan; ver las fotos de la comida que comes; las portadas o los párrafos subrayados de los libros que lees. No me interesas en absoluto. ¿Por qué coño sigues leyendo? ¿Qué pasa, necesitas que te insulten y que te peguen para irte? Lárgate, subnormal. Imbécil. Me cago en todos tus muertos, hijo de puta. Tu madre es una perra y tu padre es un mamarracho.

Púdrete.

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#51 Segunda persona

Ey, drogadicto de las redes sociales, ¿qué tal? ¿Cómo estás?

¿Surge suficiente efecto tu dosis diaria? No me digas que vas a pedirle al médico que te ponga otro chute. Está bueno, ¿eh? Cierras los ojos y te abandonas; te dejas invadir por los tuits que en breve lapso olvidarás. Sí… sí… sí. Mensajitos efímeros cuya vocación de pilar estructural eleva tu existencia hacia ¿hacia dónde? No lo sabes. Qué importa eso. No importa el destino, lo importante es el camino, chocar los vasos de vino.

Vómitos ácidos que (no) recorren la ácigos.

Tú (no) conocías la existencia de la vena ácigos, ¿verdad?

#47 Enredados en una red de enredados

Allí estaban todos. Reunidos, apretados y apiñados. Ahogándose sin poder respirar. No podían verse las caras los unos a los otros. En una sociedad que había desterrado las cartas y las postales, podría afirmarse sin medo al error que la interacción de todas aquellas personas era una interacción moderna. Una relación a la moda. Escribían mensajes. Los lanzaban a lo que denominaban, usando su propia terminología, la red. Curiosa palabra: red. ¿Qué sentido tiene lanzar un mensaje si queda éste atrapado de inmediato en una red? ¿No sería acaso más lógica y romántica una meta amplia como, por ejemplo, alcanzar el mismísimo cielo? Mirad si no la virtud principal del mensaje dentro de una botella en pleno mar: tiene un destino incierto; pero un horizonte casi infinito.

Si quieres una descripción más exacta, te diré que aquella gente intercambiaba, la mayor parte de las veces, chistes y groserías; debates estúpidos y estériles; adulaciones; muchísimas mentiras y escasísimas verdades. Entre ellos se contaban los que intentaban mitigar la soledad, otros, reforzar su ideología política en aburridos bucles eliminando —el término exacto era bloqueando— al que pensaba diferente. Entre esas gentes había una niña con sus cinco sentidos puestos en la última gilipollez de su cantante favorita; por quien la niña estaría dispuesta a hacer una serie de locuras que nadie sabía pero que tenía escritas en un diario; diario de cuya existencia papá y mamá nunca —¡jamás!— tendrían noticia alguna. A la niña, qué duda cabe, no le importaba cuán ridícula fuese la última excentricidad de la artista; porque todo en ella era perfecto; la cantante era una diosa y la niña, desobedeciendo día sí y día también las órdenes de sus padres, se pasaba las horas castigada en su habitación con los ojos fijos, enrojecidos y tristes en la red… esperando un gesto de la diosa donde verse a sí misma falsamente reflejada.

Al magnetismo de aquella red también había sucumbido un niño. Un niño muy malo. Un ser humano agresivo, malcriado desde el primer minuto de vida en su avinagrada existencia, que vomitaba su odio a los que allí se hallaban enredados. Inculto y necio, para el colectivo de enredados, enredadas, enredades y enredadxs él era un hater.

Añadiré, si quieres información complementaria y como colofón, a los adultos en paro, enredados. Funcionarios públicos con la pestañita de la red en sus pantallas, enredados. Novias frustradas, enredadas. Depredadores sexuales, enredados. Personas convencionales a las que la historia les otorgó la etiqueta de “normales”, enredadas. La red enredaba a través de su asfixiante enredadera. Y también estaban las empresas, las grandes corporaciones internacionales y los gobiernos de los países.

Todos (enredados) luciendo su avatar.

Yo también. No soy (tan) distinto.

#43 Las redes sociales

Las redes sociales —fruto única y exclusivamente de nuestra infectocontagiosa presencia y de la idiocia y anestesia social de esta época de la Historia que, paradójicamente, a la Historia pasará por su irrelevancia en el devenir de la misma— se han ido transformando con los años en un género de almacén donde cada día se hace más difícil trillar el grano de la paja.