#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

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#78 Leer en mi sofá [3]

Echo mucho de menos este libro. Llevaba años sin sentir la angustia por volver a abrir las páginas de una novela al día siguiente, esperando los instantes de ilusión con su lectura. Lo echo mucho de menos, anhelo sentirme otra vez de ese modo. He perdido la cuenta de todo lo que leo; la mayor parte de mis lecturas me satisfacen, me nutren, me dan vida. Y son pocas las que me decepcionan. Terminé de leerlo hace más de un mes, pero todavía no lo he olvidado; no he pasado página con él, aunque después vinieron otros muy buenos (por ejemplo, Leviatán, de Auster). Pero por algún raro e inconsciente motivo esa novela me caló, me llegó al alma. Cuando el texto retrocede 2000 años en la historia, la narración es deslumbrante hasta la náusea; es difícil recrear un salto en el tiempo con esa belleza y eficacia narrativas. Esta novela es la peripecia vital de… digamos… mucha gente: recuerda un poco al espectro de los personajes de Tolstoi y Dostoievski; no en vano el autor creo que también es ruso. Es brillante hasta decir basta y no cuenta nada de nada: todo lo que escribe tiene una función tácita: mostrar. Será el lector quien verá las imágenes, quien aprenderá debidamente la lección y quien disfrutará leyendo.

Qué ostia me pegó.

#71 Reflexión sobre literatura

Algunas consideraciones sobre la literatura «reader-friendly», por Rebeca García Nieto, en Revista Penúltima

Tal vez va siendo hora de sacar pecho como hace César Aira. Para él, “hay una élite a la que el pueblo desprecia: la gente refinada que lee a Proust y escucha a Stravinski. Pero hay otra a la que el pueblo ama: la de los que compran Ferraris y salen en las revistas mostrando sus casas en Miami. Yo pertenezco a la primera. Así que he tenido que resignarme al desprecio del pueblo porque el refinamiento es un camino de ida: ya no se puede volver atrás. El que una vez llegó a apreciar a Debussy ya no va a apreciar el reggaetón, ¿no?”

#7 Landau, conde de Bezzúbov

En Ana Karénina, de Lev Tolstói, podemos ver algunos la verán difusa pero yo la veo muy nítida la presencia del escritor en un personaje de la novela. Sí: Tolstói convertido en la figura más determinante del porvenir de la protagonista, pero no (o no solamente) con la omnisciencia del narrador, sino, además, con la figura que recomienda no conceder el divorcio a Ana.

Esa figura es un personaje absolutamente innecesario porque el destino de ella, desde las primeras líneas del libro, trazado está; al marido y a su nueva pareja no les hace falta ni por asomo un consejero para dirimir el tema del divorcio.

Otra prueba de ello viene del hecho de que dicho personaje sueña con esa fatal decisión.

Maravilloso Tolstói…

#1 Inapresable

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en quién es el receptor de las frases que el escritor vomita en sus momentos de mayor angustia? El mundo, me diréis, pero yo os insisto, ¿podéis acotar la búsqueda o centrar el tiro un poco más en la diana? Decidme: ¿A quién le escribe? A él mismo no tiene ningún sentido porque él ya sabe todo eso, él ya conoce la historia. ¿A quién entonces? ¿A quien le hizo daño? No, ¿verdad? El enemigo es absolutamente consciente del odio de quien escribe (también, del cariño, lo son los amigos). El escritor, en mi opinión, no puede escribir sino a alguien irreal; no es posible escribir de otro modo; el autor busca un fantasma a quien decirle: «Eh, tú, sí, tú… mira, este es el universo de mi psique. Cómpramelo. Quiérelo.» Con cada tecleo el escribidor brinca hacia una nueva dimensión: se exaspera si la génesis de su escritura procede del mundo tangible.

Por tanto, tú, lector o lectora, no perteneces a la realidad, eres inapresable a la ciencia, no puedes ser capturado por el reino del conocimiento.

Yo te saludo.

Presentación

Los tres números que dan nombre a este blog, tres números que hacen referencia a un cuento escrito por un famoso autor argentino, son mi pequeño homenaje particular a los rincones invisibles de la narrativa. La segunda parte, ‘kibu’, es una palabra escrita al revés; su razón de ser es que esa novela también está al revés.

921 páginas junto al espejismo del día y la noche asombrándonos al comprobar que la última es en realidad el primero representan las coordenadas vitales de este blog.

Escribir los títulos del cuento y de la novela, o deciros los nombres de sus autores, no sería elegante pero sería perfecto.