#27 Elegir libros

No es posible (ni tampoco saludable) vivir dándole la espalda al instinto. La racionalidad, más tarde o más temprano, se impondrá y homogeneizará, sin compasión y sin rubor, todo. Pero hasta su llegada un gravísimo error estratégico sería despreciar armas tan poderosas como el instinto y la intuición.

En el campo de las novelas, en la llanura editorial de la ficción, pululan muchos escritores que, aun sin haber leído ni una sola de sus líneas, no ejercen sobre mi persona ningún influjo sino, más bien y por desgracia, repulsión.

Marías es uno de ellos.

¿Por qué, en este buffet, tengo yo que comer de un plato que no me llama la atención? ¿Por qué?

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#26 Novedades literarias

No somos completamente conscientes del número de novedades literarias publicadas; no nos damos cuenta del daño que horada el tejido de la ficción. Cientos y cientos y cientos de novelas ven la luz para caer a la semana siguiente en el olvido. Creo que todas ellas son como los espermatozoides intentando alcanzar el óvulo. Toda la industria del libro al servicio de un único cigoto. Espeluznante.

#20 193, de Óscar Lindera Sagón

Ayer por la tarde compré en la librería de mi barrio la novela de un autor completamente desconocido; decidí arriesgarme y probar suerte adquiriendo un libro sin referencias previas, sin haber leído ninguna reseña; incluso diré que su portada me resultó un poco repelente (las tres hojas acristaladas de la puerta de entrada a un hotel y con el título ‘193’ en la más frontal de todas ellas).

193, de Óscar Lindera Sagón, editorial Cometas.

¡Qué maravilla! Os recomiendo su lectura encarecidamente. No os diré de qué trata… tan solo que esta novela me parece fascinante.

#15 Naufragio y selfies

Primeras líneas de la nueva novela de Patricio Sindo Alconte, Naufragio y selfies, publicada por la editorial salmantina Espejo. ISBN-10 8445000276 (639 págs.) Precio: 18,50€

El día más inesperado de todos, sumido en la monotonía de la rutina, el escritor —a quien a partir de ahora llamaremos S— estaba haciendo lo mismo que solía hacer a cada hora del día, cada día de la semana, cada semana del mes y cada mes del año: haciendo lo que había hecho durante toda su vida, es decir, nada. S no hacía nada y nada cambiaba a su alrededor…

Quizá nos hemos precipitado un poco mostrando una visión tan exagerada de S —no descartamos haber confundido al lector con esta visión—; S desayunaba; comía; veía películas; se duchaba; leía; escribía aunque después borraba; dormía y soñaba. Sensu estricto S hacía algunas cosas; sensu lato S no hacía nada realmente. No hacía nada y no deseaba hacer nada al respecto, pero en la profundidad de este círculo vicioso —junto a aquel estado de pasividad— la apología de la vagancia era la queja: una queja permanente, eterna, absoluta. S se quejaba de que no cambiase nada a su alrededor a pesar de que él no hacía nada para cambiar. Inactiva e inoperante: así se resumía la vida del escritor llamado S.

La situación se prolongó hasta —como dijimos en el primer párrafo de esta novela— el día más insospechado de todos: ese día cogió lápiz y papel y se puso manos a la obra: S escribió los tres primeros párrafos de la novela.

Los escribió (y no los borró).

#13 Consejo a un editor perdido

A nadie le sorprende la avalancha de novelas publicadas cada año en España. Es más: da la impresión de que la frase «Hay más escritores que lectores» proporciona mayor grado de exactitud de lo que uno a priori podría imaginar. Novelas, novelas y más novelas; novelas por todas partes… A mí como lector de novelas que busca recomendaciones de otros lectores —que husmea por el mundillo del libro— me sorprende el gran número de autores desconocidos. ¿Alguien cree de verdad en la sostenibilidad del hábitat literario a través de las ventas? Yo no, porque, a falta de suficientes elementos de juicio y tomando como guía los autores y autoras que sigo en twitter, las editoriales, las revistas y los blogs en la red, sin olvidar los certámenes anuales y las secciones de cultura de los grandes diarios, a falta de más datos, como, por ejemplo, los indicadores de ventas, no logro yo entender cómo sobrevive la industria del libro en este país. No lo entiendo porque veo languidecer en las librerías cientos y cientos de títulos… títulos que en el corto espacio de tres meses habrán desaparecido y darán paso a otros títulos que correrán igual suerte, excepción hecha de unas cuantas obras que por razones extraliterarias se verán impulsadas al interior de una gran bola de nieve, cuyo mecanismo, por cierto, nadie sabe, pero cuyo rédito económico mantendrá temporalmente a flote a la editorial o editoriales que las publicaron.

Esta sobresaturación del sistema me deprime; me desanima en mi búsqueda de grandes escritores, porque todos ellos —hay muchos, cientos, miles, quizás— no pueden ser genios de la literatura. Todos no pueden: mi particular conclusión es que el 95% de las novedades literarias son irrelevantes; representan la tonelada de excrementos de una oferta desproporcionada.

Si la casualidad hace leer a alguno de los agentes implicados en el mundo del libro estas líneas:

Pare, pare de publicar; los lectores no queremos más novedades por el mero hecho de la novedad: queremos buenos libros. No reviente más la oferta: seleccione la genialidad y la brillantez. Y si no tiene un conocimiento adecuado de las dos características anteriores, busque otro trabajo.

#8 Algo que no es

¿No os aburre todo lo que «sucede» durante el día? A mí sí. Mucho.

Lo que a mí me entretiene, no obstante, lo que de verdad me emociona, todo aquello que pulsa la cuerda más honda de mi ser «no sucede». No es que un amigo me diga algo; no es que mi novia me dé algo; no es algo de twitter; no es algo.

No es.

Está oculto. Se halla en estado de latencia, aparentemente inerte. Se esconde en el fondo de mi psique… o en las entrañas de un libro.