#188 Mi comentario en Jot Down

Hace un momento, he escrito un comentario en la revista Jot Down que quiero compartir con mis lectores. Ha sido en respuesta a una entrada publicada en la revista y cuyo título es «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!» y cuyo autor es José Lázaro.

Lo traigo aquí porque quiero que conozcáis mi opinión del tema, pero también porque la revista está en su derecho de alojar o censurar los comentarios que considere oportunos; en garantía de que no se pierda, yo lo transformo en una entrada de mi blog.

El núcleo del debate gira en torno a una pregunta: ¿Era Lorca machista?

Yo opino esto:

Va siendo hora ya, Sr. Lázaro, de valorar seriamente la posibilidad de que hay preguntas que no tienen respuesta o, al menos, de que existen ciertas cuestiones que los seres humanos somos incapaces de responder y por ende solventar. Yo no puedo decirle si el sistema para comprender la Naturaleza de la que formamos parte intrínseca es completo e incoherente o si, por el contrario, es incompleto y coherente. Si Vd. analizase semejante tesitura, tarde o temprano llegaría a la misma conclusión con que yo inicio el comentario a su post «¡Porque yo me fui con el otro, me fui!»: la respuesta correcta a determinadas preguntas, especialmente a las más intricadas de todas ellas, trasciende o está más allá de los métodos de que disponemos para contestar preguntas. Podríamos (y de hecho lo hacemos) percibir no obstante esa verdad, ¡a pesar de nuestra racional incapacidad! Curioso, ¿eh? En otro orden de cosas, prosigamos: ¿Lorca era machista? ¿Sí o no? Pues yo, siguiendo el esquema propuesto en las anteriores líneas, me atrevería a decir, o me gustaría pensar (¡qué demonios!) que, con independencia de si el granadino era o no machista, lo que quiso fue plantear la pregunta de si era machista, más allá de si su público, al contemplar su obra, se decantase en uno u otro sentido. Mire, Sr. Lázaro, el debate sobre el feminismo tiene hoy en su seno muchas cuerdas que se entrecruzan y que imposibilitan la articulación de un discurso “verdadero y absoluto”, como tampoco lo tiene, por cierto, el debate político. Dos de esas cuerdas son: 1. la cuerda que pretende el poder y 2. la cuerda que busca la verdad; como he dicho antes, insisto, hay más cuerdas, más matices, pero esas dos son suficientemente explícitas para entender la incapacidad de alumbrar la verdad en este tema. Mujeres hay muchas… y aunque hace muchos años yo solía decir que todas eran iguales, hoy sé que todas son diferentes. Estamos atrapados dentro de la Naturaleza, discutiendo como energúmenos quiénes de nosotros llevan razón y quiénes no. Nadie puede escapar del marco de la Naturaleza, nadie puede salir fuera de esta caja donde todos sus elementos están interconectados, nadie puede alcanzar una perspectiva por encima de la Physis que permita conocer a esta última con total certidumbre. Es muy torpe asignar a un dramaturgo homosexual (igual de torpe sería hacerlo con uno heterosexual) la capacidad para definir a una mujer; tampoco las dramaturgas homo u hetero podrían; porque mujeres hay muchas y muy diferentes. Y no solo eso: una mujer a lo largo de su vida puede ser muchas mujeres. Si le soy sincero, fuera de que las mujeres y los hombres han de ser iguales en la sociedad para todo, para hacer lo que les dé la gana, y ello incluye eructar y tirarse pedos, por poner dos ejemplos que claramente pertenecen al grupo de los hombres, el debate del feminismo y del heteropatriarcado es absolutamente inútil. Hay que conseguir la igualdad. Tan solo eso. Y eso incluye que si algunas de ellas se ven dominadas por fuerzas que nublan las partes más lógicas de sus cerebros, que persiguen la hermosura de ciertos hombres; y si lo que finalmente deciden es acostarse como perras sumisas ante esos hombres a los que aman, hay que aceptarlas tal y como son, tal y como se acepta a aquellas que toman posturas contrarias a esas actitudes en la vida. Las “etiquetas” que tanto se discuten en twitter hoy en día no pueden ser definidas y abordadas por un discurso monocorde.

#187 Et voilà. La solución

¿Y si la solución al problema está compuesta por los mismos caracteres (por las mismas vocales y las mismas consonantes) que conforman esta pregunta? No tienes ganas de estudiar esa propuesta, ¿verdad? Ausente la energía durante un largo periodo de tiempo, no es descabellado afirmar que ya no tienes ganas de estudiar la cuestión, no sólo extrayendo las consonantes y las vocales de esa pregunta, mezclándolas, después, a ver si se enciende alguna bombilla, por tenue que sea su luz, sino, mucho más peligroso, de nada; no tienes ganas de absolutamente nada. Y, sin embargo, dada tu extraña naturaleza (cuanto menos atípica) intuyes que allí donde no quieres escarbar, ni en la cuestión inicial que abre esta redacción ni en las frases que, arabescamente, la prolongan, tienes no obstante el pálpito de que escribiendo podrías despejar la ecuación. Lo intuyes, lo intuyes… Sujeto. Verbo. Predicado. Ipso facto en tu mente los elementos resuenan y pintan y resbalan y se estrellan y se salvan. ¿Y si la solución al problema está compuesta… En comparación con tus otras obligaciones, cuando escribes te tornas en un ser productivo. Alumbras cientos de redacciones; estableces focos en los subtemas; abarcas toda la catedral (pese a no haber en realidad ni un mísero ladrillo puesto encima de otro mísero ladrillo) dentro de tu cabeza, a través de los dedos sobre el teclado, a través de todos esos recursos literarios que como un niño jugando con curiosidad, y no como el adulto que eres, no como el adulto que se sacó la carrera; sino de un modo inocente, amplio y luminoso, alumbras, y alumbras… y sigues alumbrando.

#186 Nubes de sangre

Cuando algo se desequilibra, escribe. No sabe muy bien el porqué de semejante tendencia; la acepta; la abraza. Si su entorno se astilla (y lo cierto es que a su alrededor solamente hay astillas y basura), esa persona, cuya descripción está ahora fuera de lugar, escribe. Se pone a escribir de una manera frenética, pero si un observador externo analizase la fuerza, la frecuencia y la regularidad de los pequeños y suaves golpes en las teclas, no podría en modo alguno inferir cuán frenética se siente esa persona. El científico de marras vería a alguien frente al ordenador escribiendo, quizá apuntaría ciertas pausas durante el tecleo en las que se adivinaría no ya el estado de ánimo sino más bien la elección reflexiva de los sustantivos y los adjetivos y los verbos que portarán en su interior las frases. Lejos (muy lejos) de la locura que desemboca en la escritura.

Cuanto más alta es la montaña de mierda a su alrededor, menos intrincada resulta la elección de las palabras. Si más fea es la existencia, más brillo tiene la sintaxis. (Esto el analista no lo sabe). La persona que escribe, por el contrario, sabe con asombrosa exactitud de dónde viene, hacia dónde va, qué pretende, qué significa y qué esconde su texto. ¿Tú has visto alguna vez ese tipo de nubes que, con el contorno parecido al de una fruta, quizá una manzana, o una pera, emerge —nace— hacia arriba y colapsa —muere— hacia abajo sin desplazarse de la posición que ocupa en el cielo? El acto de escribir para quien protagoniza esta entrada se parece muchísimo al ciclo vital de los cristales de hielo y las minúsculas gotas de agua formadas cuando el vapor de esta última (que contiene el aire) se condensa.

La moraleja de esta entrada no puede ser otra que una donde te imagines la astilla de una madera, la sangre que brota de la herida al clavarse dicha astilla en la carne, pero el proceso de cicatrización has de imaginarlo mucho más rápido de lo que en realidad es: es como una nube… que sale y se esconde. (En el medio alguien escribe).

#185 Tenet (2020). Christopher Nolan

Warner Bros. Pictures

Durante mucho tiempo la introducción de este post giró en torno a nueve preguntas; nueve preguntas cuya intención más directa no era sino provocar la indignación y la ira en el lector. Yo busqué ofenderte. Yo quise insultarte. ¿Cómo lo hice? Con una reductio ad absurdum, pero, a pesar de cumplir el objetivo con creces y a medida que este texto crecía, fui dándome cuenta de que esas nueve preguntas no casaban con el resto del artículo. Las borré. Escribí lo que acabas de leer. Cambié el pasado… O quizá no cambié nada, porque tú no has leído ese arranque fallido. De él sólo tienes una vaga reminiscencia. Una resonancia lejana. En cualquier caso, como dice Robert Pattison en Tenet: “Lo pasado pasado está”. El pozo irreal donde yo quería meterte a través de la absurdidad se resume en una pregunta muy sencilla. ¿Cómo podemos saber si una determinada expresión artística, en este caso una película, es mejor o peor que otra?

Para piruetear semejante obstáculo no hay ninguna duda, más allá de las polémicas entre haters y fans, de que necesitamos un nuevo plano. Necesitamos una definición exacta y minuciosa del término “mejor”.

Con este método avanzaríamos un paso y retrocederíamos dos. Cada poco la necesidad de una nueva perspectiva nos asaltaría en el camino. A “calidad” pronto la sustituiría “belleza”. Más tarde o temprano “plasticidad”. Y luego: Empaque. Estilo. Redondez. Maestría. Elegancia. Y así un largo etcétera. Y así hasta el infinito. La respuesta correcta, como habrás imaginado, es que no hay ninguna respuesta correcta. Quien esto escribe cree que el arte es relativo. Cree, además, que el arte no posee a priori ninguna meta ni ninguna función conocidas. Las diversas artes vendrían a ser manifestaciones que se alimentan y se digieren a sí mismas en un cíclico metabolismo. Muchos de vosotros habréis leído la cita de Oscar Wilde que defiende esa tesis: art for art’s sake. Pero, a menudo, por desgracia, los cineastas nos aleccionan de manera incoherente y vana, o lanzan demagogia política en cada escena y en cada línea de guión.

Se hace. Se ha hecho. Se hará.

Éste es el segundo largometraje que traigo a mi blog. El primero fue Zodiac, de David Fincher. Huelga decir que a partir de ahora destriparé la película: Spoilers.

(Ah, por cierto, la introducción es todo lo anterior).

A mí Tenet de Christopher Nolan me ha fascinado. Me ha deslumbrado. Del mismo modo que ya lo hizo en Interstellar, Origen o El truco final. El cine de Christopher Nolan es un tipo de cine muy concreto; en él, con su trama, se propone al espectador la resolución de un puzle: un puzle que, como muy bien saben los nolanianos, es imposible de resolver con un único visionado. Tenet no es la excepción a esta regla sino más bien el paradigma de la misma. Quien esto escribe la primera vez que la vio la disfrutó; la segunda la entendió.

Voy a guiarte poco a poco hasta el centro gravitatorio de la película. Mira. Escucha. Presta atención. Un artista ha de ser muy valiente para escribir una novela tan barroca como El arco iris de gravedad. Su autor, Thomas Pynchon, en aquella época al escribir su libro más famoso, fue sin duda víctima del engreimiento porque El arco iris de gravedad no puede escribirse desde la bonhomía, la humildad y la modestia. No, no se puede. No le des más vueltas: es imposible. De la misma manera, Ludwig van Beethoven, al componer el segundo movimiento de la sinfonía nº7, experimentó por el resto de la humanidad una misantropía más grande que el Empire State Building. Es difícilmente comprensible la profundidad de semejante música sin hollar el alma humana. En mi opinión, por las venas del cineasta británico corre una sustancia muy parecida a la que llevaban el novelista lisérgico y el músico grandioso. No en vano, el salto a la fama de Christopher Nolan se produce —discúlpame de antemano, lector, por el improperio— con una sacada de polla delante de la comunidad cinéfila que no tiene parangón ninguno con su segundo filme, Memento.

¿Qué es Tenet? Tenet es un palíndromo: una palabra cuyas letras dispuestas de una manera específica resultan las mismas leídas de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. No obstante, el rizo se riza un poco más porque Tenet forma parte de un cuadrado sator: un multipalíndromo: la matriz cuadrada con reminiscencias a los cuadrados mágicos numéricos, en este caso donde cinco palabras, SATOR, AREPO, TENET, OPERA y ROTAS, devienen en la repetición no sólo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, sino, además, de arriba abajo y de abajo hacia arriba; la cruz central de dicho cuadrado está formada por la palabra TENET tanto en horizontal como en vertical.

Podríamos considerar al hecho palindrómico y por extensión al multipalindrómico y, así, hasta el infinito si pretendiéramos desentrañar los secretos de la Naturaleza, bebiendo agua sin llegar nunca saciarnos y escuchando de fondo (muy al fondo) la obra de Johann Sebastian Bach, y al leerme tú y al escribirte yo a través de este blog, podríamos considerarlos, repito, conceptos inherentes y constitutivos del lenguaje; resbaladizos, complejos, oscuros, para una película; monedas comunes en la ciencia genética. En la narrativa cinematográfica la palindromía no nos resulta obvia; nos resulta muy, muy, muy compleja. Lo mejor y lo peor de este filme podría ser perfectamente la necesidad de volverlo a ver en un formato distinto como el blu-ray o la plataforma online. Ésta es el arma arrojadiza de quienes detestan a Nolan y, al mismo tiempo, la razón principal de por qué sus admiradores van al cine a ver sus películas.

En cualquiera de los dos casos, de la misma forma que alguien puede disfrutar de La La Land (2016, Damien Chazelle) sin ser consciente de sus múltiples guiños y referencias a las grandes obras de cine, un espectador puede disfrutar de Tenet sin cerrar todas y cada una de las piezas del puzle, porque la premisa donde asienta la cinta, la inversión del tiempo, es intuitiva. A medida que las imágenes surgen en la pantalla todo va cuajando poco a poco en la mente del espectador. El villano tiene la capacidad de anticiparse al futuro precisamente porque, en lugar de ir desde la causa al efecto, va desde el efecto a la causa y, en dicho tránsito y con una información tan eficaz, puede cambiar las cosas en su beneficio. Otra cosa diferente, y aquí pisamos la arena filosófica, es si las cosas pueden realmente o no cambiarse; si las cosas son como son. Este meandro argumentativo es contemplado por el guión, pues, en un un momento dado, Priya (Dimple Kapadia) le dice al Protagonista (John David Washington) que si los malos consiguen salirse con la suya, el presente no sería el que es.

Al espectador, sin embargo, la entropía inversa le será presentada en el tercer tiempo del acto primero, mucho antes de que sepamos de la existencia del torno temporal que Sator (Kenneth Bragahn) tiene en la ciudad de Oslo. Así, tras un arranque que a mí particularmente me dejó pegado a la butaca, por el ritmo, por la música, por la enigmática cinta roja de la mochila y por la madera astillada de un asiento que se recompone y desde donde sale una bala hacia atrás para salvar al Protagonista, este último, tras un periodo de tiempo indeterminado dentro de las instalaciones de la organización Tenet, o al menos consciente de su actividad, irá a una de las sedes de dicha agencia donde le explicarán in situ (extrayendo proyectiles desde un tabique hacia una pistola) en qué consiste la inversión temporal. Al final de la película, en su plano más primario y básico, todo queda cerrado, pero resulta endemoniadamente difícil de finiquitar al cien por cien. Espero su advenimiento en las plataformas digitales (en los videoclubs del siglo XXI) para poder cerrar el círculo de manera absoluta. En este sentido, aunque mi intención inicial no era diseccionar la cinta; no era clarificar su guión y su historia (hay muchos blogs que atienden esas necesidades mejor que yo), sino defender artísticamente la película, pese a ello, repito, he aquí mi tesis, seguramente errónea y/o incompleta. He aquí mi pequeño granito de arena sobre el puzle de Tenet.

(Los tres párrafos previos son el preámbulo del nudo).

Si sigues leyendo esta entrada, es porque has visto la película, probablemente te ha gustado y quieres saber más sobre ella… Cuando alguien decide sumergirse en un bucle artístico, ha de conocer forzosamente la existencia del punto de fuga; quizá punto de fuga no sea el término más exacto; sería, también, punto ciego. Unas coordenadas espaciotemporales que el espectador ni ve, ni comprende, ni sabe, ni puede saber, ni nada de nada… Tenet lo tiene, claro. No puede no tenerlo. A continuación te dejo una imagen que revela a las mil maravillas la ceguera y la fuga a que me refiero. Se trata de Galería de grabados (M. C. Escher). Lee sobre Escher. Investiga su vida. Su obra. Intenta llegar a alguna conclusión: descubrirás la existencia de un lugar virtualmente inaccesible.

(He ahí, en el párrafo de arriba, la esencia del conflicto).

Resulta sensato pensar que en una película donde el fin es el principio (donde el principio es el fin) ha de haber una escena disruptiva, cuyos fotogramas han de chirriar en nuestro cerebro, más o menos como cuando nos fijamos en una cinta de Moebius. [Al margen: el punto inaccesible en Origen, película de la cual yo sostengo la teoría de que no podemos saber si el tótem cae o no cae porque ambas partes son igualmente posibles, ya que, entre otras cosas, ignoramos si Cobb sueña o si Cobb recuerda (quizá algún día me decida a escribir ese post), el punto inaccesible en Origen, repito, es planteado por Nolan cuando Arianne (Ellen Page) rompe el espejo en un puente parisino intentando delimitar ese curioso espacio]. En los dos visionados de Tenet me llamaron mucho la atención tres cosas: Una. La entrada en escena de Robert Pattison (seria muy interesante visionar el largometraje en VO para cerciorarse de lo siguiente): sus palabras resultan extrañamente tristes, desacopladas; a lo mejor incluso desproporcionadas; sin sentido y sin razón de ser. ¿Por qué esa borrachera? ¿A qué viene esa mirada de “todo me da igual”? ¿Por qué tiene un matiz desabrido, viejo y sabio? Porque, como veremos en el desenlace dos horas más tarde, el pinzamiento temporal tiene lugar en torno al Protagonista, y Pattinson, en el inicio de la película, vive el final de la relación con su colega. Es más (y esto puedes no entenderlo): el Protagonista ha muerto aunque está tomándose una cocacola zero y hablando con Pattinson. Importante: en este entierro tienen vela cuatro personajes: 1. Robert Pattinson del futuro. 2. Robert Pattinson del presente. 3. John David Washington del futuro. 4. John David Washington del presente. A partir de ahora. RPF. RPP. JDWF. JDWP. Dos. Cuando el Protagonista (JDWP) encuentra una de las nueve partes del algoritmo (tras robar lo que él creía plutonio descolgándose del camión de bomberos), le dice a su compañero no haber visto semejante encapsulación con anterioridad, pero, al principio de la película, también dice lo mismo cuando ve el armatoste… lo que me lleva a enlazar con la cuestión número Tres. “Bienvenido al más allá” es la primera frase con que se recluta a JDWP para trabajar en Tenet y que, tal como yo lo veo, simboliza una de las posibles explicaciones respecto del punto número dos: el Protagonista del asalto a la ópera no es JDWP, es… JDWF.

Si te has perdido, aquí tienes un vídeo de los chicos de Espinof que lo explican con nitidez y precisión (aunque no contemplan la propuesta final del párrafo anterior).

La solución que ha trascendido en internet es la de que él sencillamente se recluta a sí mismo.

Tiene lugar un decalaje de una hora en el tiempo. La (segunda) pastilla de cianuro no era de cianuro. Ha superado la prueba para trabajar en Tenet. Le reconstruyen la boca. Comienza su periplo para la agencia abandonando su trabajo en la CIA. No sé vosotros, pero si veis el vídeo que os he enlazado más arriba y comprendéis la redondez de la película, diría que los cuatro personajes resultan más redondos (¡multipalindrómicos!) con la conclusión que yo propongo.

Además, si Tenet tiene un cabo suelto, si Tenet tiene un punto ciego (y lo tiene porque Washington dice ver la extraña encapsulación por primera vez en ambas ocasiones), seguramente ese punto ciego es éste.

Es más: la magnífica cinta de Moebius que supone el largometraje tiene como eslabón invisible a la escena que yo considero más bella a nivel fotográfico de toda la película: cuando el Protagonista es capturado… La cápsula de cianuro… Algo extraño ocurre. El villano lo retiene e interroga… Manipula el reloj… Todo vuelve a ocurrir. Ahora sí. Ahora se suicida. Pero… Durante esta escena concreta, la fotografía es muy diferente a la del resto del filme. Aquí el primerísimo primer plano de Washington nos interroga a los espectadores. En esta escena todos los elementos de la imagen son subsidiarios del trasfondo de la historia, de cómo se cruzan los trenes (de cómo chirrían), porque está ocurriendo algo que no vemos, porque está ocurriendo algo que no entendemos. Pese a ser una apreciación muy personal y subjetiva, creo que el filme en ese momento resulta espectacular, bellísimo, sublime.

Además, bienvenido al más allá no puede ser una línea de guión gratuita; es el cierre, es el verdadero cierre argumental, o uno de ellos, o uno de tantos. Aunque esta frase es pronunciada en los primeros compases del nudo, justo después de la presentación, estoy convencido de que todo encaja en este momento concreto.

Si el bucle con Kat (Elizabeth Debicki), cuando ve a una mujer lanzarse desde el barco, que le infunde, nunca mejor dicho a sí misma. el valor suficiente para abandonar a su marido, si este bucle, repito, nos resulta fácilmente identificable, el bucle en las vías del tren con el cianuro y el reloj, una escena icónica, mayúscula y compleja, es el bucle del mismísimo Protagonista. Quizá sea el punto ciego de las dos horas y treinta minutos que dura Tenet.

¿Por qué dice lo mismo dos veces? ¿Qué sentido tiene plantear al espectador una elipsis narrativa tan amplia desde las vías del tren hasta el barco donde se le recluta? ¿No se pone acaso el Protagonista una pegatina azul antes de bajar de la furgoneta que la CIA tiene apostada en la ópera? ¿No va con la máscara? ¿No le dicen “Bienvenido al más allá? Yo creo que hay demasiadas evidencias que no apuntalan la tesis de que simplemente se recluta a sí mismo. De los cuatro personajes en órbita, ¿por qué dejar caer o hacer desaparecer a JDWF sin más ni más?

El asombro al ver la extraña encapsulación en dos ocasiones diferentes lanza un órdago al espectador.

Christopher Nolan en Tenet, como ya hizo en Origen, deja una pequeña grieta…

(Ah, por cierto, acabas de leer el desenlace. El irresoluto conflicto ha sido resuelto).

Sinceramente: creo que hemos desgastado la etiqueta “Obra Maestra”

¿Es la última película de Christopher Nolan una obra maestra? Pues, mira, no lo sé, qué quieres que te diga. Sólo sé que me gustó mucho; no puedo decirte más. La temática se sostiene en torno a la idea de que las generaciones del futuro, con sus costas inundadas de agua por el cambio climático, intentan invertir la flecha temporal. Este hecho parece no tener mucho calado ni en los espectadores ni en los críticos, pero a mí me parece muy importante. La cinta es un rompecabezas y si no te gustan los rompecabezas es lógico tu aburrimiento con ella. La filosofía de un universo determinista a mí me parece un gran aliciente. Nadie se sentirá engañado o sorprendido si digo que Christopher Nolan domina el blockbuster. Personalmente creo que llevar a la gran pantalla la idea de un agente luchando contra sí mismo, haciendo al espectador partícipe del flujo temporal convencional y el flujo temporal invertido, es una magnífica noticia para el mundo del celuloide. Tenet no es perfecta (ninguna película es perfecta). Mucha gente no está dispuesta a escalar el Everest, no quiere pensar; quiere una estructura fácil y cómoda. El héroe no tiene casi atributos y a ratos puede parecer plano, en ocasiones alterna la ignorancia de su personaje con la soberbia de James Bond. La relación materna de Debicki con su hijo no es creíble en absoluto. Polar y apolar son el agua y el aceite… Da la impresión de que ninguna de las relaciones personales de Tenet cuaja. Al espectador le cuesta mucho ponerse en la piel de los actores, excepto en la de Pattinson… sí, en la piel de Robert Pattinson: un actor al que yo personalmente no lo tengo en gran estima, pero que, en Tenet, sobre todo cuando hemos entendido que ha sacrificado su vida (o que la va a sacrificar, dependiendo de cómo leamos el curso temporal de la película), nos enganchamos a él. De hecho, su interpretación, en mi humilde criterio, ase la nervatura del personaje con fluidez; Washington, por el contrario, debuta; no nos obnubila.

Pero Tenet asombra al que se sienta en la butaca frente a la gran pantalla.

Asombrosa, extraordinaria e impactante (en mi subjetiva opinión, no lo olvides).

Esta cinta apela al intelecto del espectador y descuida su corazón. No es la mejor película del director londinense. No, no es su mejor película. No hay en ella ningún elemento emotivo que nos haga sufrir como sufrimos al ver a un padre que abandona a su hija para salvar al planeta, como ocurre en Interstellar. En Tenet no vemos luchar a dos magos por la supremacía ni tampoco palpamos el amor entre hermanos, como vimos en El truco final. No nos compadecemos de un matrimonio roto aferrándose a los sueños (¿o serán recuerdos?), como ya hicimos en el año 2010 con Origen.

.ralucepse se teneT Tenet es especular.

(¿Hace falta que te diga que eso ha sido el final?).

#184 Lo amorfo

No alcanzo con las palabras mis pensamientos. Curioso, ¿verdad? ¿Tú crees que hay pensamientos sin lenguaje? ¿Crees que el ser humano tiene “algo” que no puede acotarse por el imperio del idioma? A riesgo de cometer una torpeza, yo diría que sí. Al menos en mi caso, tengo dentro del cerebro una serie de elementos —lo amorfo según la literatura— que brega inútilmente por salir al exterior.

¿Podría pintarlo? No lo sé…

¿Son notas musicales? Tampoco lo sé.

¿Es este párrafo? Quizá…

Sólo sé que está ahí.

Está ahí (aquí).

02:06AM

11 de Noviembre de 2020

183 Sin solución de continuidad

Yo me imagino una carrera infinita, sin solución de continuidad, entre la tortuga y Aquiles. ¿Hacia dónde van? Pues en todas las direcciones. ¿Y desde cuándo y hasta cuándo? Desde siempre y para siempre. Lloros y risas en simétrica alternancia: un teatro perenne e inagotable. La noche y el día no solamente en oposición sino también en complementariedad. La Naturaleza, la physis griega completa, absoluta, cíclica, con la verdad y con la mentira. Sin solución de continuidad. Mientras el cerebro (como el bebé explorador que busca más allá) busca y rebusca…, pero por fortuna y por desgracia está todo. Todo, hijo mío, todo. Más allá de la physis griega no hay nada; no es la nada cuántica; no: es la nada absoluta. Tú eres todo. Todo eres tú.

Sin solución de continuidad.

#182 Los versos satánicos. Salman Rushdie

Una mañana invernal del año 2010, ataviado con mi abrigo verde y mi gorro gris, por las calles de un polígono industrial con sus fábricas cerradas a cal y canto, un gélido y cristalino domingo, en la visita a un mercadillo donde hacía un frío de mil pares de cojones, vagabundeaba yo (vagabundeaba mucho más que los vagabundos que allí vendían antigüedades y enseres de dudosa utilidad), vagabundeaba yo, repito, buscando libros de segunda mano, cuando hete aquí que por una feliz casualidad pasé por al lado de un puesto donde alguien, no recuerdo ni si era mujer u hombre, no retengo en la memoria ni un solo dato sobre aquella persona, entre los libros que vendía, vendía Los versos satánicos de Salman Rushdie por 1€.

Diez años después, sí, después, siempre después; después de muchas lágrimas vertidas, muchos libros leídos, muchos latidos en el corazón; después de transformarme teóricamente en una persona más sabia, después de dos lustros, después de 5 256 000 minutos, después de descubrir que algunas cosas parecen ser cosas que en realidad no son, viendo por la ventana del piso el fenómeno meteorológico que llaman ciclogénesis explosiva, leo Los versos satánicos de Salman Rushdie.

#181 Muy fructífero

Sería muy fructífero decirte cosas que no te haya dicho con anterioridad, sería muy fructífero abandonar la repetitividad del contenido de este blog personal; entrar en él y leer algo que se pareciese mínimamente a un ensayo. O a un relato de ficción. Sería asombroso entrar en este blog y hallar otro narrador. No puedo. Lo siento. Estoy pegado de modo intenso e íntimo a un ser humano que escribe sobre otro ser humano que, a su vez, soy yo, pero, también soy yo, el que a pesar de estar adherido a esa persona, escribo por boca de otra sobre ella, que, como dije al principio, escribe de otro hombre que, paradójicamente, soy yo.