#181 Muy fructífero

Sería muy fructífero decirte cosas que no te haya dicho con anterioridad, sería muy fructífero abandonar la repetitividad del contenido de este blog personal; entrar en él y leer algo que se pareciese mínimamente a un ensayo. O a un relato de ficción. Sería asombroso entrar en este blog y hallar otro narrador. No puedo. Lo siento. Estoy pegado de modo intenso e íntimo a un ser humano que escribe sobre otro ser humano que, a su vez, soy yo, pero, también soy yo, el que a pesar de estar adherido a esa persona, escribo por boca de otra sobre ella, que, como dije al principio, escribe de otro hombre que, paradójicamente, soy yo.

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#171 Ficticios. Verdaderos. Duales

Del caos resulta imposible extraer verdaderos conocimientos científicos. Analizar una situación caótica resulta siempre inútil, porque al final nadie sabe nada.

Nada de nada.

Si tú, ciudadano responsable, si tú, persona sabia, cabal y avezada, decides informarte por tu cuenta investigando ceñuda y metódicamente el problema que tenemos con el Covid-19, un par de horas de estudio a lo sumo te harán llegar a una conclusión desasosegante: no puedes concluir nada sobre este maldito asunto. Tal y como te dije en otro post: a mayor sabiduría, mayor número de dudas.

No obstante, a ti, durante esta última semana, te han invadido con muchas opiniones, unas, de mayor nivel apocalíptico, otras, menos alarmistas, pero, en definitiva, las lecturas sobre la pandemia que te llegan a través de los medios de comunicación te han sumergido en una opaca y triste niebla. Tú, ahora, das palos de ciego. Vas a tientas. Te mueves por instinto. Alargas los brazos, palpas y avanzas.

Tú ahora estás desorientado.

Además, por otra parte, si llevas mucho tiempo leyéndome en este blog, sabrás que a mí me gustan las novelas y la narrativa en general. Los buenos libros convierten la cuarentena en un periodo de tiempo placentero. Sin embargo, la novela a que haré referencia no es aquella con que matar el tiempo, sino una que consiga disipar la neblina que existe hoy en tu entorno. Un ejercicio de ficción que te proporcione la fuerza y el saber necesarios en el manejo de la crisis.

En ese preciso instante, que, a pesar de estar escrito en presente de indicativo, pertenece a un pasado remoto (hoy estamos a 26 de julio y el estado de alarma ha concluido, no así el estado de confusión que vive España), un instante que tuvo lugar durante los días de mayor angustia del confinamiento, pensé si debía borrar la última palabra del párrafo anterior, «crisis», y poner en su lugar «pandemia». Las dos i latinas de crisis aportaban un tono dramático. El salto hacia el párrafo siguiente debía generar un intenso deseo en el cerebro del lector, pero aquel día había leído muchas veces el término pandemia y no me resultaba eufónico. Al final no rectifiqué y puse crisis. Cuando tecleaba la s final, mi esposa entró en el despacho, sin previo aviso y llorando a lágrima viva. Traía los ojos desencajados y enrojecidos. Y yo, por supuesto, dejé de escribir.

―No puedo más, Andrés ―me dijo mientras se acuclillaba al lado del sillón―. Necesito salir a la calle. Me gustaría que todo volviese a la normalidad. Desde el domingo vivo sumida en la angustia. Las paredes del piso me parecen muros de hormigón.

―Si la policía te pilla dando un paseo ―dije mientras atesoraba toda la calma de que fui capaz― apuntarán tu nombre y te meterán una multa. En dos semanas ―mentí― seremos libres, Mari Carmen. Debemos tener un poco de paciencia.

Mari Carmen lloró con una amargura jamás vista. Mi mujer, presa de un ataque de ansiedad, apoyó su frente en mi hombro y derramó cientos, quizá miles de lágrimas encima de mi jersey. En el exterior del edificio no se oía nada: ni un vecino; ni un coche; ni el viento ululando. Nada. Vacío absoluto. Solamente el sordo lamento de mi esposa llorando sobre mi hombro. Acaricié su pelo con mucha lentitud. Aguardé pacientemente hasta que dejó de llorar. Creí que la mejor estrategia era permanecer a su lado, sin exigirle nada, sin intentar cambiar la raíz de sus pensamientos, solo hacer acto de presencia, abrazarla…

―Hoy podías cocinar Sopa Castellana y de segundo pollo con salsa de almendras ―le sugerí, sabedor de uno de sus platos favoritos―. Hace mucho que no los cocinas.

―Vale ―me contestó con un hilo de voz.

Y se fue.

Ficción al rescate de la realidad, o realidad al rescate de la ficción, porque tú ahora, a menos que yo acote temporalmente la narración, no sabes cuál es el verdadero lapso, los planos temporales de este post te han enredado con un garlito. Desconoces qué es verdad y qué es mentira. Porque tú, probablemente, eres uno de los millones de seres humanos convencidos hasta el tuétano de que la ficción no es sino una trola, un bulo, una bola; una bella mentira, si se quiere ver así, pero una mentira al fin y a la postre, que, como tal, no puede auspiciar a la realidad. Tú, seguramente, serás partidario de concentrar el poder de decisión en los grandes políticos. Jamás le darías la vara de mando a un novelista, a un cineasta o a un pintor. ¿Verdad?

Sin embargo, yo, cuantos más libros leo, estoy convencido de que la ficción nos aproxima a la verdad en mayor medida que el ensayo. Citar ejemplos y referencias no nos llevaría muy lejos porque si tú fueras uno de esos lectores que ve en El proceso de Kafka un simple relato de ficción, nunca nos pondríamos de acuerdo. Y no quiero que te confundas, no, no quiero. No quiero que creas en la narrativa como en el remedio o solución a cualquier mal; las novelas no son la panacea. Un cirujano no tiene por qué leer novelas para acceder al interior del cuerpo; ha de consultar otros libros; pero un cirujano que paralelamente a su formación técnica lee sobre el origen de su disciplina cuando era practicada por los barberos, aun en textos literarios, será siempre mejor cirujano.

A vuela pluma, de manera inconsciente, había escrito «incluso en las novelas», pero pulsé la tecla de volver atrás y borré esas cuatro palabras.

Pensé, al final, que «aun en textos literarios» sonaba mucho mejor.

Y justo en el punto y aparte oí cómo se rompía un vidrio. (¿Un vaso de cristal?)

Bajé corriendo las escaleras…

Los lugares en que me hallo, en la cocina de mi casa ayudando a mi mujer, en un punto indeterminado de tu cabeza y en el interior de una gran mentira donde mi esposa y yo nos saltamos el confinamiento sin que la policía logre pillarnos, son situaciones reales dentro de elementos ficticios que la realidad acoge y abraza y —al mismo tiempo— constituyen el núcleo profundo de la ficción.

Un caos que no puedes desenmarañar.

#169 A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales

La reseña aburre. El intento hiperbólico de promoción de un libro aburre. La mayoría de los tuiteros, a diferencia de la mayoría de los blogueros, con el uso incesante, cansino y vacuo de citas y/o extractos literarios, aburre. Además, ha llegado un punto en que la promoción de las novedades editoriales a través de los grandes diarios aburre. Por si fuera poco, quien te habla bien de una novela, a pesar de sus buenas intenciones y a pesar de que, casi siempre, lo hace por la necesidad tan humana de interactuar con sus semejantes, aburre. Y tengo una amiga cuyo novio tiene un primo que sostiene la teoría de que cuanto más cerca de la ficción se halla una lectura recomendada, es decir, cuanto más próxima a la novela encuentra uno la invitación a leer otro libro, mayor valor tiene la misma. Si alguien te dice este libro es bueno, no lo leas, pero si tomas tú la iniciativa y le pides que te diga una obra cuya lectura evocó en su mente una imagen inolvidable, como, por ejemplo, un tobogán con la silueta de la luna al fondo… no lo dudes; léela.

Yo no voy a intentar convencerte de que leas a Chaves Nogales. De hecho, no voy a intentar convencerte de nada, ni de nadie, ni en un sentido ni en otro. Soy el único ateo en el mundo que tiene plena consciencia de la libertad del prójimo a creer en lo que quiera; el derecho a reclamar para su espíritu una parcela en que nadie más que su propietario pueda vivir sin la invasión de ningún molesto vecino.

Sin embargo, no puedo terminar esta entrada sin decir que Manuel tuvo un sentido de la gramática, del significado y de la musicalidad del lenguaje que hacen palidecer cualquiera de las obras que inundan los estantes de novedades en nuestras librerías. Manuel debió ser un hombre muy culto, búscalo tú si quieres en la Wikipedia, yo no voy a inmiscuirme en su vida más allá del eco de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Manuel comprendió la guerra en un ejercicio de honestidad y claridad mentales que hoy, después de darle 84 vueltas al sol, ningún intelectual puede alcanzar. El prólogo de su libro debería ser materia de estudio y reflexión en colegios, institutos y universidades. Puede leerse como… como… la despedida de un hombre rodeado por las llamas de un incendio. Un fuego ficticio, claro, porque Manuel en realidad se exilió en París, pero, al leerlo, tengo la sensación de que sus ideas se vieron amenazadas por una turba de imbéciles con antorchas encendidas.

Por desgracia… ya nadie escribe como Manuel.

#168 Una página, 500 palabras

El 22 de junio por la tarde escribí en WordPress las siguientes líneas: «Suena pedante, pero, tras leer muchos manuales de narrativa (algunos de tono didáctico, otros de carácter intelectual y muchos de aroma artístico), tras investigar de manera concienzuda pero divertida todo lo relacionado con el mundo de la ficción, no tiene sentido seguir acumulando conocimientos… voy a escribir un libro».

Voy a escribir un libro.

Tengo frente a mí, ahora, una hoja del procesador de texto OpenOffice con las primeras 500 palabras de mi novela, cuya historia comienza en el lugar donde deberían comenzar todos los relatos. Unas coordenadas que representan un nodo; un sitio, mitad ficticio, mitad real, desde donde puedes partir y al cual también puedes llegar. Seguro que sabes dónde es.

Si eres asiduo a este blog, además, es probable que recuerdes de un modo vago la existencia de una libreta roja; una libreta roja donde hice cientos de esquemas para mi novela y que, paradójicamente, el pasado 22 de junio decidí no consultar para escribir. Sin embargo, aun a riesgo de parecer engreído, debo decir que he ido acumulando con los años suficiente material para la creación literaria. Hoy sé que tengo a mi alcance una serie de recursos infrautilizados por los miles de escritores que pululan la red. Con ellos voy a dirigir (en un principio mi intención aquí fue usar el verbo direccionar, pero Fundeu me disuadió de ello y me instó a poner dirigir) la novela hacia donde me dé la real gana.

Una página. Una página con 500 palabras.

Posdata. Tú ya sabes que cuando alguien escribe sobre lo que escribe, adrede o involuntariamente, se adentra en el infinito.

#166 Scriptorium

No recuerdo por qué empecé a leer novelas. Tengo en la mente una fotografía difusa de aquel momento inicial. Nadie me obligó. No me sentí presionado por modas o tendencias. No recuerdo el motivo y me siento mal por ello. He olvidado también cuál fue el primer libro que adquirí en una librería. A mi cabeza, no obstante, viene la imagen de mis piernas estiradas y cruzadas (sentado en un incómodo banco de la universidad) leyendo con un nudo en la garganta la muerte del perro en La insoportable levedad del ser, pero no sé —y me da mucha rabia no saber— cómo, cuándo y por qué adquirí mi pasión por la literatura. Nadie de mi entorno leía libros. Simplemente ocurrió…

Sin embargo, al empezar a escribir la memoria cristaliza en el mismo escrito: los blogs en Internet (otros además de 921kibu).

Suena pedante, pero, tras leer muchos manuales de narrativa (algunos de tono didáctico, otros de carácter intelectual y muchos de aroma artístico), tras investigar de manera concienzuda pero divertida todo lo relacionado con el mundo de la ficción, no tiene sentido seguir acumulando conocimientos… voy a escribir un libro.

#157 Enjaulados

El mundo de la paradoja tiene como base de sustentación al lenguaje y a las palabras, pero si no fuéramos capaces de ir más allá de este hecho, estaríamos abocados a un pozo sin fondo. Aquiles, víctima de esta consecuencia lingüística, no podría alcanzar jamás a la tortuga.

Yo a veces necesito ver en la escritura el dibujo de una composición musical; el andamiaje arquitectónico de un texto con una filosofía estrictamente estética. No obstante, otras veces me siento invadido por alguien que detesta la vida, ya que nada logra curarme, ya que nada logra satisfacerme. La tranquilidad se me escapa de entre los dedos día y noche, día y noche… Es muy probable que estos sentimientos salgan a flote por el confinamiento de la crisis sanitaria, pero yo estoy convencido de que el confinamiento alumbra la punta del iceberg.

¿Has estado alguna vez en un parque acuático de atracciones? Con el jolgorio de miles de niños jugando en el agua. Los adultos afanándose en vivir una vida sobre la cual no se han parado a pensar nunca. ¿Te has fijado que los toboganes no tienen asideros? El niño o la niña se lanza hacia abajo consciente de que no hay nada a que agarrarse.

¿Cuál es mi asidero? Un monte. Un monte muy verde, frondoso, arcaico, leal. Un monte con varios chalets desperdigados sobre su falda; algunos son blancos, otros amarillentos, frutos del trabajo y el tesón de hombres que ya no están entre nosotros y que pusieron ladrillo a ladrillo sus huellas en la tierra.

Hilos de tender la ropa. Sábanas blancas, verdes y grises se acompasan al batir del viento. Hay tendidos dos pijamas de color azul marino; el aire bambolea sus mangas como si dentro de ellas estuviesen los brazos de un actor y una actriz de teatro. Míralos, están poseídos, en trance, en comunicación con la naturaleza. (El monte de mi infancia es el fondo de esa imagen). Oscuros árboles. Paredes blancas. Entre todos los chalets hay uno cuyo tejado de color rojizo desentona con los demás, ¡ése es de los nuevos!: ése no tiene tanta personalidad como los otros.

Cae, ahora, de entre las hojas de esta libreta un pequeño botón marrón. No sé de dónde ha salido. No sé qué hace aquí. Esta grata sorpresa me recuerda la innumerable cantidad de planos narrativos que conviven en una misma redacción; no me cansaré nunca de decir que la literatura va de hilvanar planos, muchos planos, infinitos planos.

Vosotros sois conscientes del enorme abanico que tiene frente a sí un escritor cuando decide posar la punta de su bolígrafo en el papel. Vosotros sabéis de primera mano que una historia puede ser contada no sólo desde diferentes perspectivas (en una división meramente didáctica), sino con varios estilos, formas y voces. Todos conocéis los infinitos recursos que ofrece la ficción: en una pared puede aparecer el rostro difuso de una persona; un halcón puede matar a una paloma que portaba un mensaje.

Son las 20:01. Un grupo de chavales canta el cumpleaños feliz. Una mujer, con el pelo recogido en una coleta, asomada al balcón de su casa, con la angustia impresa en los pómulos de su rostro, aplaude quizá sin saber muy bien el porqué. Yo escribo desde un rincón de la terraza —los actores siguen en trance dentro de los pijamas de color azul marino—… un rincón de la terraza donde nadie me ve. Las campanas de una ermita lanzan un mensaje al aire. ¿Habrá algún halcón para interceptarlo? Escucho el piano y el saxo de la versión 2020 de Resistiré.

Yo no resisto; yo vivo por inercia. Estoy en un plano que no logro ubicar: a veces pienso que estoy en el mismo plano donde Aquiles no puede alcanzar a la tortuga.

Hay un pasillo. Mis piernas están cruzadas. Esta libreta se apoya en una de ellas. El bolígrafo sujeto por los dedos brinca y caracolea por encima del papel. Alguien desconocido, al mismo tiempo que las palabras se dibujan sobre el fondo blanco, lee en voz muy baja: «brinca y caracolea».

Escribir me salva.

#156 Unorthodox, Maria Schrader

A otros corresponde analizar la serie de Netflix ‘Unorthodox’ desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. Yo, por el contrario, con la libertad completa de quien tiene un blog personal, sólo diré que ‘Unorthodox’ me parece una serie espectacular. Son muchas sus virtudes; llama la atención por encima de todas ellas que las cuestiones vitales de la trama son infraexplicadas; lo que importa de verdad en la pantalla es mostrado con una enorme sutileza; el meollo de la historia que se abre ante nuestros ojos ocurre en la reflexiones que hace el espectador. Merece mucho la pena señalar una de ellas, probablemente la más significativa de todas: cuando la protagonista al final de la serie cruza la puerta de Brandenburgo en Berlín. Ahí, poderosa y sutilmente, una parte muy importante de la historia de la humanidad (en especial la que atañe al pueblo judío y al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial) se pliega sobre sí misma en un bucle perfecto, magnífico y sublime.

Hace años Alejandro Amenábar en una entrevista dijo que la crisis del cine no era una crisis económica, sino una crisis de ideas: ‘Unorthodox’ es el paradigma que muestra cómo la narrativa cinematográfica no necesita de grandes recursos.

Quizá resulte mucho más compleja, difícil e inaccesible la mano de un escritor en el guión que todas las cámaras más sofisticadas y todos los programas de edición más innovadores existentes en el mundo del cine.

#155 Uróboros

No me resulta fácil entretejer de un modo literario el mensaje que quiero hoy transmitir, en primer lugar porque se trata de la crónica de algo que jamás sucedió, o, si en verdad sucedió, lo hizo de una manera muy diferente a como lo recogen estas palabras: ayer, cuando terminé de comer a mediodía, me subí a la terraza a andar un rato; lo hice porque la sobremesa me estaba adormeciendo, la televisión me saturaba, y no quería echarme la siesta para poder dormir por la noche con mayor profundidad.

Al asomarme al paisaje desde lo alto del edificio, supe de inmediato que lo que estaba experimentado debía ser trasladado al papel. Así lo hice. Escribí una crónica verdadera, fidedigna, aferrada a la realidad.

Sin embargo, he aquí la dificultad a que hice referencia en la primera frase de esta entrada, después de escribirla la borré. Lo hice porque no me satisfacía. No había ritmicidad en el texto; todas y cada una de sus frases resultaban ser siempre la misma frase. Incluso las oraciones en pasiva, que, por regla general, aportan luz y vigor, eran percibidas por mí mente como piedras de cartón que no hacían ni ruido ni daño.

No obstante, soy de los que piensan que en un libro cabe todo; la alquimia de las palabras es infinita; el lenguaje, como el uróboros, es eterno; apresa lo inapresable; imagina lo inimaginable.

Por ese motivo, esta entrada deviene en el relato de un relato, el lector tiene mi permiso para pensar que deviene, en realidad, en el relato de un relato de un relato ―«y a ti, sí, a ti, que lees con fruición estas líneas, te concedo la potestad para que reflexiones sobre la tesis de que este post no es sino el relato de un relato de un relato de un relato»―.

Antes de despedirme, antes de volver al confinamiento por la pandemia, te dejo una prueba de mi presencia ayer en la terraza. Ya habrás adivinado que se trata de un recurso literario; una metáfora con que escribí el texto que finalmente fue borrado: «Al franquear el último peldaño de la escalera, un cielo majestuoso como un Almirante de la Marina me estaba esperando».

Ardo en deseos de escribir cómo escribí las anteriores líneas. (Y luego escribir cómo he escrito la anterior frase).

Y luego…