Los cuatro movimientos de una sinfonía

Un amigo de la infancia me hizo ayer una visita un tanto inesperada. Fue una de esas visitas que te incomodan y que tú, por educación y cortesía, mantienes el tipo y no le dices al visitante lo que realmente piensas: vete a tu casa y déjame en paz que tengo muchas cosas que hacer.

Se llama Emilio. Hicimos juntos la E.G.B en la década de los 80. Emilio siempre ha sido un hombre triste, pero ahora su tristeza resulta un tanto peculiar. Una angustia incoherente, quizá cómica.

«No sé si soy feliz», me dijo, «tengo aquello que deseo. Desde la más pura lógica quejarme no tendría ningún sentido, pero, ahora que mis anhelos se han visto colmados, que he heredado la empresa de mi padre, que puedo pagar todos mis caprichos sin ningún agobio, soy consciente de que existe un peldaño superior (de la escalera a la que llamamos vida) donde quizá resida la auténtica felicidad».

Yo tenía previsto salir a correr. Eran las 20:04 y Emilio no se iba de mi casa, en gran medida porque el hombre se sentía solo y con una desproporcionada necesidad de compañía humana en el corazón, pero también por mi natural incapacidad de hacer daño a los demás. Debí emplazarle a quedar el fin de semana a cenar o a tomar una copa, pero no lo hice. Aguanté de manera estoica sus reflexiones.

«¿Tú lo entiendes? Yo no. Siempre quise esto. Siempre. Luché contra mis hermanos y contra mis cuñadas. Yo era y soy el hombre más capacitado para dirigir el imperio de mi padre. Estudié. Me formé. Trabajé en la empresa en los puestos de más abajo y ascendí poco a poco hasta llegar a la vicepresidencia».

Supe que ya no podría salir a correr. Le ofrecí una cerveza.

«Hay una pregunta que me atosiga. Una pregunta a la que doy vueltas, vueltas y más vueltas, sin conseguir trazar ni la más remota respuesta.

»En cierto modo, debí darme cuenta hace mucho tiempo del tipo de situación que ahora experimento, porque, cuando éramos niños, ¿te acuerdas?», yo no suelo pensar mucho en la infancia, de hecho, estoy cómodo en la madurez, pero asentí a su pregunta, «cuando mis padres me regalaban por Navidad el juguete que yo tanto quería, a las dos o tres semanas se quedaba perdido en algún cajón o en los altillos de un armario».

Mi amigo se sentía preso de la crisis existencial que todo ser humano vive alguna vez a lo largo de su existencia. No lograba entender que la vida es una especie de Sinfonía cuyos movimientos, pese a estar relacionados por una nervatura vertebral, son significativamente distintos entre sí.

Le pedí que me dijera esa pregunta para la que no tenía respuesta.

«¿Qué es lo importante en esta vida?»

Sonreí.

Le dije que más tarde o más temprano una sensación absurda pero muy intensa acudirá a su mente. Puede ocurrir en el gimnasio, en el trabajo, en la ducha, con un libro en las manos o a 100m de tu nueva casa en tu nueva ciudad mientras bebes solo una cerveza escuchando las risas de las gentes de una tierra a donde decidiste emigrar y a donde sientes que tu alma pertenece. Le dije que, como si de un sueño se tratase, el día menos pensado, dejará de ser un músico más de la orquesta, y se despertará subido en la peana central de un escenario y verá cuán distintos son los cuatro movimientos de la Sinfonía.

Verá su vida desde fuera y desde dentro.

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