#196 La literatura (desde fuera) 2

Aquí tienes la primera entrada de esta serie.

¿Sabrías tú decirme cuántas gotas de agua o qué volumen de líquido logra colmar un vaso, pero no en el sentido literal de la palabra, sino desde la intención que siempre se le ha atribuido a esa frase, es decir, qué (o cuánto) tiene que pasar para que una situación se desborde? ¿Crees que podrías marcar en el aire las partes de un compás de 4/4 y acertar el momento exacto en que ese determinado evento va a ocurrir? Estoy razonablemente seguro de que conoces al cantante estadounidense Bob Dylan, y que recuerdas, al menos vagamente, una canción que establece una pregunta parecida a la que yo te planteo al inicio de este post. La pieza musical lleva por título Blowing in the wind; la pregunta traducida desde el inglés al español dice así: ¿Cuántos caminos ha de recorrer un hombre para poder ser llamado como tal?

¿Sabes tú el número de caminos? No, ¿verdad?

No te preocupes. Yo tampoco.

A mí la innombrable, aquélla que está rodeada por una especie de sólida y férrea aureola, que es dueña de una merecida fama de hueso, pozo sin fondo, desafortunadamente, de casi un centenar de universitarios que cada año, en sus dos convocatorias oficiales, fracasan, suspenden, se hunden y se desesperan, a mí, insisto, la asignatura de * en la Facultad de * me costó aprobarla tres años. A la quinta convocatoria.

A la quinta.

Pero hubo quien la sacó a la séptima. A la cuarta. A la primera. A la segunda…

¿Cuánta agua le cabe a un vaso antes de que llegue la fatídica gota que lo colma? ¿Cuánto debe sufrir un tío para que le pongan la etiqueta de “hombre”? ¿Cuántos hachazos debes darle a una puerta para hacerla añicos y traspasar su umbral? Más sencillo: ¿cuántas veces ha de equivocarse un niño (en el periodo en que va a la escuela) despejando la x de una ecuación, o subrayando el sujeto, el verbo y el predicado de una frase? ¿Cuántas? ¿Cuántas veces?

¿Qué tiene que pasar para que aprendas; cuánto ha de repetirse una situación para que una determinada habilidad o un conocimiento concreto, o lo que sea, permee dentro de tu mente lo bastante hondo y con el arraigo necesario para que digas Ya está; ya es mío?

¿Cuánto, amigo lector?

Difícil cuestión, ¿eh?

A través de los años he conservado la amistad de una persona que aprobó la famosa asignatura hueso a la primera con una nota de 9,32. Aquel año se concedieron dos Matrículas de Honor: la de mi amigo y la de otra chica que obtuvo una nota de 9,57. Si te pica la curiosidad, yo saqué (¡al final!) un 6,11. Todos los abandonos que se producen en la carrera que yo estudié, no sin sorpresa, tienen lugar en el año en que esa asignatura es impartida. Hubo gente que nunca pudo aprobarla; universitarias y universitarios que trataron de roer el hueso durante diez, once, doce… durante una cantidad asombrosa de veces (se trataba de la antigua Licenciatura donde no había un número máximo de convocatorias; no sé cómo es hoy en el Grado).

Ahora que ya estás en antecedentes sobre la dificultad del cuánto, te resultará fácil entender la idea que vertebra la segunda entrada de la serie Literatura (desde fuera): hay quien lee un libro y capta por ósmosis de velocidad supraluminica la esencia de la literatura; quien ve un cuadro y absorbe de un trago (como un taponazo de tequila) el mensaje implícito en él…

… y hay auténticos estúpidos, verdaderos tarados mentales, engendros de la peor ralea que puede dar a luz la Naturaleza que podrían leer todo lo escrito en los siglos XIX y XX y lo que llevamos de XXI y no ver (¡ni siquiera llegar a atisbar!) el arte… el arte… que esas obras contienen.

Estas últimas semanas he estado leyendo lo que escribe uno de esos imbéciles que ha leído (dice haber leído; quizá no sea del todo cierto) las (según este abrazafarolas) Grandes Obras de la Literatura; y visto… y entendido… las grandes películas de la historia del cine. He estado leyendo a un tontorrón de tomo y lomo; a quien no le entraría el Quijote ni aunque se lo clavases en la calota a machetazos.

El sujeto de marras analiza la narrativa (el pobre gilipollas se hace llamar a sí mismo crítico), con mayor o menor torpeza (a mi juicio insulsa y mecánicamente), pero, por desgracia, lo peor de todo, el auténtico problema es que no percibe el núcleo del asunto. No percibe una mierda.

Se puede a la primera, se puede a la segunda… o la séptima; él no lo conseguirá jamás.

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