#171 Ficticios. Verdaderos. Duales

Del caos resulta imposible extraer verdaderos conocimientos científicos. Analizar una situación caótica resulta siempre inútil, porque al final nadie sabe nada.

Nada de nada.

Si tú, ciudadano responsable, si tú, persona sabia, cabal y avezada, decides informarte por tu cuenta investigando ceñuda y metódicamente el problema que tenemos con el Covid-19, un par de horas de estudio a lo sumo te harán llegar a una conclusión desasosegante: no puedes concluir nada sobre este maldito asunto. Tal y como te dije en otro post: a mayor sabiduría, mayor número de dudas.

No obstante, a ti, durante esta última semana, te han invadido con muchas opiniones, unas, de mayor nivel apocalíptico, otras, menos alarmistas, pero, en definitiva, las lecturas sobre la pandemia que te llegan a través de los medios de comunicación te han sumergido en una opaca y triste niebla. Tú, ahora, das palos de ciego. Vas a tientas. Te mueves por instinto. Alargas los brazos, palpas y avanzas.

Tú ahora estás desorientado.

Además, por otra parte, si llevas mucho tiempo leyéndome en este blog, sabrás que a mí me gustan las novelas y la narrativa en general. Los buenos libros convierten la cuarentena en un periodo de tiempo placentero. Sin embargo, la novela a que haré referencia no es aquella con que matar el tiempo, sino una que consiga disipar la neblina que existe hoy en tu entorno. Un ejercicio de ficción que te proporcione la fuerza y el saber necesarios en el manejo de la crisis.

En ese preciso instante, que, a pesar de estar escrito en presente de indicativo, pertenece a un pasado remoto (hoy estamos a 26 de julio y el estado de alarma ha concluido, no así el estado de confusión que vive España), un instante que tuvo lugar durante los días de mayor angustia del confinamiento, pensé si debía borrar la última palabra del párrafo anterior, «crisis», y poner en su lugar «pandemia». Las dos i latinas de crisis aportaban un tono dramático. El salto hacia el párrafo siguiente debía generar un intenso deseo en el cerebro del lector, pero aquel día había leído muchas veces el término pandemia y no me resultaba eufónico. Al final no rectifiqué y puse crisis. Cuando tecleaba la s final, mi esposa entró en el despacho, sin previo aviso y llorando a lágrima viva. Traía los ojos desencajados y enrojecidos. Y yo, por supuesto, dejé de escribir.

―No puedo más, Andrés ―me dijo mientras se acuclillaba al lado del sillón―. Necesito salir a la calle. Me gustaría que todo volviese a la normalidad. Desde el domingo vivo sumida en la angustia. Las paredes del piso me parecen muros de hormigón.

―Si la policía te pilla dando un paseo ―dije mientras atesoraba toda la calma de que fui capaz― apuntarán tu nombre y te meterán una multa. En dos semanas ―mentí― seremos libres, Mari Carmen. Debemos tener un poco de paciencia.

Mari Carmen lloró con una amargura jamás vista. Mi mujer, presa de un ataque de ansiedad, apoyó su frente en mi hombro y derramó cientos, quizá miles de lágrimas encima de mi jersey. En el exterior del edificio no se oía nada: ni un vecino; ni un coche; ni el viento ululando. Nada. Vacío absoluto. Solamente el sordo lamento de mi esposa llorando sobre mi hombro. Acaricié su pelo con mucha lentitud. Aguardé pacientemente hasta que dejó de llorar. Creí que la mejor estrategia era permanecer a su lado, sin exigirle nada, sin intentar cambiar la raíz de sus pensamientos, solo hacer acto de presencia, abrazarla…

―Hoy podías cocinar Sopa Castellana y de segundo pollo con salsa de almendras ―le sugerí, sabedor de uno de sus platos favoritos―. Hace mucho que no los cocinas.

―Vale ―me contestó con un hilo de voz.

Y se fue.

Ficción al rescate de la realidad, o realidad al rescate de la ficción, porque tú ahora, a menos que yo acote temporalmente la narración, no sabes cuál es el verdadero lapso, los planos temporales de este post te han enredado con un garlito. Desconoces qué es verdad y qué es mentira. Porque tú, probablemente, eres uno de los millones de seres humanos convencidos hasta el tuétano de que la ficción no es sino una trola, un bulo, una bola; una bella mentira, si se quiere ver así, pero una mentira al fin y a la postre, que, como tal, no puede auspiciar a la realidad. Tú, seguramente, serás partidario de concentrar el poder de decisión en los grandes políticos. Jamás le darías la vara de mando a un novelista, a un cineasta o a un pintor. ¿Verdad?

Sin embargo, yo, cuantos más libros leo, estoy convencido de que la ficción nos aproxima a la verdad en mayor medida que el ensayo. Citar ejemplos y referencias no nos llevaría muy lejos porque si tú fueras uno de esos lectores que ve en El proceso de Kafka un simple relato de ficción, nunca nos pondríamos de acuerdo. Y no quiero que te confundas, no, no quiero. No quiero que creas en la narrativa como en el remedio o solución a cualquier mal; las novelas no son la panacea. Un cirujano no tiene por qué leer novelas para acceder al interior del cuerpo; ha de consultar otros libros; pero un cirujano que paralelamente a su formación técnica lee sobre el origen de su disciplina cuando era practicada por los barberos, aun en textos literarios, será siempre mejor cirujano.

A vuela pluma, de manera inconsciente, había escrito «incluso en las novelas», pero pulsé la tecla de volver atrás y borré esas cuatro palabras.

Pensé, al final, que «aun en textos literarios» sonaba mucho mejor.

Y justo en el punto y aparte oí cómo se rompía un vidrio. (¿Un vaso de cristal?)

Bajé corriendo las escaleras…

Los lugares en que me hallo, en la cocina de mi casa ayudando a mi mujer, en un punto indeterminado de tu cabeza y en el interior de una gran mentira donde mi esposa y yo nos saltamos el confinamiento sin que la policía logre pillarnos, son situaciones reales dentro de elementos ficticios que la realidad acoge y abraza y —al mismo tiempo— constituyen el núcleo profundo de la ficción.

Un caos que no puedes desenmarañar.

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