#155 Uróboros

No me resulta fácil entretejer de un modo literario el mensaje que quiero hoy transmitir, en primer lugar porque se trata de la crónica de algo que jamás sucedió, o, si en verdad sucedió, lo hizo de una manera muy diferente a como lo recogen estas palabras: ayer, cuando terminé de comer a mediodía, me subí a la terraza a andar un rato; lo hice porque la sobremesa me estaba adormeciendo, la televisión me saturaba, y no quería echarme la siesta para poder dormir por la noche con mayor profundidad.

Al asomarme al paisaje desde lo alto del edificio, supe de inmediato que lo que estaba experimentado debía ser trasladado al papel. Así lo hice. Escribí una crónica verdadera, fidedigna, aferrada a la realidad.

Sin embargo, he aquí la dificultad a que hice referencia en la primera frase de esta entrada, después de escribirla la borré. Lo hice porque no me satisfacía. No había ritmicidad en el texto; todas y cada una de sus frases resultaban ser siempre la misma frase. Incluso las oraciones en pasiva, que, por regla general, aportan luz y vigor, eran percibidas por mí mente como piedras de cartón que no hacían ni ruido ni daño.

No obstante, soy de los que piensan que en un libro cabe todo; la alquimia de las palabras es infinita; el lenguaje, como el uróboros, es eterno; apresa lo inapresable; imagina lo inimaginable.

Por ese motivo, esta entrada deviene en el relato de un relato, el lector tiene mi permiso para pensar que deviene, en realidad, en el relato de un relato de un relato ―«y a ti, sí, a ti, que lees con fruición estas líneas, te concedo la potestad para que reflexiones sobre la tesis de que este post no es sino el relato de un relato de un relato de un relato»―.

Antes de despedirme, antes de volver al confinamiento por la pandemia, te dejo una prueba de mi presencia ayer en la terraza. Ya habrás adivinado que se trata de un recurso literario; una metáfora con que escribí el texto que finalmente fue borrado: «Al franquear el último peldaño de la escalera, un cielo majestuoso como un Almirante de la Marina me estaba esperando».

Ardo en deseos de escribir cómo escribí las anteriores líneas. (Y luego escribir cómo he escrito la anterior frase).

Y luego…

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