#136 Lenguaje

Me apetece escribir. Y quizá tú no estás dispuesto a escucharme, porque tus ocupaciones y tus problemas, que son muy serios y que requieren de toda tu atención, te impiden leerme. Además, yo te avanzo, a través de un relámpago de sinceridad, que no tengo nada que contar: simplemente quiero escribir. ¿Escribir sin un tema? No parece muy lógico, ¿verdad? El mar empieza en la orilla. A los museos se accede por la puerta principal. Siempre hay un primer día de colegio, de instituto, de universidad, de trabajo; siempre hay una primera cita donde conocer a la otra persona; el abecedario comienza por la letra a y finaliza con la letra z. No consigo imaginar una situación donde alguien empieza a leer El Quijote por la mitad; no entendería nada. ¿Por qué no está en su casa? Y Dulcinea, ¿existe o no existe?

¿Recuerdas haber leído alguna novela cuyo comienzo tenga lugar in media res? Yo sí: Leviatán, de Auster… Mi intención sería la misma, pero, por supuesto, sin ayudar al lector a posicionarse dentro de la historia. Escribir por escribir. A capricho, juguetear con todos los elementos de la vida. Solo habría una regla que seguir: el lenguaje. El medio sería la palabra. No tendría un inicio evidente y tampoco tendría un final. La ausencia de sentido no vendría de la mano del autor; no habría sentido porque simplemente no habría nada. Una vez entendida esta perspectiva sin perspectiva, nos daría igual situarnos un minuto después del Big Bang o un minuto antes de que el universo expire. Yo seguiré escribiendo, tú ve, ve, ve y resuelve tus problemas con la vida. No te quedes aquí conmigo, porque aquí no hay nada que ver; aquí no hay nada que entender. El hilo argumental de este post está indefinido. Sin previo aviso, sin ninguna referencia y sin ningún contraste a partir del cual establecer una estrategia, este post muestra la aventura que supondría soltar a un ser humano en la mitad del océano sin que supiese nada. Nada de nada.

De esa manera es como intentan elevarse estas líneas.

Podría, en este instante, incluir la música que escucho por los auriculares en Spotify, pero no lo haré; no quiero guiarte hacia ningún punto; no pretendo ejercer ninguna influencia sobre tu persona. Es más, deberías estar arreglando todos tus problemas con la vida en lugar de estar aquí leyéndome. Vete. Vete. Hazme caso. No contestaré a ninguna de tus preguntas, no saciaré ninguna de tus inquietudes; este texto es agua porque agua es lo único que hay. Cuando tú te despiertas por las mañanas y abres los ojos, tu entorno es tu entorno, en él ves lo que siempre has visto, tu vida acude a ti porque siempre ha acudido, no hay explicación, no hay preámbulo, ahí estás tú y tu cerebro. Estas palabras (arruga los hombros ahora) son lo que son: van y vienen; vienen y van. Abrupto, pero solo porque las cosas son así, podría ser el remate de esta entrada con el punto y final que cierra este párrafo.

Pero no lo es, ese punto resulta ser un punto y aparte. ¿Por qué? Pues porque…

¿Has creído de verdad que te iba a decir el porqué en esos tres puntos suspensivos?

Contarte mi vida sería una torpeza e intentar adivinar cómo es la tuya sería un error. Detrás de estos símbolos no hay nadie; es la hoja de un procesador de textos que por sí sola vomita palabra tras palabra. Aquí no hay humanos, créeme. Solo hay lenguaje. Un texto que muere, que nace, que nace muerto, que muere vivo, que no sabe qué es la muerte, que no quiere saber nada de la vida. Frases que están por la misma razón que en el cielo están los nubes.

¿Qué pasa? ¿No lo entiendes? ¿Necesitas acaso una explicación más carnal? ¿De persona a persona? Quizás lo entiendas mejor con el estilo directo a través de dos ancianos que están en un parque, mirando la construcción de un nuevo edificio, sentados, tranquilamente, en un banco, manteniendo la siguiente conversación.

—No hay nada que ver, Julián.

—Pero hemos visto muchas cosas a lo largo de nuestra vida, ¿no crees? Hemos visto en primera persona lo mejor y lo peor de existir.

—Por eso precisamente no queda nada.

—Nosotros.

—Nosotros no tenemos significado. Somos la actividad inercial de un lenguaje que se resiste a desparecer. Somos parte de la imaginación de un escritor sentado en su despacho, tecleando enérgicamente. Nuestra historia se ha desvanecido; quien escuche estas palabras no tendrá un marco de referencia.

—Lenguaje, solo lenguaje.

—Así es.

¿Lo entiendes ahora? ¿Ves a los dos viejos sentados en un parque que no es parque y que en realidad es el limbo? Sí, ¿verdad?

Pero siempre hay más. Existe una historia oculta, y negra, y turbia, cercana al colapso, toda esa gilipollez del lenguaje oculta otro plano (y seguramente este plano oculto oculta a un tercer plano). No te sorprenderá saber cuán compleja es la realidad. Ya conoces el infinito, o por lo menos sabes de su existencia. ¿Infinitos planos? Claro, hombre, claro. Los dos viejos son la misma persona. Si no te lo crees, estudia con detenimiento esa breve charla y verás cómo uno de ellos usurpa el papel del otro porque no en vano son el mismo viejo; el mismo viejo que habla consigo mismo; tampoco te debe sorprender que ese viejo soy yo.

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