#131 Clint Eastwood. Hereafter

En las películas, la mayor parte de las veces, la música transcurre «paralela» a las imágenes. Un ejemplo brillante de este tipo de paralelismo lo vimos cuando Elliot y E.T alzan el vuelo con la bici dejando atrás a los policías que los persiguen en la famosa cinta de Steven Spieberg. En un conocido documental, el cineasta y el músico se refieren a este aspecto cinematográfico con el verbo ‘pintar’. Pintar el filme con la música.

Cuando la bicicleta despega, el tema da una nota que, en mi opinión, hace eterno a su compositor.

Sin embargo, existen ejemplos que alumbran un correlato entre imagen y sonido mucho más débil, más sutil; más soterrado. El espectador es quien debe juntar los dos planos conceptuales: el plano meramente visual con su background musical. Uno de estos ejemplos lo vimos en Hereafter (Más allá de la vida), de Clint Eastwood. En la escena que os enlazo, la música no parece pintar adrede las imágenes; está ahí por una feliz casualidad; muy necio ha de ser el espectador para no captar la disonancia entre lo que ve y lo que escucha. La famosa aria de Turandot tira del espectador hacia otro universo; representa el contrapunto; el equilibrio entre lo antiguo y lo moderno; como esas pinturas del siglo XVIII colgadas de los pasillos glaciales y minimalistas de las actuales galerías de arte.

Me fascina la composición de esa escena: dos eventos, tan aparentemente alejados el uno del otro a escala temporal, se fusionan en una parte del encuadre (por fortuna) invisible para quien mira.

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