#121 Un libro en Navidad

Un hecho palmario, especialmente si tiene lugar a altas horas de la madrugada, es el que muestra la inviolabilidad del espacio personal de aquellos que comparten casa contigo: tus padres, tu pareja o, como en mi caso, mi compañero de piso. Uno sabe a ciencia cierta, si previamente ha decidido ser honesto consigo mismo, que no se le debe molestar bajo ninguna razón; porque para cohabitar una vivienda la condición sine qua non es el sentido común. Sentido común. Así, bajo dicha premisa, para no hacer ningún ruido, atravieso casi de puntillas la galería que conduce a su habitación, pero, vaya, ¡qué sorpresa!, la puerta está entornada… esto cambia las cosas.

Mi compañero de piso está sentado en su pequeño sofá. Leyendo una novela. Al pasar página, por un instante deja ver la portada…

El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Me detengo.

No me oye.

No sabe que estoy detrás de él.

Debió empezar a leer ayer (como mucho anteayer) porque a su izquierda no hay más de ciento cincuenta páginas. Encerrado en el castillo de If, Edmond Dantés ya se ha vuelto loco.

Pese a mi reticencia inicial, se me ha dado a conocer su fervor, quizá pleitesía, por este libro. Y sé, además, que no quiere compartir dicho sentimiento con nadie. Al fondo de su mente germina la visión de una novela muy bien estructurada. En ella los vientos de la Historia son plasmados de un modo soberbio. Representada a través de la muerte, la escena inicial da paso a un joven Dantés subiendo a la palestra por una circunstancia imprevista: el capitán Lecler ha muerto. Menos uno, más uno: como el intercambio de partículas elementales que ocurre a nivel subatómico.

Si tú, lector, me lo permites, haré uso del catalejo que guardo en mi cajón y diré que mañana por la mañana, cuando yo le pregunte sobre la envergadura del libro, me contestará que, pese a las 1500 págs., emerge raudo, enérgico, ágil: «Se lee muy rápido; trepidante; magnífico». Su entusiasmo logrará conmoverme, en parte porque hace unos días abandonó otro libro: en la página 100 no sintió la necesidad de llegar al final. Seguro de sí mismo (y quizá un tanto arrogante), de ese fatídico momento dirá: «A esas alturas me pregunto si quiero saber cómo termina todo. Si la respuesta es no, lo cambio por otro en una librería de viejo». Inflexible a este respecto, cree que con poco más de cien hojas el autor de una novela debe herirlo de muerte. Con un extraño brillo en los ojos… dirá: «Dumas me ha cautivado antes de llegar a la página cien».

En el quicio de la puerta, yo, ahora, a través de las ventanas de su habitación, veo cómo asciende el sol por el este, cómo se fantasmagorizan las sombras por el oeste. Balanceo de velocidad incomprensible para la inteligencia humana, no así para el ávido instinto literario: las cuatro paredes de su cuarto se iluminan y se oscurecen a un ritmo endiablado. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Cuando yo me siento perplejo por este juego de luces circense, él sigue leyendo…

Enmarcado por un telón de fondo tan singular, se enardece por la muestra de integridad del joven marsellés al negarse a abandonar la prisión sin la compañía de su amigo y tutor el abate Faria. No menos enardecido que cuando Dumas escribe, haciendo, de hecho, uso del estilo directo de manera deslumbrante y en referencia clara a los saberes de la Humanidad, unas palabras verdaderamente aleccionadoras:

¡Ay, hijo mío! exclamó—. El saber humano es muy limitado, y cuando yo le haya enseñado las matemáticas, la física, la Historia, y las tres o cuatro lenguas que hablo, sabrá tanto como yo; ahora bien, para verter de mi espíritu al suyo todo ese saber, necesitaré unos dos años.

—¡Dos años! —exclamó Dantés—. ¿Cree usted que podría aprender todas esas cosas en dos años?

—En su aplicación, no; en sus principios, sí; aprender no es saber; existen los cultos y los sabios, la memoria hace a unos y la filosofía a los otros.

—Pero ¿no se puede aprender filosofía?

—La filosofía no se aprende; la filosofía es la reunión de las ciencias aplicadas por el genio: la filosofía es la nube resplandeciente en que Cristo apoyó el pie para ascender al Cielo.

Leyendo la peripecia vital de Montecristo en un seno ficticio el planeta gira a una velocidad superior a la actual, de ahí la quimérica luz de la habitación— mi compañero se asombró con las elipsis del texto; se desconcierta frente al magnetismo de una fecha en lo alto de un párrafo; entenderá que la vida de un hombre puede ser comparada con las páginas de un libro, cuyos nódulos serían los comienzos de cada capítulo. Se verá obligado a aceptar que la existencia humana vira el rumbo, desembocando muchas veces en la tragedia «Dantés no parece Dantés; un rostro de geometría fantasmal; un hombre situado en el intersticio de las leyes de la física. Alejandro Dumas no hizo sino relatar las vivencias del joven tras sucumbir a la locura en la prisión. El conde de Montecristo sería, en realidad, un sueño desde el mismísimo paraíso». Esas son sus palabras y la verdad es que lleva mucha razón. El lector de esta inmemorial obra atisba sin dificultad la brillante operación de cambio de un mismo hombre en dos personajes literarios limítrofes, y no le resulta demasiado difícil el ejercicio de introspección cuando ve quién es y lo compara con quien quiere ser. En la página 402 mi compañero se interpela a sí mismo y se dice: «¿Simbolizan el aspirante a capitán del buque Faraón y el sombrío conde, acaso, un mismo espejo? ¿El mismo espejo que utiliza Borges en Tlön para zurcir el hueco entre la ficción y la realidad?».

Pasará… pasará inexorable el tiempo y él y yo conviviremos a caballo entre la frialdad y la cortesía, pero dentro de un mes, tras escuchar, un día sí y otro también, las bondades de esta gran novela en boca de mi roommate, yo lo abordaré.

Le mentiré…

Ese día estaremos los dos solos en el salón, los demás se habrán marchado. Sobre la mesa quedará una caja abierta con algunos bordes de pizza en su interior. La tele, apagada. Él, leyendo. Yo, malgastando mi tiempo en las redes sociales.

—¿Qué? ¿Mejora? ¿Desfallece? ¿Se estanca?

Deberías leerla, es muy buena.

—Leí Los tres mosqueteros cuando era joven y he de admitir que, aunque no es mi género favorito, Dumas padre escribía muy bien.

—Pues aquí lo hace todavía mejor. La arquitectura narrativa de El conde de Montecristo se presta a un juego que ningún escritor jamás desaprovechará: la metaficción. Este relato contiene una especie de … —al final no encontrará la palabra exacta.

Bucles —le diré yo— concatenados armónicamente.

Sí. Exacto.

—A través de ese recurso, si el autor lo maneja con destreza, una novela puede brillar.

La verdad es que —dirá mientras pone el marcapáginas y cierra el libro— no entiendo cómo un lector como tú no ha leído todavía esta obra.

Ese día mentiré. Dejaré pasar unos segundos antes de contestar, convencido de que, para mentir, la mejor estrategia es siempre el silencio, pues el engañado traga más hondamente una mentira si se le proporciona un espacio vacío donde elucubrar e imaginar (el gran embuste, por cierto, es siempre el que nos damos a nosotros mismos); impasse de tiempo en que yo pondré cara de póker y finalmente diré:

Me recuerda mucho a… —durante 23 s alevosos me quedaré callado.

No importa —me dirá respetando de modo elegante el deseo de no revelar los motivos.

Ahora devolvamos el catalejo al lugar que le corresponde, retrocedamos a la estancia con las luces mareantes. Subámonos, por tanto, a la máquina de H. G. Wells, acariciemos su talla de marfil, y supliquemos a la tricéfala divinidad del tiempo surcar a nuestro antojo el tejido espaciotemporal.

La habitación da vueltas sobre sí misma, impulsada por el loco baile lumínico, mi compañero pasa las páginas enfervorecido, yo veo su perfil y observo cómo exorbita los ojos; cómo llora con algunos pasajes de la novela. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad…

En un brinco se levanta del sillón; se dirige hacia a su escritorio. Yo retrocedo. Me escondo.

Coge un lápiz y subraya el siguiente párrafo:

—Yo soy uno de esos seres excepcionales, sí, señor, y creo que, hasta hoy, ningún hombre se ha encontrado en una posición semejante a la mía. Los reinos de los reyes son limitados, bien por las montañas, bien por los ríos, bien por un cambio de costumbres o por la mutación de una lengua. Mi reino es tan grande como lo es el mundo, porque no soy italiano, ni francés, ni hindú, ni americano, ni español; soy cosmopolita. Ningún país puede decir que me ha visto nacer. Sólo Dios sabe en qué región me verá morir.

[…]

Cuando terminó de leerla, si no me falla la memoria, corrían las Navidades de 2019. Sin lugar a dudas el dramaturgo galo conquistó el corazón de mi compañero. Aquella historia y aquellos personajes tocaron de verdad su alma. Me dijo, emocionado, compungido, que la lectura de El conde de Montecristo suponía un antes y un después en su vida como lector. Las coordenadas de la inflexión: la enésima prueba de que las grandes obras son grandes porque son múltiples; corales heterogéneas; radiografías minuciosas del género humano.

¿No estarás —le dije— exagerando un poco?

—Muy poco; quizá nada.

—Los misterios y las venganzas…

No, no te confundas —me dijo con el ceño fruncido—. Esta novela es algo más que un misterio, es más que una venganza. La vendetta del conde es un tapiz entre otros cientos de tapices. La pintura con que este cuadro fue dado a conocer al mundo procede del cielo: es un líquido divino. En sus más de mil páginas brilla la justicia, pero no la justicia mundana de los hombres, sino la Justicia Divina. ¡Justicia en tiempos de injusticia! El novelista intuyó, a medida que escribía, que su gran obra literaria era en realidad la obra de dios, porque sólo Él puede trenzar semejante encaje de bolillos en forma de novela.

«Está bien —pensé en aquel instante—, le voy a conceder la oportunidad de defender la obra del autor francés, pero no se lo voy a poner fácil; tendrá que argumentar de manera convincente, y no por una simple añadidura de adjetivos pomposos y rimbombantes».

Esa es tu opinión —le dije en tono firme—. Alguien podría pensar lo contrario y sería igualmente válido. Otros lectores dirán, o podrían tal vez decir, que El conde de Montecristo es una novela excesiva: millonario cuasi omnipotente, dotado de unos brazos tan largos que controlan todas las circunstancias y todas las eventualidades, arma una venganza de dimensiones bíblicas.

Pero resulta verosímil —me dijo—. Tú tendrías razón si eso se escribiese hoy; hoy que todo está miniaturizado; todo calculado, todo independiente. Hoy el individuo dentro de la sociedad es inabordable, intocable hasta la náusea. No obstante, reflejo de un ciudadano muy diferente al actual, una buena parte de esta novela ocurre bajo la convulsa y sangrienta historia francesa. Logra insertar un relato de amor y traición en una época muy singular de la historia de Francia: el regreso de Napoleón. Y se apoya magistralmente en el vaivén político de aquellos lejanos días.

—¿Eso es suficiente para ponerle la etiqueta “Obra Maestra”?

—No, claro.

—¿Dónde está su mayor virtud?

—En su fondo artístico-narrativo: oyes con claridad al valiente; ves nítido al cobarde; intuyes en la sombra al avaricioso; te compadeces abiertamente del pobre; aplaudes con sinceridad al bueno. Escrita por un ser docto en el arte de la novela, por un erudito de la ficción, cada personaje habla de un modo característico. Si algún día la lees, percibirás un sólido andamiaje literario: el paisaje se trenza con el argumento: el horizonte protege, auxilia, subsidia al relato: la calmosa contemplación del océano por Montecristo, agazapado, ansioso por desencadenar su venganza final, desde una terraza de Normandía. Los árboles grises de una avenida de París: fondo triste del cortejo fúnebre de Saint-Meiran. ¿Conoces muchas novedades literarias que aglutinen estos aspectos, por otra parte tan básicos, de la condición humana? ¿Hoy con el politiqueo de mierda reinante?

No, claro, hoy —le dije— no hay verdaderos narradores. En cualquier caso, todo eso que me cuentas me lo proporcionan las relecturas de Kafka, Mann, Cervantes, Tolstoi…

«Ahora que vamos empate —pensé—, voy a hacerle la última pregunta. Antes de que me conteste (gracias a mi condición de escritor), yo ya sé lo que va a responder, porque también he leído El conde Montecristo, porque conozco con exactitud cuál es la nervatura central del libro. Yo, antes que mi compañero de piso, he descubierto en esta obra la conjunción de dos elementos muy excitantes para cualquier cerebro humano».

La mera verosimilitud no es suficiente —dije—. Mi búsqueda es la de un autor desdoblado en varias identidades, como hizo James Joyce a la puerta de un colegio en Irlanda, al lado de una verja… tras impartir una lección inolvidable sobre la obra de Shakespeare en Ulises. Yo quiero bajar a una cueva fantástica, como en la que mete Cervantes al Quijote. Quiero sentir el desgarro de las cortinas y la pretérita luminosidad, como los del suicidio de Ana Karenina, de Tolstoi. Yo quiero saber qué es lo más desequilibrante que has encontrado en El conde Montecristo; algo que no hayas visto jamás ni de lejos en una obra literaria, si es que realmente lo ha habido para ti en este libro.

—Te haré spoiler —dijo dubitativo.

—No me importa.

—¿Estás seguro?

Sí.

—La justicia elevada a su máximo exponente además de… —se quedó en silencio durante unos segundos. Su mirada se hizo líquida, se hizo cristalina.

—Vamos, responde.

—Que los dos se dan la mano —dijo mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla—: los dos personajes se dan la mano. ¿No lo entiendes? Dumas al final hace que Montecristo vuelva de visita a la prisión y recuerde su pasado. Si buscas un acicate para tu cerebro en el interior de un libro, aquí lo tienes: una escena, un párrafo, con los dos frente a frente.

Mi compañero, tras pronunciar aquella última frase, rompió a llorar de un modo inconsolable. Y yo … yo… yo comencé a reír; reí como nunca en mi puta vida había reído jamás. Cuanto más derrotado y abatido se sentía él, más exultante y eufórico me sentía yo. Él convulsionaba con la cabeza agachada ahogado en su propio llanto. Yo levantaba los brazos, mi carcajada se extendía hacia el infinito.

Me levanté y me fui hacia él. Al pasar junto a la mesa cogí el libro. Me senté a su lado en el sofá. No me resultó difícil encontrar la página referida porque la tengo marcada a fuego en la memoria.

Revelé mi secreto…

Yo también la he leído —dije.

Con los ojos anegados en lágrimas, me miró sorprendido.

Me giré y nos pusimos… frente a frente.

(Estáis autorizados, si queréis, a pensar que él y yo somos la misma persona. Ahora ya podéis pensarlo).

Y en voz alta leí:

—Miro mal el pasado —murmuró—, y no puedo haberme engañado de esta manera. Quizá el objetivo que me había propuesto era un plan insensato. ¿Habré hecho un camino errado durante diez años? ¿Una hora habrá bastado para probar al arquitecto que la obra de sus esperanzas era, si no imposible, al menos sacrílega? No quiero hacerme a esta idea, me volvería loco. Lo que falta a mis razonamientos de hoy es la apreciación exacta del pasado, porque sólo veo ese pasado al otro lado del horizonte. En efecto, a medida que se avanza, el pasado se parece al paisaje a través del cual se pasó, que se borra a medida que se aleja. Me sucede lo mismo que a las personas que han sido heridas en sueños; miran y sienten su herida y no se acuerdan de haberla recibido… Entonces, pues, hombre regenerado; entonces, rico extravagante; entonces, dormilón despierto; entonces, visionario todopoderoso; entonces, millonario invencible, vuelve a coger por un instante esa funesta perspectiva de la vida miserable y hambrienta; vuelve a pasar por los caminos a que la fatalidad te ha empujado, a que la desdicha te ha conducido, y en donde la desesperación te recibió. Demasiados diamantes, demasiado oro y felicidad empañan hoy los cristales de ese espejo en que Montecristo contempla a Dantés; oculta esos diamantes, entierra ese oro, borra esos rayos. Rico, encuentra al pobre; libre, busca al prisionero; resucita, halla el cadáver.

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