#105 Gotas de lluvia

La siguiente historia versa sobre un sueño recurrente, cuya recurrencia, no obstante, no me ha resultado obvia hasta la mañana de hoy. Ya no tengo dudas. Se trata del mismo sueño. El mismo. El de siempre. Solo cambia el disfraz. Debo volver a ese lugar. Sé que el destino a través de la oniria en cierto modo me está reclamando.

Me está diciendo: ven.

Hay una catedral. En ella transcurre la mayor parte de la escena. Intento sin éxito una y otra vez acceder a una parte de su construcción (el claustro), pero no encuentro el modo, quizá no lo hay, quizá no se puede.

Suelos de mármol antiguo de tonos rojizos y vetas blancuzcas dan cobijo a los pasos de cientos de feligreses cuyos rostros difusos no puedo ver. Estoy obsesionado con llegar hasta el claustro, sin embargo, mis pasos me traen de vuelta al inicio. En la vigilia (mientras escribo estas líneas) no comprendo tanta testarudez por mi parte.

Llueve… llueve. Fuera del recinto religioso una fría pero acogedora lluvia lo rodea todo. Yo me alojo en un hotel. Siempre ha habido un hotel y una iglesia además de la expectante salida de un tren, desde una estación a la que con rabia y angustia y anhelo y deseo y dolor y alegría quiero volver. Llueve… llueve… y veo un rascacielos (pero yo sé que no hay rascacielos. Yo sé que si anoche apareció un rascacielos en mi sueño, es porque la ilusoria repetitividad onírica se resquebraja y ‘pinta’ un edificio en un lugar que corresponde a una calle de un barrio obrero).

Oh, cómo quiero volver. ¡Cómo quiero volver! Sé que voy a volver. El sueño no es el pasado (aunque es el pasado). Es el futuro.

¿Por qué no puedo completar mi visita a la iglesia? ¿Qué truco de magia subsiste en el hecho de ver el claustro y no poder acceder a él, como si yo fuera una rata de laboratorio corriendo sobre una rueda infinita, que vuelve una y otra vez al principio?

Hotel… Habitación de hotel que debo pagar. No me preocupa gastar más dinero. De hecho, siempre llego a un punto del sueño en que comienzo mentalmente a hacer números y cuentas porque quiero coger el tren e irme y hospedarme en un nuevo hotel. Intuyo ahora al escribir (y no así al dormir) que si cojo ese tren, no será el último.

Ya lo tengo: es un propósito imposible —admítelo, chaval, admítelo ya, y deja de sufrir— porque la catedral, el coste del hotel, la rueda de la jaula, las vías del tren y este viaje en forma de sueño no tienen fin.

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