#2 Un niño y un alien

Siempre hay una excusa para sentarte a escribir. Rara es la ocasión que no acoplas o racionalizas una noticia de actualidad en tu mente para mostrar tus pensamientos. Estos últimos se relacionan tangentemente con aquélla, pero tú, como esas antiguas chaquetas de dos colores que podían desdoblarse haciendo del anverso el reverso, le das la vuelta al tema, lo ocultas, y tus pensamientos cobran relevancia, los sacas de la oscuridad donde yace ahora precisamente la noticia que sirve de excusa a tu texto.

Cuál es, te estarás quizás preguntando, el suceso que da origen a esta entrada, y cuáles son mis pensamientos acerca de él: uno es el estreno hace 40 años de la película Alien el octavo pasajero; los otros, mis recuerdos del estreno de la misma.

Todo ocurre en un colegio de un pueblo del sudeste de España… Un niño vaga por entre sus pasillos. Hoy ponen una peli en la sala principal; es una de miedo; la sala está a oscuras, cuando se abre la puerta… algunos niños giran sus cabezas y la luz que irrumpe en la oscuridad es ‘lechosa’. El visionado recuerda al mundo de los sueños —de hecho, pude haber soñado que veía una película de miedo en un colegio del sudeste de España y no distinguirlo de la realidad. El largometraje, terminado el proceso neuronal del cerebro, es reducido a una infantil bipolaridad: el color blanco de las paredes de la nave y el color negro del cuerpo del alien.

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